No lograron ni siquiera eso

Estela de LuzEdificados para recordar de manera imperecedera los triunfos militares, las conquistas, el paso de los tiempos victoriosos, la gesta y el hallazgo, la huella de un tiempo para cuya memoria se erigieron, los arcos triunfales han sido a lo largo de la historia monumentos en los cuales una generación advierte lo mejor y lo peor de quienes la precedieron.

En la eterna Roma hay un arco de singular fama pues señala el auge del imperio romano y quizá el advenimiento del cristianismo, todo eso concentrado en una masa de piedras al pie de las cuales manos anónimas y desaparecidas inscribieron este mensaje:

IMP · CAES · FL · CONSTANTINO · MAXIMO · P · F · AVGUSTO · S · P · Q · R · QVOD · INSTINCTV · DIVINITATIS · MENTIS · MAGNITVDINE · CVM · EXERCITV · SVO · TAM · DE · TYRANNO · QVAM · DE · OMNI · EIVS · FACTIONE · VNO · TEMPORE · IVSTIS · REM-PVBLICAM · VLTVS · EST · ARMIS · ARCVM · TRIVMPHIS · INSIGNEM · DICAVIT

“Al Emperador César Flavio Constantino, el más grande, pío y bendito Augusto: porque él, inspirado por la divinidad, y por la grandeza de su mente, ha liberado el estado del tirano y de todos sus seguidores al mismo tiempo, con su ejército y sólo por la fuerza de las armas, el Senado y el Pueblo de Roma le han dedicado este arco, decorado con triunfos”

Y algo bueno debe haber hecho el señor licenciado Constantino pues miles de años después seguimos viendo sus monumentos y la historia, siempre memoriosa, canta las loas de hazañas sin pareja. Pero, delo por cierto, nadie escribirá nada así, nunca, sobre la autodenominada “Generación del Bicentenario” ponga usted a quien ponga al frente de ella.

Esto viene a cuento por la muy cercana inauguración en la Ciudad de México, dentro de pocos días, del monumento con el cual (dos años tarde) el gobierno federal quiere dejar testimonio de su advocación libertaria  y revolucionaria.

Un prisma rectangular, esbelto y con dos cuerpos, cuya estructura no es sino un enorme bastidor de metal con ductos eléctricos para iluminar la lámpara de lobby más grande del mundo, disfrazada como la “Estela de luz”, cuyas proporciones, forma y nombre mismo contradicen no sólo su significado simbólico (absolutamente malogrado), sino la convocatoria nacional para hacer un elemento urbano conmemorativo.

Ya no tiene caso ahora insistir en la francachela financiera de esta orgía de ineptos y bandidos cuyo presupuesto tolerado por la fallida comisión del Bicentenario elevó los costos de manera injustificable y sin  posibilidad alguna de redención por parte de contralores omisos y auditores obesos de la vista. Total, en el nombre de la colusión ya hicieron su negocio.

Lo más grave es la condición ejemplar del monumento.

Los años por venir le pondrán el nombre más jocoso posible para la imaginación popular. Ya Jacobo Zabludovsky ha abonado algo en este sentido, le ha llamado “La paleta Mimí”.

Pero su sola presencia en un rincón fuera de cualquier majestad urbana en el Paseo de la Reforma, les hará saber a los mexicanos de mañana lo descuidado, desparpajado, inepto y chueco del tiempo actual. Esa será su figura y su recuerdo.

No pudieron hacer las cosas bien. Cosas simples, sencillas en el fondo. Emitir una convocatoria y respetarla, contratar profesionales sin influencia ni amiguismo, actuar con limpieza, con  decoro, con respeto al tiempo cuya evocación justificaba el gasto y la obra; decidir un buen sitio, supervisar y entregar a tiempo y hasta con un  cierto orgullo nacionalismo. No con pena de pillaje bajo la alfombra.

No era tan difícil. Bueno, para ellos sí lo fue. No lo lograron. Ni eso, ni siquiera eso.


ACAPULCO

Pero en otro clase de asuntos hubo algo bien logrado: el intento de resucitar Acapulco después de los violentos días de hace unos meses cuando las cabezas cortadas a machete vil rodaban por las playas.

No hubiera uno supuesto ver las mantas actuales en la Costera: gracias, señor presidente Calderón, gracias, señor gobernador Aguirre, gracias, señor presidente municipal Añorve, por haber recuperado Acapulco.

Las playas pletóricas, los fuegos artificiales sobre la bahía, la luz derramada sobre el agua, la noche espléndida con estrellas y brisa; en fin, el embrujo de una fiesta en la cual, al menos por unas horas, todo se olvidó en el fulgor de las esferas luminosas pulverizadas en el firmamento.

Ya mañana la vida (y la muerte) regresarán como han sido hasta ahora.

Pero el paréntesis fue bello, muy bello.

Arcos, estelas y chambonería
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