Los peligros del sexo, el amor y la política

El olor del poder —dijo, entre otros, Henry Kissinger— es altamente afrodisiaco.
 
Y si a eso se le agregan las virtudes seductoras del dólar, las joyas, los viajes y el trato entre algodones, pues el político resulta el hombre ideal para la conquista. Con menor profundidad, Enrique Jardiel Poncela nos enseñó (con perdón de las feministas) cuáles son los diluyentes de la virtud: el alcohol y el dinero.
 
Pero la fama del político seductor, Casanova, donjuanesco, mujeriego y garañón, se ha ido por el caño en los tiempos recientes. Y eso si tal conducta pudiera considerarse una fama y no una mala reputación.
 
Ahora, cuando la monogamia, la fidelidad y el decoro sexual ya parecen ser, como la honestidad con los dineros y la transparencia democrática, uno más de los requisitos como para ya no quererse meter más en eso de la búsqueda del poder.
 
En la literatura latinoamericana abundan los ejemplos del cacique y también patriarca de los muchos hijos por ahí regados como si hubieran sido productos temporaleros. Todos somos hijos de Pedro Páramo, nos dijo Juan Rulfo. Y ya ni hablar del maniático dictador Trujillo, quien no necesitó la literatura para cimentar su fama de aprovechar la hora con cualquier jovencita cuya belleza le llenara el ojo, más o menos como Maximino Ávila Camacho o Adolfo López Mateos. Uno por las malas; el otro con una sonrisa.
 
—¿De quién es hijo ese niño?, le preguntaba la esposa a un presidente mexicano, general él, cuando de pronto se presentaba en Los Pinos con un crío de la mano.
 
—Es hijo de la Revolución.
 
Y la historia se acaba y la discusión se moría en los labios aun antes de haber empezado:
 
—Viene a vivir con nosotros.
 
Pero esas cosas ya no suceden más. Hoy los políticos son unos pobres diablos. Tanta vigilancia necesitan para preservar sus vidas como para no tener ya una vida personal para proteger.
 
Lyndon Johnson comentaba sus problemas de viejo pudor varonil, pues en las escasas ocasiones de intimidad conyugal con Lady Byrd, estaba seguro de cómo sus arrebatos de seguro iban a ser atestiguados (o al menos escuchados) por uno o dos guardias infaltables e impasibles detrás de la puerta de su dormitorio.
 
Víctimas de los servicios de seguridad, de la eterna vigilancia sobre sus pasos y sus actos, han perdido el derecho de vivir como muchos de sus gobernados, es decir, con la muy humana posibilidad de lanzarle canitas al viento. De vez en cuando.
 
Hace muchos años una hermosísima mujer llamada Christine Keller, estremeció hasta sus cimientos la fortaleza del gobierno británico: se había hecho amante —a la manera de Mata Hari— del ministro de la Guerra, lo cual ya era grave, pues el señor John Profumo, a quien nos referimos, estaba casado con la actriz Valerie Hobson. Y si eso era grave lo otro era gravísimo: la señorita Keller —generosa a más no poder con su perturbadora belleza— le prestaba también su cama al señor Yevgeny Ivanov, agregado naval de la URSS en Londres.
 
En plena Guerra Fría —eso ocurrió en los años sesenta—, nadie podía perdonar ni el pecado ni la falta de precaución profesional.
 
Hoy, después del "affaire" Lewinsky, del cual Bill Clinton salió a la larga bien librado, todo mundo vive con la espada en el cuello. Especialmente los políticos.
 
Hace unos días al señor David Petreaus, director de la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos, se le vino el mundo encima y como suele suceder en tan abultada circunstancia, lo aplastó. Para su mala fortuna (al principio debe haberse sentido feliz por los favores de Eros), la vida quiso ponerle enfrente a una mujer sensacional: Paula Broadwell, mujer a su vez casada y con hijos, y con tantos diplomas como para decorar un muro entero.
 
La señora fue contratada para escribir la biografía del señor y ella se involucró hasta los huesos.
 
Del señor jefe de la CIA ya sabemos: lo echaron a la calle. De ella no tenemos noticia, pues el tercero en la cosa, su marido pues, no sólo fue el último en enterarse (como suele suceder) sino además el más tardo en reaccionar.
 
No podemos olvidar en este recuento de desgracias el caso Strauss-Kahn, por el cual un firme prospecto para la presidencia de Francia y administrador de la más grande institución financiera del planeta, el FMI, se derrumbó hasta el más profundo de los abismos políticos a causa de una acusación de violación sexual. Casi como Mike Tyson. Monsieur Dominique pasó a ser conocido como "el conejo caliente"; una especie de Pancho Cachondo, pero con mejores credenciales.
 
No vamos a recordar aquí casos románticos asociados con la política mexicana reciente. Con las historias de Carlos Ahumada y Rosa Luz Alegría, cada quien con su respectiva pareja, se podría escribir una novela como ya hizo Ricardo Garibay en Taib cuando habla de JLP y RLA.
 
Pero de todo debemos hallar enseñanza y moraleja. En los tiempos de lo políticamente correcto, también vivimos (o debemos vivir) en la época de lo sexualmente correcto.

Está de moda la corrección
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