El tiempo de Mancera

Hace algunos años escribía con notable agudeza un cronista taurino cuyo ojo crítico mostraba en sus textos discrepancias notables con la untuosidad de los demás. Firmaba sus colaboraciones con el seudónimo “Lumbrera” y en el cotejo de las demás opiniones terminaba preguntándose, entonces ¿a qué plaza fui yo?
 
Así sucede con los debates políticos entre candidatos. Por lo menos las apreciaciones o el color de los cristales de cuando Peña y demás discutieron (o simularon discutir) en el WTC hace menos de un mes, dejaron la impresión para cualquiera alejado de compromisos o cuotas por pagar, de no saber con claridad si uno —como testigo— estuvo en otro asunto.
 
—¿A cual debate fui?
 
Pero en el caso de la confrontación discursiva y en algunos casos oratoria, pero todo el tiempo aburridísima sobre todo por sus insoportables tarjetas postales en el “nack screen” convocada por el Instituto Electoral del Distrito Federal, varias cosas quedaron muy claras. (¡Dios mío!, cómo son nacos los productores).
 
Y una de ellas, la principal, es la solidez de la candidatura y el irremediable destino de jefe de gobierno de Miguel Ángel Mancera.
 
Quizá Mancera no tenga los recursos literarios de Beatriz Paredes, ni su experiencia diplomática o la amplitud de su bagaje en el servicio público, pero con sencillez y claridad expuso sus argumentos, fue caballeroso (no le quedaba otra rodeado de mujeres) y dejó una cosa en claro, una idea central, un eje de servicio público eficaz y una intención de gobierno muy clara: avanzar en los aspectos positivos de los gobiernos de izquierda cuya línea de continuidad, de Cuauhtémoc Cárdenas para acá, ha sido, si no recta y clara, sí al menos constante. Con oscilaciones, con meandros, con alta y bajas, pero firme.
 
No será MAM un personero de Marcelo Ebrard, ni un rehén de las “corrientes” a las cuales deberá tomar en cuenta. No por sumisión, ni siquiera por convicción, sino por simple pragmatismo. Ya habrá tiempo de imponerle su sello y  darle —como dice Borges— su nombre a casa cosa.
 
Por lo pronto Mancera mostró trabajos concluidos, proyectos para compactar el desarrollo, calles para jugar, ejes para la sustentabilidad y la vida social en el urbanismo aplicado.
 
El debate de ayer —como ocurrió con el de los candidatos presidenciales—, no moverá las preferencias manifestadas en las encuestas, cuyos contenidos, para bien o para mal, son en los días de hoy las únicas herramientas para vislumbrar con relativa certeza hacia dónde se dirigen las preferencias del electorado. Cuando mucho permitirá sonrisas de medio lado ante tal muestra de medianía. La masiva aceptación de Mancera es un hecho absolutamente irreversible.
 
En los casos de sus contendientes, el debate no mostró nada nuevo.
 
Por lo demás, el conocimiento de Beatriz sobre los problemas (su aportación al tema de la deforestación crónica y el Bono Medioambiental contra la voracidad fraccionadora y “desarrolladora”, sus propuestas sobre el problema del agua son ejemplos) la pusieron por encima de sus competidoras.
 
Junto a eso, la apresurada asimilación de Rosario Guerra (cuya naturaleza no se acaba de definir en un partido nuevo para ella), su profusión de propuestas sobre los minusválidos y sus derechos y otras obviedades, la llevaron a un lucimiento menor.
 
Isabel Miranda se veía incómoda en el juego de doble cancha: la ciudadana sin carnet; la militante sin militancia o la partidaria sin partido, ofendida por las manifestaciones con golpes obvios contra la corrupción y el desorden administrativo y el agua sucia y escasa del oriente urbano.
 
Pero en el fondo nadie habló de cosas nuevas. Quizá porque no hay cosas nuevas.
 
Nadie habló de frenar en serio el crecimiento de la ciudad; ni puso énfasis en las reservas territoriales dilapidadas ni en la recuperación de las barrancas. Se mencionó “La mexicana” pero nadie se comprometió a evitarla. Hubo quien a la mitad del delirio por la novedad, por decir algo a cualquier costo, propuso construir gimnasios y albercas como si estuviéramos junto al lago Michigan y no a los eriales de Iztapalapa.
 
El debate —por llamarlo de alguna manera— no fue una confrontación de propuestas, era una especie de examen profesional para Mancera. Como si todas hubieran estado de acuerdo en su segura unción. No parecían contendientes, lucían como sinodales.
 
Por lo demás nada como para escribir a casa, para seguir con los símiles taurinos, ni siquiera el raspón de Rosario contra Beatriz. Golondrina, le dijo, vienes cada seis años a pedir el voto.
 
Al final, doña Isabel sintetizó la jornada: al final, llegaremos a lo mismo; es decir, a las mismas propuestas.
 
Así pues, Mancera será sin duda ninguna y con un margen de gran amplitud, el próximo gobernador de la ciudad más grande del mundo. Por sus manos pasarán todos los hilos de esta magnifica contradicción por la cual en la millonésima parte del territorio nacional se concentran la mayor parte de las actividades bancarias, educativas, industriales y de servicios del país.
 
También administrará un presupuesto superior a los 130 mil millones de pesos anuales; casi diez mil millones de dólares, lo cual no es poca cosa, especialmente cuando se habla de política.


Debate de candidatos al GDF
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