Sir Felipe Churchill

Felipe CalderónPuedo morir en paz: sobreviví al sexenio de Marta Sahagún y sigo caminando sobre esta tierra después de escuchar a Felipe Calderón decir que Sir Winston Churchill lo inspira.

Quizás el Presidente de los mexicanos empleó el verbo equivocado.

No creo que Winnie lo inspire: el descendiente de la vieja familia militar de los Marlborough era un estadista que entró a la historia por la puerta grande. Cometió muchísimos errores: hizo autocrítica, aceptó sus fallas y las expió.

Pero en los momentos en que se jugaba la vida o muerte de Inglaterra y el mundo entero, el hombre del puro y el sombrero tomó las decisiones correctas.

Calderón, claro, no es un estadista ni practica la autocrítica.

Sir Winston fue un gran orador. Encontraba las palabras que justamente querían oír los ingleses y, sobre todo, los pueblos europeos sometidos por los nacis.

(Burbuja cultural: nunca he entendido por qué se escribe “nazi”. El término proviene de la aberración creada por los fascistas alemanes: nacionalsocialismo. En esa palabra no veo ninguna zeta. Esta no es alusión a nadie).

Inglaterra se quedó sola durante poco más de un año frente a la formidable maquinaria militar alemana: los cañones germanos estaban a menos de cuarenta kilómetros de los acantilados de Dover.

Y entre cañonazo y cañonazo los ingleses se tomaban el té a las cinco.

Dunkerque fue un milagro: un cuarto de millón de hombres fueron rescatados. “Pero las guerras no se ganan con retiradas”, dijo Churchill para ayudar a sus compatriotas, eufóricos por el ejército salvado, a poner los pies en la tierra.

Tras la caída de Francia, Hitler le ofreció la paz.

–Pelearemos en las playas, en las ciudades, en las calles, en las casas, en los bosques. Nunca nos rendiremos, nunca, le contestó el primer ministro.

Es bellísimo su homenaje a los aviadores ingleses y aliados que ganaron la batalla de Inglaterra: “Nunca tantos le debieron tanto a tan pocos”.

Winston ChurchillObviamente, Sir Winston era hombre de muchas letras. Leyó como loco y también escribió como tal. Tenía 23 años cuando publicó su primer libro: “La historia de la fuerza de campo de Malakand”.

Era mucho mejor como orador. Arthur Balfour, uno de sus amigos, comentó, con la mala leche propia de los anglos: “Toda la obra churchilliana es una brillante autobiografía disfrazada de historia del Universo”.

Nuestro hombre era soldado profesional. Combatió en tres guerras coloniales en India, Sudán y Sudáfrica y en la de 14. Fue un sólido corresponsal en varios frentes de batalla y además tuvo la humorada de escapar de la fortaleza donde lo tenían prisionero los bóers.

No le pido a Calderón que trate de seguir los pasos de este gigante quien, entre otras hazañas, se trataba al tú por tú con hombres enormes como Roosevelt, Stalin y De Gaulle, de quien dijo: “De todas las cruces que he cargado, la más pesada es la de Lorena”.

Pero por lo menos quisiera que el michoacano tuviera el sentido de humor del inglés.

GB Shaw le envió dos boletos con una invitación para que asistiera a la puesta en escena de una de sus obras “con un amigo… si acaso tiene alguno”. Un compromiso, contestó Churchill, “me impide ir a la ‘premiere’, pero iré a la segunda función… si la hay”.

Sufrió tantas derrotas que hacía chacota de ellas. En un solo mes, escribió, “perdí mi curul, mi puesto en el gobierno y mi apéndice”.

En una ocasión, una diputada lo interrumpió en el Parlamento para decirle: “Si usted fuera mi marido le pondría veneno en el café”. Y Winnie le reviró: “Si yo fuera su esposo, me bebería el café”.

En plena guerra, varios ministros a quienes urgía hablar con el jefe de gobierno entraron al diez de Downing Street. Sir Winston, les dijo el imperturbable mayordomo, está bañándose.

La cosa urgía y los del gabinete se dieron ánimo de entrar al aposento privado del primer ministro, a quien sorprendieron desnudo, viéndose en el espejo y discutiendo con el valet qué ropa usaría. “El primer ministro de Gran Bretaña no tiene nada qué ocultar”, les dijo a sus colaboradores.

No, Felipe no tiene sentido del humor.

Y otra cosa le falta: En lo más duro de los bombardeos alemanes –ataques en la mañana, en la tarde, en la noche y en la madrugada–, Winnie salía a visitar los barrios dañados: conversaba con los vecinos, daba palmadas de felicitación a bomberos y socorristas y lograba levantar el ánimo de los londinenses.

Porque él sabía que si se pierde el ánimo, se pierde la guerra. Churchill era solidario con su pueblo. Era un león, hablaba como un dios pagano y el ingenio y el sentido del humor le afloraban a la menor provocación.

Felipe Calderón no es así, ¿verdad? Me da la impresión de que es a Miguel de la Madrid a quien toma como ejemplo e inspiración.


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