Los límites del deber

Tratemos de quitarle por un momento los tonos de grotesco humorismo al asunto del cadáver más célebre del año. Tratemos, en cambio, de comprender cuáles fueron las causas de este desaguisado en el cual se han advertido los peores efectos de una ausencia estatal en materia de tratamiento informativo.
 
Con mucha frecuencia hemos dicho en estas páginas y otros espacios: el manejo de información es tan peligroso como conducir un camión cargado de nitroglicerina, tal ocurría en aquella famosa cinta francesa de los años sesenta, llamada El salario del miedo.
 
La polémica entre la Secretaría de Marina y la Procuraduría de Justicia del estado de Coahuila, por otra parte, no podría ser más estéril ni peor definida. Los marinos prueban una simple cosa: su lenguaje, sus códigos, actitudes, conductas y procedimientos, distan mucho de las formas del mando civil. Y es obvio, su naturaleza, su disciplina y sus fines, son distintos.
 
La actitud del gobierno de Coahuila, por otra parte, dista mucho de cualquier civilidad. Puros pretextos estúpidos.
 
 
"El Procurador General de Justicia de Coahuila, Homero Ramos Gloria, informó que la dependencia a su cargo no está obligada a resguardar las funerarias cuando se registran hechos violentos entre fuerzas federales y grupos armados, la obligación es del Ministerio Público Federal.
 
El funcionario manifestó que las autoridades estatales desconocían el grado de peligrosidad de los cuerpos. 'No tenemos obligación de poner resguardar a las funerarias cuando suceden este tipo de hechos, esto corresponde al Ministerio Público Federal, no teníamos conocimiento de que los cuerpos que estaban ahí tuvieran un alto grado de peligrosidad', dijo".
 
Más allá del surrealismo de considerar peligrosos los cuerpos yertos de los difuntos, el procurador no podría responder cuáles son los asuntos de su competencia entre los cuales no se halla la vigilancia de una funeraria.
 
Por lo visto tampoco están para cuidar a los policías delincuentes, ni a los funcionarios públicos, como el asesinado hijo de Humberto Moreira ni mucho menos para vigilar una cárcel de donde los presos salen en fila india, por cientos, sin nadie para impedirlo.
 
—¿Sabrá este señor cuáles son sus obligaciones? No lo parece. Quizá sea omiso e ineficiente sin saberlo. Quizá lo sepa y le valga madres, como al parecer todo le viene guango al gobernador Rubén Moreira quien encerrado a piedra y lodo nada más mira pasar el desfile de las incompetencias, las propias y las de sus colaboradores.
 
Los marinos, con los militares de otras armas, piensan diferente por una razón sencilla: su entrenamiento obedece a otra finalidad. Ellos han sido educados para el exterminio, no para la negociación, la prevención, el patrullaje policiaco o la seguridad pública. No son custodios, son combatientes. No son cuidadores, son guerreros.
 
Un ejército de mar o de tierra, tiene la sola finalidad intrínseca de acabar con el de enfrente. Y para eso no cuentan sino con dos cosas: destreza en el manejo de las armas y disciplina interna.
 
En esas condiciones se ha cumplido un viejo axioma de la milicia: usted mátelos, después averiguamos, y cuando lo hicieron se hallaron con el premio mayor de la lotería sexenal: se habían echado al Lazca al plato.
 
El cuerpo del narco fue tratado con la lógica militar como un despojo de guerra. La custodia de un cadáver le corresponde al Ministerio Público, no a los infantes de marina. Si hasta cuando hay un atropellado en las calles se debe padecer el triste espectáculo del cadáver tapado con una sábana anónima y piadosa, hasta las tantas cuando llegue el MP para su levantamiento, cuando más en una situación de enfrentamiento con fuerzas federales.
 
El error de la Marina Armada —se debe insistir— ha sido su deficiencia en el manejo de la información. Pero eso cae en el campo de su disciplina. No fue un error del vicealmirante José Luis Vergara. Él sólo cumplió una orden.
 
El error viene de más arriba. Surge de esa anormal necesidad de protagonismo por la cual desde la Presidencia se sostiene la obsesión de presentar las cosas como un logro antes de saber siquiera su contenido real.
 
Es la peligrosa manía de presumir antes de tener.
 
El gobierno federal parece más interesado en la opinión favorable sobre sus acciones y menos comprometido con los resultados de su trabajo. Es un gobierno de pantalla con pretensiones de "apantalle".
 
Por eso cuando estas cosas les ocurren, como la imperdonable fuga de un muerto, el ridículo los acompaña hasta la puerta de la salida.
 
Diría Madame Roland: ¡Publicidad, cuántas estupideces se cometen en tu nombre!

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Gobierno de pantalla
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