Déjà-vu

Émile Boirac, un sicólogo empírico francés del siglo XIX, calificó en su libro sobre los fenómenos síquicos (no siquiátricos), El porvenir de las ciencias síquicas, el complejo y a veces inexplicable sentimiento de repetición ante una experiencia visual o sensorial.
 
La llamó déjà-vu.
 
El teclado en español suele no permitir la correcta escritura francesa del acento grave en la letra “a” del vocablo, pero no importa. Ya se ha incorporado una palabra novedosa, “deyavú”.
 
Son cosas de las cuales no hay memoria consciente pero sí sensación de anterioridad.
 
Esto ya lo había vivido, dice alguien cuando de pronto mira un paisaje o escucha una canción. Ya lo había visto. Lo ya experimentado, también forma parte de nuestra memoria. Haya existido o no el fenómeno inicial.
 
A veces viene por similitud, a veces por la semejanza con un sueño. A veces sin mayor explicación.
 
Y esto ocurre también en la política, hay asuntos vistos y repetidos.
 
La protesta poselectoral de Andrés Manuel es en el mejor de los casos un “deyavú”. Una película pasada muchas veces por el mismo proyector, en la misma sala, con el mismo público. Un disco con la misma melodía, un periódico con iguales noticias. Una radio con cinta grabada. Un loop interminable.
 
Desde las elecciones tabasqueñas hasta el día de hoy (excepto si gana Arturo Núñez), todas las interpretaciones de este hábil conductor de masas son iguales. Ganar, como en el D. F. (en su caso sin domicilio legal para participar en la elección) no fue evidencia de trampa compartida con Ernesto Zedillo, no. Fue evidencia del triunfo democrático popular.
 
Perder significa —en su caso—  sucumbir ante los poderes fácticos, los medios, la corrupción; la complicidad de los gobiernos extranjeros y el poder de la mafia orquestadora del fraude electoral.

¿Cuál fraude electoral? Cualquiera en cuyo desenlace no se encuentre la dorada meta del triunfo.
 
Hoy como hace seis años se anuncia la impugnación. Y como hace seis años se va a quedar en agua de borrajas.
 
—¿Cuál fue entonces el sentido de firmar un pacto previo al primero de julio? Ninguno como no haya sido aparentar.
 
“…Reiteramos nuestra disposición a respetar las decisiones que emitan el Instituto Federal Electoral y el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF), autoridades en las que está depositada la confianza para organizar, vigilar y decidir sobre los asuntos que han construido esta elección”, dice el traicionado documento.
 
También aclara la voluntad de no usar recursos públicos ni ilegales en el proceso.
 
“…Expresamos nuestro más enérgico rechazo al uso de recursos públicos y programas sociales para coaccionar el voto, o a cualquier otra práctica que intente vulnerar el derecho de los mexicanos a votar de manera libre y en paz”.
 
Hasta ahora ni el IFE ni el TEPJF han emitido decisión alguna pues todo discurre en los términos de lo preliminar. Así se llama el resultado electrónico, Resultados Electorales Preliminares.
 
Las impugnaciones caerán en el dominio judicial de un tribunal de término, es decir, capaz de emitir sentencias inapelables e inatacables, y contra ellas se irá también la protesta. De eso no hay duda. Quien reclame el incumplimiento del primer párrafo del acuerdo citado arriba, se hallará con la respuesta del incumplimiento por parte de los otros del compromiso expresado en la segunda cita.
 
Si ellos violaron la legalidad, nada me obliga —podrá decir— a respetar el resultado proveniente de la corrupción, la irregularidad, la trampa y la transa.
 
Si hubo prácticas sucias o irregularidades de cualquier tipo, eso lo va a dirimir el tribunal, pero su fallo tampoco merecerá el acatamiento de quienes han perdido, por segunda vez, la elección presidencial. Un fallo en contra convertirá al Tribunal Electoral en cómplice de la mafia.
 
Entonces invitaremos al diablo a bailar con las instituciones. Una vez más.
 
Por lo pronto, en su conferencia de prensa de ayer —como en la de mañana—, Andrés Manuel reiteró sus acusaciones y afiló sus navajas en público.
 
 
 
TOALLAZO
 
Preguntan algunos cómo es aquello de tirar la toalla. Sabemos todos de sobra el sentido pugilístico del gesto final en una pelea dispareja, pero de las toallas sabemos poco, excepto la marca de las más famosas —La Josefina—, cuyas felpas (como les decían en los baños públicos de antaño) “sí secan desde nuevas”.
 
Me mandan esta ficha idiomática:
 
“Se trata de una antigua palabra germánica, que puede haber llegado al castellano a través del portugués toalha o bien del catalán tovalla o, aun, del italiano tovaglia. En castellano antiguo se usó toaja, tobaja y tovaja.
 
“El vocablo original sería el germánico thwahljô (baño), que aparece también en el gótico twahl (baño) y en el escandinavo antiguo thvâl (jabón).
 
“En el lenguaje deportivo se usa la expresión 'tirar la toalla' o 'arrojar la toalla' para denotar la costumbre de que el cuidador de un boxeador arroje una toalla sobre los púgiles para dar por terminada la pelea cuando su pupilo está en inferioridad de condiciones.
 
“Por extensión, ambas expresiones se usan también en el lenguaje general con el sentido de darse por vencido”.
 
Cuando alguien no tira la toalla a tiempo, el boxeador puede quedar seriamente lastimado. O loco.


¿Cuál fraude electoral?
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