Gracias, mi reina

Yo no sé cuántas personas hayan recibido en su vida el urgente llamado de una reina.
 
Pero una reina verdadera. Una real cabeza de imperio; una encarnación del poder y del linaje de una casa reinante durante siglos; poblada por fantasmas de testas coronadas, cabezas cortadas e historias sangrientas; de príncipes helados y princesas cautivas en torres inaccesibles.
 
Yo no lo sé, pero a mí un día me fueron a buscar dos guardias, me apresuraron a dejar de inmediato mis quehaceres y a las volandas me llevaron para presentarme cara a cara con Isabel II de Inglaterra.
 
La verdad, para un habitante del Tercer Mundo, eso fue toda una conmoción. Pero los sucesos anteriores y posteriores, mucho más.
 
Pensaba en eso mientras veía por la televisión y revisaba en la prensa cómo la Gran Bretaña festejó los sesenta años de reinado de Isabel II, a quien siempre recordaré como la mujer con los ojos azules más bellos de mi vida. Y si no los más hermosos, sí los más impresionantes desde el topacio helado de su pálida altivez condescendiente.
 
—¿Y eso cómo es?
 
Hace muchos años, como todo buen cuento comienza, la Reina de Inglaterra vino a México por segunda ocasión. Antes, como reportero, la había acompañado a través de otro  viaje mexicano. Guanajuato, las guayaberas de Echeverría, el danzón sabroso en la Plaza de Veracruz; las ruinas mayores de Oaxaca, la tarde de Monte Albán y la siesta dorada del sol sobre las colinas de Mitla.
 
En ese viaje —valga la digresión— fui testigo de un episodio conyugal hilarante.
 
La reina, con su pamela llena de lilas caminaba despaciosa por la terraza de Monte Albán, ahí mismo donde el maestro Caso halló la tumba número siete y llenó de joyas la arqueología mexicana.
 
El príncipe consorte, el mismo cuyas molestias urológicas lo han privado de la fiesta actual de su señora, caminaba pasos más adelante. Llevaba una guayabera azul celeste, obsequio de nuestro presidente, y llevaba las manos a la espalda. Miraba el suelo al andar como si buscara algo perdido entre la grava.
 
Con la necesaria imprudencia de un reportero me acerqué a preguntarle cualquier cosa. De pronto una voz aguda a nuestras espaldas rasgó la tarde: ¡Philip! El duque de Edimburgo siguió su paso de grandes trancos.
 
—¡Philip, Philip!, repetía la voz en tono cada vez más imperativo.
 
—Creo que la reina lo llama, señor, me atreví a decirle.
 
Me miró de arriba abajo y con el tono seco de quien esta acostumbrado a mandar (y ser obedecido, creo) me soltó un simple don’t you mind, she’s crazy… algo así como no le haga caso, está loca.
 
Como sea, la Reina apresuró el paso y con ella toda la comitiva. Me aparté y los vi de lejos mientras hablaban con la cortesía propia de un matrimonio insoportable pero duradero, firme y eterno.
 
Años después en el siguiente viaje, yo trabajaba para la Presidencia de la República en la atención a los medios extranjeros. Por ese motivo acompañé y conduje, como paciente pastor, a los periodistas ingleses, canadienses, australianos y estadunidenses a la visita de la reina. Ellos se emborrachaban mortalmente y yo sonreía. En esta ocasión el viaje tocaba Guerrero, Michoacán y La Paz, Baja California Sur.
 
Muchas cosas pasaron en ese recorrido, entre ellas una tarde de coctel a bordo del yate “Britannia”. Pocas veces en la vida uno puede beberse un whisky con la reina bien armada con su gin and tonic en medio de la más hermosa bahía del mundo: Acapulco.
 
Ahí le pregunté al duque Philiph si se acordaba de aquel viaje; si se acordaba de mí, de la plática en Monte Albán. Como quien mira una cucaracha soltó un displicente no, negro y redondo como un sapo, mientras oteaba la inmensidad de la bahía con sus ojos de navegante isleño. Abraham Zabludovsky, testigo de la escena, por poco se cae muerto de risa por la borda del Royal Yatch.
 
Pero es hora de regresar al inicio de estas líneas.
 
Después de la noche acapulqueña y la recepción en el barco, la Reina fue llevada a Lázaro Cárdenas. El puerto siderúrgico estaba a punto de recibir importantes inversiones británicas y ella quería inspeccionar el terreno. Le dieron mil y una explicaciones y la llevaron a ver el infierno del alto horno. Ella no se despeinó ni movió un músculo de la cara.
 
Cuando acabó el recorrido industrial hubo una comida y después, a bordo de su barco, se fue a Baja California a mirar el apareamiento de las ballenas en la reserva de Ojo de Liebre o algún sitio así.
 
En su última tarde en México mandó llamar a los ciudadanos británicos cuyo trabajo hizo posible el viaje y los condecoró con grados diversos de órdenes y jarreteras. También llamó a los mexicanos.
 
Cuando me tuvo enfrente con toda cortesía me dio una cajita azul con dos mancuernillas de oro y su monograma esmaltado. ER, dicen las doradas letras debajo de una coronita de rubí.
 
—Muchas gracias por su colaboración, me dijo. Y dijo algo más, pero ya no lo recuerdo.
 
Turbado le agradecí el regalo.
 
Luego me extendió una caja con un obsequio para mi esposa: un cuadro con su fotografía oficial. Ella y el príncipe, sesenta años antes de estas fechas, cuando él no estaba en el hospital y ella no sabía cómo iba a reinar por más de medio siglo; cuando el mundo era más británico y no había muerto Winston Churchill ni habían nacido los Beatles.
 
—Gracias, mi reina, creo que le dije.


Su Graciosa Majestad
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