La esquina de los caprichos

El cruce del Circuito Interior y sus inmediaciones (llamado por capricho de alguien José Vasconcelos, en lugar de Calzada de Tacubaya), es un muestrario de la triste costumbre de los gobiernos de la ciudad de hacer con ella el escenario de sus gustos personales, sus decisiones inconsultas y una extraña forma de pasar a la historia urbana casi siempre mediante el ridículo o el dispendio, cuando no las dos cosas juntas.
 
Comencemos: el Museo de Arte Moderno, un edificio inacabado al pie del Castillo de Chapultepec, en cuya cima por capricho virreinal se ubicaba la residencia de los representes del rey de España. Después fue Colegio Militar, polvorín, residencia presidencial y hoy un museo histórico (junto a otro Museo Histórico) cuya utilidad es relativa y diversa: a veces sirve para escuchar a Elton John o asistir a aburridísimas ceremonias del presidente en turno.
 
Del otro lado de la vía rápida del Circuito Interior (rápida al menos en su diseño) se alza majestuoso el más grande monumento al capricho urbano de nuestra historia.
 
Y vaya si eso es un logro: la Estela de Luz. Una mamarrachada dispendiosa en extremo, propia de la incultura insuperable del panismo rapaz y rastacuero cuya trágica docena en el fracasado ejercicio de gobierno termina ya dentro de 40 días para bien de la historia.
 
El otro capricho es haber construido un puente para conectar el Paseo de la Reforma con la calzada del bosque, donde hace sesenta años fue inaugurado el Monumento a los Niños Héroes, obra del arquitecto Enrique Aragón y el escultor Ernesto Tamariz. Aragón hizo antes el monumento a Obregón, en San Ángel, en sociedad con Ignacio Asúnsolo. Muy cerca está el magnífico edificio de Carlos Obregón de la Secretaría de Salubridad e Higiene, decorado por Diego Rivera.
 
Pero capricho fue colocar en el extremo del puente dos enormes leones de bronce (casi como anuncio del zoológico interno iniciado por don Alfonso Herrera), cuya ubicación original era la escalinata del Palacio Legislativo de Porfirio Díaz, cuyo esqueleto, por empeño del mismo arquitecto Obregón terminó siendo el Monumento a la Revolución, el cual por capricho de Marcelo Ebrard, tiene ahora una especie de quinta pata gracias a un horrendo pegote de cristal del cual pende un ascensor.
 
Sin embargo Ebrard, un esnob hábil para los negocios, le ha legado a la ciudad uno más de sus caprichos. Éste de índole internacional: el monumento a Heydar Aliyev. ¿Y quién ese es señor?, diría Francisco Gabilondo.
 
Pues ya no es nadie. Se murió en el año 2003 y fue un empleado del KGB impuesto por la fuerza imperial de los soviéticos en la silla de control de Azerbaiyán, una de las principales regiones petroleras del mundo.
 
Como todos sabemos la capital de Azerbaiyán es Bakú, una ciudad a la orilla del Caspio cuya industria petrolera —nos cuenta Ryszard Kapuscinski— fue iniciada en 1873 y diez años más tarde "se había convertido en una de las ciudades más ricas del mundo y los petromillonarios armenios y tártaros, rivalizaban con sus colegas texanos".
 
Por razones de geopolítica y de economía y de energía, Rusia y la URSS siempre han querido el control del Caspio —en rivalidad con Irán, y no por el caviar—, y hasta la Perestroika, el destino de ese país fue decidido tras los muros del Kremlin. Jean Meyer sintetiza así los méritos del bakiano:
 
"…Empezó su carrera en el KGB en 1944; de 1969 a 1982 manda en su país natal, se hace rico con la mafia azerí y compra la simpatía de Breshnev —hay un diamante famoso—; en premio recibe su nombramiento al Politburó de la URSS y al ministerio de Transporte y Servicios Sociales. En 1987 Gorbachov lo corre por corrupción. Se refugia en su país y provoca, con la ayuda de la mafia, las masacres contra los armenios para desestabilizar a su odiado Gorbachov. Cuando cae la URSS, deja de ser comunista y se vuelve nacionalista. Aprovecha un golpe militar para llegar a la presidencia en 1993 y no soltarla nunca…".
 
Como se ve ya muerto Aliyev sigue comprando favores políticos. El esnobismo de Ebrard no fue gratuito: les bajó a los azeríes cinco millones de dólares a cambio de un terreno en el Paseo de la Reforma para hacer su caprichoso monumento y también un jardín en Tlaxcoaque, en la cual se evoca la paz mundial y algunas otras cursilerías de ese jaez, a muy pocos metros de donde el PRD cumplió otro capricho y alzó un monumento a Ho-Chi-Min, en plena avenida Pino Suárez.
 
 
 
SUSTO
 
Cuando Abraham Zabludovsky aparezca el miércoles en El Mañanero de Brozo para hablar de su película La vida precoz y breve de Sabina Rivas, muchos van a escuchar en la azotea. El mejor conductor de la TV mexicana de nuevo en la pantalla de Televisa, después de tantos años, así sea ahora sólo en su condición (fugaz y breve) de entrevistado, será suficiente para muchas taquicardias.
 
Bueno, ni la Reata causará tanto nerviosismo.




Hay de monumentos a monumentos
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