El país de nadie

La agudización del racismo disfrazado con políticas migratorias estrictas y el separatismo insensato, al estilo Cataluña, la persecución religiosa, la creciente dificultad para la convivencia invocando siempre motivos de seguridad; la paranoia antiterrorista mediante el terror de Estado y otros fenómenos propios de la primera década del siglo, son una muestra de cómo no se ha logrado equilibrar la nueva mentalidad dominante en el mundo. Casi como si Fukuyama tuviera razón y la historia ya se hubiera terminado.
 
En México el fenómeno se ha presentado de manera muy peculiar: el éxito industrial nacional ya no es la sustitución de importaciones, como rezaba el evangelio de los años del desarrollismo, sino la sustitución de propietarios. Los extranjeros (si esa palabra significa algo todavía) se apoderan paso a paso de este país.
 
Los últimos reductos eran los campos energéticos y ante ellos han sucumbido los burócratas cuya condición de socios no puede ser pasada por alto. Y en los ámbitos privados, pues la enseñanza es la misma: vender es triunfar.
 
Pero en el pensamiento del neoliberalismo (un absoluto antifaz para el capitalismo salvaje cuyas salvajadas mayores ya estamos viendo convertidas en ruinas económicas europeas), la propiedad industrial no determina nada. En el nuevo credo no importa de quién sean las empresas ni dónde se haya expedido el pasaporte de los accionistas. Lo importante es su capacidad de aportar al Producto Interno y su posibilidad de crear empleos, así sea bajo las inicuas condiciones de contratación terciaria.
 
Bajo ese modelo hemos visto la paulatina desnacionalización de todo lo nacional. Primero se desmanteló el Estado en favor de los privados. Después se desmantela a los privados en favor del capital foráneo. Fue una manera muy sencilla de vender el país, o mejor dicho, la parte útil del país. Nadie quiere comprar tierras ocupadas por indígenas irredentos. El capital internacional no invade territorialmente; expropia o compra a precio de ganga (el futuro siempre valdrá más) las posibilidades de riqueza y desarrollo.
 
Así, en menos de tres décadas hemos visto trasladarse a otros centros de decisión la estrategia y el propósito del desarrollo nacional. Primero con las empresas estatales so pretexto del adelgazamiento estructural. Las privadas después.
 
Queda para los especialistas determinar si existe alguna relación entre este proceso y su gran marco político regional, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, cuya suscripción se festejará (en Texas, obviamente) en días muy cercanos.
 
Por lo pronto, esas reflexiones deben asociarse a la más reciente venta. La compañía de pinturas, solventes e implementos para construcción Comex, fue vendida a Sherwin-Williams, una legendario compañía americana fundada en 1866.
 
Es la misma historia de la cervecería Modelo, de Aurrerá, de toda la banca nacional; de los ferrocarriles y de todo cuanto tenga algún valor comercial.
 
—No importa quién sea el dueño. La economía no tiene pasaporte, dicen los defensores del libérrimo mercantilismo.
 
Quizá no tengan la razón, pero la historia los lleva de la mano, con lo cual la razón viene siendo lo de menos.
 
 
 
LAURA ELENA
 
En algunas columnas se promueve a Laura Elena Herrejón para ocupar un sitio en el Instituto Electoral del D. F. Bien se lo merecería.
 
Sin embargo sus promotores, en lugar de hacer hincapié en sus méritos reales, quieren venderla como un producto políticamente estéril; es decir, una mujer sin militancia y por tanto alejada de las cuotas partidistas en la composición de ese órgano colegiado.
 
Y no es así. Laura Elena fue candidata al Senado de la República por el Partido Nueva Alianza, lo cual le ha dejado un sello. No importa si ya no milita. El distintivo queda como parte de una historia —y una actitud— personal.
 
El problema con los activistas sociales o con los representantes (casi siempre autonombrados) de la sociedad civil, se produce cuando sucumben al encanto de los partidos políticos y la fortuna inherente a sus cargos y posiciones.
 
Sin llegar a los extremos de cooptación de Isabel Miranda, a Laura Elena le será difícil borrar de su currículo su paso por el Panal. Ella misma escribió en su blog en junio del 2006:
 
"…Se nos dice, con mucha razón, que la próxima elección es entre dos modelos de nación. Lo que se nos trata de ocultar es que son dos modelos totalmente conservadores. Nos quieren dar a elegir entre conservadores de derecha y conservadores de izquierda.
 
"Yo, como Benito Juárez, sí soy liberal. Por eso, voy a votar por Nueva Alianza".
 
Demasiado contundente como para olvidarlo. Además, olvidarlo sin motivo.

Desnacionalización
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