Año de Gracia de 2012

Estamos perdidos: sólo los fucilazos nos permiten ver, por segundos, este sendero estrecho, al borde del abismo, que seguimos sin saber adónde nos lleva.

Pero no queremos, no, no queremos caer en el precipicio. Y en la noche buscamos nuestro camino: el camino que nos robaron.

Escuchamos sus mentiras, pero llegó el momento de confrontarlas con la verdad.

Tenemos el poder del voto, nos dicen. Pero esto no es del todo cierto. Nuestros Iscariotes, siervos del cártel global, nos manipulan. La TV es para el mexicano Biblia, Constitución Política, Código Penal y Manual del Buen Comportamiento.

Los locutores nos dicen a quién debemos dar el sufragio. La pantalla y el micrófono nos han convencido: vivimos en el mejor de los mundos. Un gobierno generoso y humanista nos protege y atiende nuestras necesidades.

México es ejemplo para el mundo. Justicia, seguridad, empleo, educación, salud, vivienda propia. Todo esto es nuestro gracias a los hombres que envió la Providencia para salvarnos del desastre.

El caudillo nos ama y si nos vigila es por nuestro propio bienestar.

Pueblo de niños, no se nos puede dejar solos.

El cacique es Dios en la Tierra. “Guárdate de olvidar a Yahveh tu Dios descuidando los mandamientos, normas y preceptos que yo te prescribo hoy”, nos dice.

Es el Hermano Mayor: sus cámaras nos siguen a todas partes; sus espías vigilan nuestros actos. Los sacerdotes guardianes del templo castigarán la desobediencia con la amenaza del fuego eterno, y hombres armados derribarán al inconforme.



¿Votaremos por Peña Nieto? En realidad, el mexiquense tiene una gran presencia mediática, pero eso es todo lo que puede ofrecer.

Ni siquiera sabe hablar con propiedad. Ni falta que le hace.

Será, si le damos el triunfo, una pieza de la escenografía. Montiel, Hank, los de Atlacomulco son hermanas de la caridad ante los hombres y mujeres dueños de pueblos: plutocracia en cuyos dominios siempre brilla el sol.

Debemos entender tantas cosas y queda tan poco tiempo. Los cresos acotaron el poder de los jefes de Estado y de gobierno. Ellos provocan guerras, hambrunas, crisis financieras.

Cada golpe de guadaña de la Dama Blanca los regocija: son los alquimistas malditos que transmutan la sangre en oro. Somos sus esclavos; nos humillan, nos hieren, nos ofenden desde hace mucho, mucho tiempo:

Eran los amos antes que nuestros ancestros construyeran las pirámides. La gente se rebeló muchas veces, y los señores de la Tierra ahogaron en sangre todas las manifestaciones de insumisión.

Nos han derrotado. Hasta ahora.

Derrotados, pero no vencidos. Honor eterno a Jesús, el hombre; Espartaco, Tomás Müntzer, Jacinto Canek y a todas las legiones que cayeron combatiendo para tomar el Cielo por asalto.

Se han perdido todas las batallas, pero aún no se libra la última.



Los pueblos pierden la docilidad. Hay revueltas de El Cairo a Madrid y Nueva York. La sociedad secreta de las mujeres y los hombres sin patria y sin dios no es invencible.

Tenemos que ganar. López Obrador no es Juárez ni Cárdenas. Pero es lo que hay; es quien está ahí. Sus locuras de mesías tropical quedaron grabadas en la mente y el corazón de millones de mexicanos.

Más que errores, incurrió en estulticias.

Pese a todo, el tabasqueño es el único luchador que en la arena combate no a Peña Nieto, sino a los poderosos intereses que inventaron al muchachito del copete.

No subestimemos al enemigo. Es el peor error que podemos cometer. Han sido dueños de los hombres durante milenios y milenios. Algo aprendieron.

Pero esta vez tenemos que ganar. Si ellos se imponen, viviremos –y nuestros hijos y nietos vivirán— en un México degradado a campos de esclavitud para los más y a enclaves de paraíso para los menos.

La vida humana, sin valor alguno. La dignidad y el derecho al bienestar serán recuerdos de recuerdos. Nos robarán la patria generosa. Perderemos hasta el nombre: seremos estadística.

Todo lo que es bueno y noble se nos escapará como arena entre los dedos. Pasaremos por el mundo como sombras. ¿Un futuro propio del decoro del hombre? Prohibido soñar.

Duele recordar a Simónides de Ceos. Seiscientos años antes de Jesús escribió:

Los que teníamos veinte años
fuimos al matadero en un barranco
en tierra extraña.

Y como era justo
erigió nuestras tumbas el Estado
porque al partir al frente le obsequiamos los días
de nuestra juventud irrecuperable.

No queremos eso. Los potentados nos ofrecen la muerte: el fuego y acero de los sicarios, la enfermedad, la desnutrición, el frío.

Y lo peor: la muerte del alma abatida por la amargura del fracaso y la frustración.

A la plutocracia le gritamos: “Me ha tirado en el fango, soy como el polvo y la ceniza”.

Pero también le recordamos que “muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán”.

Usemos el voto como ariete  para derribar la ciudadela de la injusticia.

Podemos ganar. Tenemos que ganar. Pero también tengamos presente que López Obrador no es un semidiós. Es un hombre como tú, amigo, como yo. No lo embriaguemos con el vino de la adulación. Quiero creer que es nuestro. Si así es, debemos hablarle y, sobre todo, exigirle como a un igual.

Dejemos de ser número para alcanzar la dignidad de ciudadano.

El Año de Gracia de 2012 será nuestro si así lo disponemos.



Esta vez, tenemos que ganar
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