Por fin algo incorruptible

Hace diez años, entre la suspicacia y la burla, el gobierno de la Ciudad de México anunciaba una iniciativa de protección ciudadana sobre cuyo resultado se anidaban todas las sospechas: detener a los borrachos al volante, llevarlos mediante la medición de sus vaporosos alientos a un centro de detención y liberarlos un día después —lloviera, tronara o interviniera cualquier influencia—, previa expiación de una cruda inclemente.
 
Los críticos más piadosos y con ánimo de humor, bautizaron de inmediato el programa Conduce sin Alcohol, como "El Chupómetro". Otros simplemente anticiparon el hallazgo de una mina de oro y predijeron los ríos de la corrupción.
 
Pero las cosas no han sido así. Han funcionado a la perfección, si esta sobrehumana condición pudiera aplicarse a un trabajo social y policiaco. Los únicos defectos del alcoholímetro han sido por obra por los ciudadanos, por los ciudadanos irresponsables quienes bajo el influjo báquico siempre pueden cesar, correr o atropellar (literalmente) a la policía.
 
El programa diseñado, impulsado y supervisado hasta el día de hoy con implacable rigor por Manuel Mondragón y Kalb (sin duda uno de los mejores funcionarios, no sólo de Seguridad Pública, en la historia de dicha longeva ciudad), ha resistido hasta el coyotaje de tinterillos y picapleitos que pretendieron anularlo mediante los amparos administrativos. El tiro salió por la culata pues además del inevitable encierro se le debe pagar al "coyote" para pagar, tarde o temprano, las horas de la detención.
 
Hace algunos meses un compañero me contó una historia con la cual se pinta por entero la razón de este éxito.
 
Su hijo (veinticinco años), visitante asiduo de las diversiones nocturnas de la Ciudad de México, se topó con un retén. Cuando sopló en la pipeta del medidor el aparatejo por poco se revienta. Su siguiente recuerdo lo ubica en "El Torito".
 
Todo esto le contaba el padre a su viejo amigo, casualmente, el doctor Manuel Mondragón.
 
—Manuel, aunque eran las tres de la mañana iba yo a llamarte a tu casa a ver si me podías ayudar…
 
—Pues que bueno que no me llamaste —le dijo Mondragón con chispas en la mirada—, de ninguna manera iba yo a sacar a tu hijo. Tú me conoces. Eso nunca, el programa funciona precisamente porque no hacemos ese tipo de excepciones; se trata de salvar vidas, de evitar accidentes...
 
Cuando iba a seguir con el análisis de la operación preventiva, el caballero de la historia lo detuvo:
 
—Espérate, Manuel, ¿cómo crees? Yo no me iba a atrever a decirte que lo sacaras, nada más quería decirte que si lo podías dejar adentro, a ver si así aprendía de una vez por todas…
 
La estadística de la efectividad de este método de prevención es elocuente: si en 2001 murieron 671 personas en accidentes relacionados con el alcohol y el volante, casi una década después las víctimas fatales llegaron apenas a 90. Cualquiera diría (grosso modo): se han salvado en promedio cincuenta vidas por año; una por semana, gracias a una medida bien aplicada.
 
Pero la dimensión de estos efectos positivos va más allá.
 
Obviamente nada supera el valor de la vida humana y con eso sería suficiente, pero Manuel Mondragón no sólo ha salvado vidas, ha roto un paradigma, ha terminado con el estigma de una policía irredimible y condenada a la corruptela eterna, y con eso le ha abonado mucho a la esperanza de la ciudad.
 
Dados los antecedentes en esa ciudad (acólitos del diablo, los llamaba Gabriel Vargas), nadie le habría apostado a un programa, precisamente de la policía, como ejemplo de limpieza administrativa sin un solo caso de corrupción o abusos en una década.
 
Vigilado desde un principio por la Comisión de Derechos Humanos del D. F.; examinado con lupa para hallarle defectos jurídicos; cercado por "tuiteros" irresponsables cuya mayor muestra de talento es burlar por encima de cumplir, el programa para conducir sin alcohol ha cumplido cabalmente sus fines. Y al parecer lo seguirá haciendo.
 
Salvar la vida de muchos y demostrar cómo un funcionario impecable e implacable puede cambiar las cosas en la ciudad, es una muestra de confianza en nosotros mismos, como sociedad y como autoridad.
 
Seguramente en la SSP hay todavía casos de corrupción. Quizá un policía pida para el "chesco" a cambio de hacerse de la vista gorda con el cascajo tirado en la banqueta por un vecino en obra simple; sí. Pero por encima de todo eso hay una evidencia: cuando se pone el ejemplo, cuando se cumple con la responsabilidad —sin más ni más—, las cosas salen bien. Hasta en México.
 
 
 
MÉTODOS
 
Hace meses los Templarios y la Familia cercaban los accesos a Morelia con camiones en llamas; tomaban casetas y hablaban con el lenguaje del incendio y el pillaje.
 
Hoy esos mismos métodos son utilizados por los vándalos del magisterio y los parásitos de las normales rurales.
 
"Te pareces tanto a mí…", cantaría el compositor michoacano.

Autoridades del DF ponen el ejemplo
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