Las ansias

En los días recientes —previos a su informe final—, Marcelo Ebrard salió a los medios para promover sus condiciones actuales, presumir los logros de su gobierno (reflejados entre otras cosas, en la abrumadora votación en favor de Miguel Ángel Mancera), mostrarnos a todos con ufanía y orgullo su inserción en la burocracia internacional de la ONU (presidir el etéreo Comité de Ciudades Seguras) y anunciar los pasos de su candidatura presidencial.
 
O de su anhelo por ella.
 
De entre todas las apariciones y declaraciones hubo una muy llamativa, al menos para esta columna:
 
"Yo nunca me arrepiento, yo creo que las decisiones que tomamos fueron las mejores, a juzgar por los resultados...".
 
Pues el resultado real es Enrique Peña en la presidencia, pero en fin.
 
El imposible arrepentimiento —si volvemos al tema— tiene relación con su actitud de hacerse a un lado para dejar sutilmente y sin sobresalto alguno la candidatura del PRD y sus satélites en manos de Andrés Manuel. De no haber sido así, dice, la izquierda se habría dividido y no sería hoy la segunda fuerza electoral del país.
 
Quizá fuera la primera, pero...
 
Si en esa explicación hay lógica deberíamos verla así: el resultado electoral, los 16 millones de votos en favor de Andrés, ¿no habrían sido logrados por él? Y con base en ese reconocimiento, no de su derecho a contender, sino de su inferioridad política, se hizo a un lado. Dicho así no fue un acto ni de generosidad ni de responsabilidad. Fue un simple y frío reconocimiento de la propia estatura. No lo creo.
 
Segundo. La "izquierda", a fin de cuentas, ya jugó dividida y el anuncio de Andrés para hacer de su movimiento un nuevo partido, no hizo sino oficializar la división imperante. El mismo MEC dice en otra entrevista: la verdad era previsible y lógico, había divergencias notables, ya venía funcionando así, por eso requiere una "cirugía mayor".
 
Tercero, ¿cómo entonces se explica esta declaración publicada por Quadratín?:
 
"El jefe del Gobierno del Distrito Federal, Marcelo Ebrard, confirmó que buscará la Presidencia de la República como candidato de izquierda en el 2018 y aseguró que si se hubiera presentado en las elecciones recién pasadas, él hubiera ganado". Por fin… ¿quedamos en una cosa o en la otra?
 
Si llegáramos al extremo de considerar una amputación como parte de la cirugía mayor, el señor López ya ha dado el primer paso. Sin anestesia, sin quirófano pero  también sin dolor, metió la sierra y se llevó la parte proporcional de esos 16 millones lograda gracias a su carisma y capacidad política acumulada a lo largo de treinta años.
 
Algunos dicen: se llevó lo bueno y les dejó la cáscara. Por eso ahora se vuelve a escuchar la advertencia de hace años: no podemos presentarnos al próximo proceso electoral divididos, sería un suicidio. En ese sentido Marcelo Ebrard se ofrece como la diferencia entre la solución y la extremaunción.
 
Hasta el día de hoy nada más hay una cosa clara: con la misma visibilidad de hace seis años cuando Andrés Manuel comenzó un recorrido extenso e intenso por todo el país para iniciar "a ras de tierra" el Movimiento Regeneración Nacional y crear una red de simpatizantes y militantes de su causa, hoy sólo lo podemos ver como candidato de su partido. No le va a dar nada a nadie.
 
Sería un grave desperdicio de tiempo y talento crear un partido para llegar con los señores del PRD —de quienes se ha separado con tonos dignos de Amado Nervo ("vida nada te debo, vida estamos en paz")— y decirles: aquí tienen todo mi trabajo político de una vida entera, dénselo a Chucho Ortega, a Zambrano o a Ebrard.
 
En ese contexto, previsible hasta para los legos, Marcelo podría haber trabajado mejor en favor de sus propias aspiraciones si en lugar de meter a Mario Delgado "a huevo" en el Senado, él se hubiera reservado un escaño desde donde construiría mejor sus posibilidades.
 
Hoy nada más le queda disfrutar su faraónico último informe a la Asamblea; agradecer una respuesta llena de elogios, como a él le gustan: muchos y en público (su ex secretario Adrián Michel Espino fue el designado para hacerlo), y después dejarse abrazar por el fervor de los agradecidos antes de partir con gentil compás llevándose el almibarado artículo de Manuel Camacho (El Universal 17 de septiembre) bajo el brazo.
 
Después vendrán las inauguraciones faltantes —sobre todo la importante línea 12 del STC—, y luego el nado contra la corriente y quizá también contra la historia.
 
La cirugía mayor del PRD, lleno de fraccionalismos desesperantes, como él los llama, será hecha en el hospital del doctor Mancera. Él significa el espacio de movilidad de las tribus, la ventanilla donde se autorizan los negocios y se reparten las prebendas; se alquilan las lealtades y se castigan las traiciones. Todo eso lo sabe Marcelo. Desde donde se encuentre (en Nueva York o en Nairobi; Tegucigalpa o Taiwán) podrá ver cómo se acomodan algunos con Mancera y otros con Morena.
 
¿Pero cuántos se van a jugar el futuro por él y con él? No sé cuántos, pero van a ser muy pocos.
 
Una frase de la carta de Javier Corral a Felipe Calderón también se le podría aplicar a Ebrard, sobre todo en eso de la naturaleza humana:
 
"…Espérate a que conozcas la condición humana a partir de que dejes el poder…".

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Marcelo Ebrard, candidato a la Presidencia
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