Luna por luna; estrella por estrella

Ignoro exactamente cuándo se comenzaron a distribuir las “revelaciones” en torno de la enorme falsedad propagandística del viaje a la Luna del Apolo XI. Recuerdo la noche del alunizaje, pero no tengo precisa la fecha cuando comenzó la leyenda negra según la cual todo fue hecho en un estudio de televisión ad maiorem gloriam del sistema americano.
 
En aquellos tiempos, quien quisiera la hegemonía del mundo debía ganar una carrera y una guerra. La primera, la ruta del espacio. La segunda, la Guerra Fría. Para fortuna o desgracia de la historia, los gringos llegaron a la Luna y sus hazañas hoy se repiten desde Marte con la insólita e increíble maravilla del “Curiosity”, y el Muro de Berlín pertenece al reino de los olvidos.
 
Pero hubo quien comenzó la propagación de rumores. En el suelo lunar nunca ha habido nadie. Cuando mucho moran los sueños, como nos enseñó Ariosto.
 
Una de las evidencias del viaje fraudulento es la ausencia de estrellas en el negrísimo cielo descrito por las cámaras de la NASA. Sin atmósfera la luminosidad estelar debería ser muy notoria. Ese punto fue explicado por la velocidad de los obturadores fotográficos y la posición del Sol.
 
Otra evidencia fraudulenta es el aparente movimiento ondulatorio de la bandera clavada en el suelo lunar por Neil Armstrong en un ambiente desprovisto de viento, como consecuencia de la ya dicha ausencia de atmósfera.
 
La NASA ha dicho que la bandera estaba doblada y al desdoblarla dejó surcos cuya apariencia sugiere ondas; además, tenía movimiento: Armstrong batalló para hundir el asta en la arena y eso la dejó con tremores (conste, tremores, no temores) fugaces.
 
Otra “prueba” nos dice:
 
Durante el descenso del módulo "Águila”, éste levantó una breve polvareda por lo cual debió haber quedado una superficie lisa y limpia en la cual la huella de la bota del astronauta no podía quedar impresa con tanta claridad y profundidad.
 
Esa “evidencia” se cae por sí misma: si no hay aire no puede haberse limpiado el suelo con el simple gas de expulsión del módulo.
 
Toda esta teoría de la conspiración lunar no significa sino una “patada de ahogado” de quienes tenían otro candidato en la Guerra Fría. Se trata de desacreditar a los Estados Unidos con argumentos muy poco convincentes. Más fácil sería atacar su imagen con las reales atrocidades de su militarismo planetario; sus invasiones, su pasado (y su presente) rico en genocidios y crímenes contra la humanidad.
 
Sin embargo, así se escriben por un lado la historia y por el otro la historieta.
 
Después de muchas consultas entre expertos en aeronáutica e historiadores de la leyenda, esta columna ofrece una primicia internacional. Modestia aparte.
 
Las “revelaciones” sobre el fraude lunar se deben a un astrólogo (no astrónomo) griego, llamado Andreas Manolius Lupini Operanti, quien escribió un opúsculo cuya lectura ha animado a muchos seguidores suyos y de Nostradamus y Cagliostro a aplicar esos mismos métodos de siembra de dudas en los procesos electorales.
 
Los únicos datos disponibles sobre el falso vidente griego nos remiten a su viaje a las tierras húmedas de la Chontalpa a principios del siglo XIX, y su posterior asentamiento definitivo en una población llamada Macuspana donde fundó una logia de seguidores cuya labor de siembra de dudas prosigue de manera casi religiosa.
 
Una versión del ya dicho opúsculo propone ante la posibilidad de un fraudulento viaje a la Luna, la exigencia de un recuento de estrella por estrella; cometa por cometa.
 
También afirma la existencia de un pacto secreto con los concesionarios de las televisoras para, primero, fingir un viaje espacial sin salir de un set, y después escenificar una elección de 50 millones de votantes para confirmar el resultado por ellos grabado semanas antes.
 
De acuerdo con uno de los protocolos del clarividente Andreas Manolius, el candidato ganador no existe; es un holograma injertado en las imágenes de la pantalla de televisión para beneficio de la mafia cuyos tentáculos asfixian a México.
 
 
 
GAMBOA
 
La reunión del domingo en la Torre Mayor fue una buena lección de civilidad y trabajo político. Emilio Gamboa, quien al final de la sesión de trabajo se registró como el senador número 65 (“ya hago quorum”) convocó, organizó y resolvió armónicamente la postura de los representantes de los tres grupos parlamentarios más importantes en la futura Cámara de Senadores. Y la presidencia del Senado, como por arte de magia, acabó en manos del PAN.

La Sociedad Mexicana de la Tierra Plana
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