Juegos de palabras

En la fraseología de la corrección política contemporánea, cualquier asunto, tema o cuestión se explica y reduce simplemente con una sentencia, no tanto en sentido de fallo judicial, sino de "dicho grave y sucinto, que encierra doctrina o moralidad".
 
Cualquier opinión o acción (del otro) se anula con una sentencia: eso es misoginia, le dicen a quien critica con humor o sin él las manías femeninas. Eso es homofobia, le dicen a quien censura el exhibicionismo gay o se atreve a disentir de la fuerza dominante en la nueva moralidad incluyente. Eso es racismo, eso es discriminación, eso es acoso, eso es presión sicológica, eso es…
 
Eso es represión, le dicen a cualquier autoridad cuyo empeño sea reponer el orden descompuesto por la protesta justificada o no (¿a los ojos de quién?), en cualquier ciudad del mundo. Atenas, Madrid, México, no importa. El discurso exculpatorio siempre es el mismo. Para eso se aplican las fórmulas mágicas: brutalidad policiaca, uso indebido de la fuerza, violación de los protocolos, etc.
 
De acuerdo con el nuevo credo, la "criminalización de la protesta" es el nuevo Evangelio del autoritarismo y en su contra se deben enfilar las baterías de la nueva moralidad política. Ya no existen agitadores, subversivos ni revoltosos, sólo hay "luchadores sociales".
 
Pero a la luz de los hechos recientes en la Ciudad de México, con perturbadores profesionales del precario orden urbano, quienes han criminalizado la protesta son aquellos cuya deliberada intención de sembrar la anarquía (ellos se denominaron anarquistas) convirtió la manifestación de las ideas (no se sabe bien a bien cuáles ideas) en oportunidad para cometer delitos. No les llamemos crímenes.
 
Considerar las manifestaciones, ese improvisado performance colectivo en el cual todos desahogan pasiones y pulsiones —algunos con motivos; otros con razones; otros, a juzgar por la cantidad de "inocentes", ajenos y mirones, por casualidad— como un crimen en sí mismas es una exageración. Pero considerar cómo se pueden (y de hecho sucede) convertir en escenarios violentos para la provocación delictuosa, ya no resulta tan descabellado.
 
El primer ingrediente para medir de manera políticamente correcta una manifestación es considerarla como la más acabada, rotunda, explosiva y definitiva muestra del aprovechamiento de la libertad humana. Es la oportunidad casi cotidiana de tomar La Bastilla, asaltar el Palacio de Invierno o derribar las murallas de Jericó a trompetazos angelicales.
 
En ese sentido cabe señalar el papel canónico de los intelectuales correctos, cuyo aporte a la sacralización de la protesta no hace sino convertir a los manifestantes en potenciales santos laicos en los altares de la movilización social. Todos queremos ser José Revueltas, en un mundo sin apandos ni muros de agua.
 
El derecho de expresarse por las calles resulta para algunos el más sagrado, vehemente y contundente. Sin la turba en las calles nadie habría escuchado la proclama de don Miguel Hidalgo, dicen. Manifestarse es superior (y más fácil) a escribir, publicar, hacer cine, teatro, danza o cualquiera otra manifestación de la inteligencia humana. No; el súmmum es la calle, el grito, la proclama de cómo sí se ve este puño. Como diría el español, "es la hostia".
 
—¿Cuál es la razón de la calle ocupada a gritos? ¿Por qué es imposible reglamentar las marchas; es decir, quitarles el ingrediente caótico de su largo coletazo?
 
Pues ese precisamente. La manifestación no quiere persuadir, quiere arrastrar; necesita exhibir una inconformidad, ejercer no el derecho simple de expresarse sino de protestar y dejar en claro el rechazo colectivo a la autoridad. Toda protesta es una queja por un acto de autoridad. Ya sea la construcción de una obra pública o un resultado electoral o la existencia del cuerpo de granaderos.
 
La manifestación busca presionar, exhibir la ineptitud y si se puede provocar un clima incontrolable cuya explosión exhiba la incapacidad o la "brutalidad" del gobierno, y avivar los sentimientos de inconformidad social hasta llegar a quienes no se han manifestado. Se trata de irritar y revertir las capacidades de la autoridad contra sí misma. Es una especie de judo social.
 
Mientras mayor sea la fuerza pública contra las manifestaciones, más marchas, protestas y quejas habrá. Se irán agregando motivos. O pretextos. Si antes se proclamaba "todos somos #132"; hoy se dice “todos somos inocentes".
 
La movilización para sacar de la cárcel a quienes cumplen con el primer requisito de todo buen manifestante, saberse y ser inocente de toda inocencia, es una prueba de esta capacidad de multiplicación de los motivos de la queja pública, como también lo es el sentido de las declaraciones del joven Uriel Sandoval, quien a pesar de haber perdido un ojo en la refriega callejera, está dispuesto a seguir y seguir hasta la victoria de sus ideales. Para muchos, un héroe civil.
 
Pero los hechos quedan ahí. Si los detenidos procesados o encarcelados son inocentes, ¿dónde están los culpables? ¿Dónde quienes criminalizaron con su conducta la protesta "pacifica"?
 
Aquí la serpiente se muerde la cola: los verdaderos vándalos, los actores y autores del estallido anarquista son quienes en un juego de máscaras (provocadores), desde el doble juego gubernamental (¿por cuál, el saliente o el entrante?), cometieron los actos por los cuales después perseguirán a los inocentes.
 
Y entonces aparecen los otros ingredientes, los siempre presentes provocadores o los manifestantes utilizados para hacerse pasar por "provocadores", cuya finalidad es desacreditar la protesta y estimular (simuladamente y desde dentro) la represión, para después tener motivos de ampliar el abanico de los motivos para protestar y expresar una indignación cuya vehemencia contagiará al pueblo bueno y extenderá la llamarada de la inconformidad hasta desplazar a los protervos de los puestos de gobierno y quedarse con todos los poderes nacionales. La revolución al fin, pues.
 
Y así hasta la eternidad.

Motivos sobre motivos; pretextos sobre pretextos
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