David Owen, Patología política

Por impulso de las circunstancias recientemente traídas a la mesa (y los micrófonos) de los periodistas, he leído un libro maravilloso.

Se llama En el poder y en la enfermedad, escrito por un hombre cercano a esos dos asuntos: David Owen (médico), quien fue entre otras cosas ministro de Sanidad y de Relaciones Exteriores de la Gran Bretaña en el gobierno de James Callaghan.

El señor Owen se mete con bisturí en los trastornos de conducta más frecuentes en los hombres del poder. El alcoholismo, la drogadicción, la hiper-sexualidad y la más perniciosa de ellas, ajena al mundo de las sustancias dañinas, pero cuya peligrosidad reside en su origen: el poder mismo, fuente de todo mal y de toda distorsión mental y para cuya obtención el político, de cualquier estatura, todo lo sacrifica y todo lo corrompe.

No importa si después de corromperlo todo él mismo se mira invadido por la pudrición, por el mal de la “hybris”, “la embriaguez del poder, la persistencia en el error; la incapacidad para cambiar el rumbo”.

Owen toma un párrafo de la célebre escritora Bárbara Tuchman cuya brevedad y claridad me obligan a repetirlo. Cualquier semejanza con la realidad, de este o cualquier otro país, debe serle adjudicada al talento de la señora Tuchman, no a las intenciones comparativas de este redactor, quien se declara ajeno a tal propósito.

“…(el poder) genera locura; el poder de mando impide a menudo pensar, que la responsabilidad del poder muchas veces se desvanece conforme aumenta su ejercicio.

“Como sabemos eso casi siempre sucede. El político se empecina más allá de la claridad con la cual actuó para ocupar la posición desde la cual el poder lo ha nublado o de plano cegado. Y el coro fatal, el incesante murmullo y el incesante encanto de la estupidez, producen los resultados visibles en todas partes”.

El libro de Owen es simplemente sensacional.

En sus páginas, ofrece un listado de síntomas para saber si alguien ya cayó víctima de la enfermedad (incurable, crónica, progresiva y mortal); del mal de Hybris. Si usted ha visto a alguien en el ejercicio del poder, en este o cualquiera otro país, nada más lea esto y deduzca. ¡Ah! Y además, resígnese.

1. Una inclinación narcisista a ver el mundo como  un escenario en el que pueden ejercer su poder y buscar la gloria.

2. Una predisposición a realizar acciones que tengan probabilidades de situarlos bajo una luz favorable.

3. Una preocupación desproporcionada por la imagen y la presentación

4. Una forma mesiánica de hablar de lo que están haciendo y una tendencia a la auto exaltación.

5. Una identificación de sí mismos con el Estado hasta el punto de considerar idénticos los intereses y perspectivas de ambos.

6. Una tendencia a hablar de sí mismos en tercera persona o utilizando el “mayestático” nosotros.

7. Excesiva confianza en el juicio propio y desprecio del consejo y la crítica ajenos (especialmente de la prensa. R.)

8. Exagerada creencia –rayana en un sentimiento de omnipotencia– en lo que pueden conseguir personalmente.

9. La creencia de ser responsables no ante un tribunal terrenal de sus colegas o de la opinión pública, sino ante un tribunal más alto: la Historia o Dios.

10. La creencia inamovible de que en ese tribunal serán justificados.

11. Inquietud, irreflexión e impulsividad.

12. Pérdida de contacto con la realidad, a menudo unida a un progresivo aislamiento.

13. Tendencia a permitir que su “visión amplia”, en especial su convicción de que la rectitud moral de una línea de actuación haga innecesario considerar otros aspectos de ésta; una obstinada negativa a cambiar de rumbo.

14. Un consiguiente tipo de incompetencia para ejecutar una política que podría denominarse consecuencia propia de la “hybris”. Es aquí donde se tuercen las cosas, precisamente porque el exceso de confianza ha llevado al líder a no tomarse la molesta de preocuparse por los aspectos prácticos de una directriz política.

“Puede haber una falta de atención al detalle, aliada quizá a una naturaleza negligente. Hay que distinguirla de la incompetencia 'corriente', que se da cuando se aborda el trabajo, necesariamente detallado, que implican las cuestiones complejas, pero a pesar de ello se cometen errores en la toma de decisiones”.

Como vemos, los ciudadanos no deberíamos preocuparnos por las conductas o aficiones  secretas de los políticos, ni por su hoja clínica. La más peligrosa de sus conductas es el ejercicio mismo del poder.

Ésa es su verdadera enfermedad y no solamente la sufren gozosamente día con día sino hasta nos convocan a mirarlos en el proceso de su intoxicación implacable, como si no supieran cómo y con cuánta frecuencia nos reímos de ellos y sus desfiguros.

Es el último recurso de los ciudadanos ante su incapacidad y su incompetencia enfermiza. 

La enfermedad presidencial
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