Santa Úrsula y la Nochebuena

Algo misterioso y triste tienen en la noche vacía los estadios y las plazas de toros.
 
La reminiscencia de éstas con el Coliseo y los cristianos muertos a zarpazos; las miles de doncellas inmoladas junto con Úrsula, la virgen por antonomasia, aunque ésta haya sido víctima de los Hunos, no de los romanos. Los edificios enormes de altísimas columnas son como cajas llenas de alaridos silenciosos y cuando están llenos de multitudes delirantes, las bocinas de la sociedad.
 
Así se veía antier por la noche la cazuela de la Nochebuena, la Plaza México, donde horas antes la candidata del PAN desafió sus propias maldiciones y reunió a treinta o quién sabe cuántos miles de seguidores, ahora sí debidamente organizados, acarreados y premiados, aunque sea con una cachuchita, a colmar barreras, lumbreras y tendidos, para decirles lo hermoso del futuro nacional con la única condición de cruzar el emblema azul en la boleta electoral.
 
El médico de la plaza —dicen— le dijo "bienvenida al coso, señora, aquí nomás se presenten los valientes". Y claro, sobre todo cuando no hay toro, cualquiera es valiente. Y sin burel tampoco hay rabos ni orejas ni vueltas triunfales, ni salidas a hombros. Hay, eso sí, porras estridentes y aficionados villamelones.
 
Pero un día después el PRI decide cerrar la campaña de Enrique Peña en el Estadio Azteca cuyos cien o ciento diez mil lugares son un reto para cualquiera, excepto si se llama Michael Jackson o Juan Pablo II; Julio César Chávez o Pelé.
 
—¿Ya ves cómo a Peña lo protege Televisa? —escucho decir a un escéptico en el Metro Tasqueña—. Hasta el estadio Azteca le dieron.
 
Y quién sabe si eso sea cierto, pero hace seis años el cierre de campaña de Felipe Calderón fue también (25 de junio del 2006) en el “Coloso de Santa Úrsula", como le llamaba el grande Ángel Fernández. Pero eso no lo sabe el crítico de la estación Tasqueña, como de seguro tampoco lo saben los miles y miles cuyo paso hacia las gradas comienza a las ocho de la mañana hasta poblar el aforo entero, con sus claros en las alturas.
 
Al filo del mediodía el gentío es cosa apabullante. Llena la cancha y atiborrado el graderío: 114 mil 464 aficionados, menos uno de bronce. El hervidero, la colmena, el monstruo de los miles de cabezas se revienta en la escandalera, ahí mismo donde se hace “la fiesta del alarido” (decía Manuel Seyde), y todo enmarca la figura de Enrique Peña quien alza los brazos y abre la sonrisa y a pesar del feo sonido alcanza a pronosticar el futuro:
 
“Los mexicanos estamos listos para superar esta etapa crítica de estancamiento económico, rezago social y violencia. Esta elección es la gran oportunidad de lograrlo, en esta elección los ciudadanos tendrán proyectos políticos distintos por cuáles elegir:
 
“Uno que representa más de lo mismo, inseguridad y violencia, desempleo y más pobreza para México.
 
“Otro es el del populismo autoritario, que no rinde cuentas, que no respeta las reglas y desprecia las instituciones.
 
“Los mexicanos ya no quieren más de lo mismo y menos dar un salto al vacío; la gran mayoría de los mexicanos apoya nuestro proyecto, un proyecto incluyente, comprometido y democrático; un proyecto responsable, con rumbo y liderazgo”.
 
Comienza a bajar la luz de la tarde. La plaza fuera del estadio cuyo bautizo como “Guillermo Cañedo” se ve más grande sin tanto. La escultura del “Sol rojo” deja pasar los papeles viejos bajo sus negras patas de araña gigantesca. Apenas el murmullo de bolsas de papel y cartelones movidos por el viento y mojados por la llovizna.
 
La propaganda, como el grito, se muere cuando acaba la reunión.
 
Por ahí hay tirado un gafete de “invitado especial” por el cual alguien habría podido rogar con tal de ingresar al estadio a ver a quién veía.
 
—Estaba el “tout mexique”, me dijo un nostálgico de años idos.
 
Pero no es cierto, no estaban los miles cuyo silbido provocó la ira de Gustavo Díaz Ordaz y la derrota política de Ernesto P. Uruchurtu cuando en 1966 Emilio Azcárraga Vidaurreta y su hijo inauguraron la “catedral del futbol mexicano” y por primera vez un presidente se enfrentaba a cien mil aficionados, a quienes tuvo esperando bajo el rayo del sol.
 
No fueron tampoco los 135 mil aficionados de cuando peleó Julio César Chávez contra Greg Haugen en el ya lejano septiembre de 1993, pero ni falta hacía. Tampoco (o quién sabe) estuvo la “mano de Dios” y si a esas vamos en el coso de la colonia Nochebuena, en el embudo de arcilla revestida, tampoco estuvieron los 53 mil fanáticos de Raúl “El Ratón” Macías como sí lo hicieron en 1954, ni se vieron ahí las verónicas de “Manolo Milagro”, como le dijeron alguna vez a Martínez.
 
Los únicos milagros, ahora requeridos por la rezagada señora Vásquez, fueron proclamados por su santo patrono, el desaparecido “Maquío”, y se han dado en sentido contrario de la invocación: el hijo de Clouthier acaba de conseguir trabajo en la campaña del Peje.
 
Cosas veredes…


Cierres de campañas
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