Participar para representar

Hace apenas algunos días, en Twitter, improvisaba un monólogo acerca de la participación, y decidí retomarlo para ustedes, queridos lectores.
 
La participación política o social, como solemos llamarla, es el método de acercamiento a los asuntos públicos en el que el ciudadano hace uso de la acción de ir a votar o manifestarse, respectivamente, para bien de su comunidad. Entendido esto, es necesario subrayar que dichos conceptos, participación social y participación política, podrían englobar cualesquiera que sean nuestras acciones de acercamiento. Es decir, podríamos estar participando de manera social y política al mismo tiempo.
 
El activista social o “ciudadano participativo” gusta de decir que participa, como su nombre lo dice, en un plano social, sin involucrarse en los horrendos partidos políticos. El que está interesado en la política y en ser parte de ella, y, por ende, va a votar, habla de que sus acciones entran dentro de un marco político.

Todo esto está bien, pero, ¿qué pasa cuando relacionamos al activista social con el papel que desarrolla dentro de la política de una ciudad? Y viceversa. Quien hace política acudiendo a votar tendrá que tomar su decisión basándose en sucesos de carácter social.
 
Tomemos el ejemplo del activista Javier Sicilia, quien por encabezar el Movimiento por La Paz con Justicia y Dignidad recibió varios ofrecimientos para involucrarse directamente en la política. Sin trastabillar rechazó las propuestas, ya que aceptar el “hueso” podría desvirtuar todo por lo que ha luchado en los pasados 10 meses. Pero me pregunto: Si las demandas de Sicilia son inquietudes de los miles de integrantes del movimiento, ¿no sería congruente alentar su expresión mediante el voto popular, como corresponde a una república representativa?
 
Volviendo a la teoría de la participación, diversos politólogos han decidido clasificar a ésta en dos métodos de acción diferentes: la participación convencional y la no convencional.
 
Giovanni Sartori en su libro Partidos y sistemas de partidos define así la primera: “La participación convencional en las democracias actuales se basa en la expresión del voto por parte del ciudadano en unas elecciones libres e imparciales en las que existe un estado de competencia”. Ésta es entonces la manifestación más conocida de la participación, la que se da en automático yendo a votar, la que el ciudadano común conoce porque es nuestro derecho como parte de una sociedad democrática. El voto y sus resultados, como señala el politólogo Eduardo Fernández Luiña, serían los mecanismos que legitimen a quien se encuentra en el poder. Claro está que mientras más reducida sea la brecha entre los contrincantes a la hora de la votación, mayor será la polarización en la región en la que se hayan llevado a cabo las elecciones. Y el sentimiento de legitimidad será menor.
 
Por otro lado se encuentra la participación no convencional, que señala Fernández como aquella en donde el ciudadano se involucra de manera directa;  los canales de expresión se amplían, ya que no necesita esperar seis, cuatro o tres años para ir a votar. Se da en cualquier momento y espacio. Y no sólo se busca que esta forma de participación sea un reflejo de lo que debería de ser la democracia enraizada, sino que encuentra un nicho en las manifestaciones espontáneas o la alteración del orden público mediante protestas: pintas, daños a la propiedad pública, etc. A su vez, estas protestas se presentan con mayor frecuencia al haber un problema de representatividad.
 
En este tipo de participación hay tener en cuenta que, por lo general, los reclamos a las instituciones vienen cargados de un discurso con carácter antisistema. Los manifestantes reclaman que no se está cumpliendo con el “trato” consistente en haber votado por ellos (participación convencional). Y pueden ser capaces de difuminar el poder.
 
Dicho de otro modo, si Sicilia se sentara en una curul y fuera parte del poder “desde dentro”, con la carga de congruencia debida a su movimiento, podría hacer mucho más. No veo por qué se desvirtuaría todo lo que ha conseguido, ni veo tampoco la razón de la crítica. Veo a un ciudadano común y corriente que está representando a miles de personas en este país; muchos más de los que nuestros diputados locales o federales dicen representar. Y el tema de la polarización estaría reducido al mínimo.
 
La participación no convencional sirve de retroalimentación, es decir, existe un balance entre los garrotes (demandas del pueblo) y las zanahorias (cumplimiento del gobierno). Aunque también puede provocar una idea errónea de la democracia representativa.
 
Si quienes hacen política social de manera congruente y representando a más ciudadanos estuvieran en el lugar que ahora ocupan algunos para dormir en plena sesión, otra cosa sería. Seguro le harían un favor a la democracia y regenerarían nuestra idea de participar por el bien de nuestra comunidad.
 
@natszendro
Contacto: nattszendro@gmail.com


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