La sabiduría de las estrellas

Ana de la Reguera entrevista a Felipe CalderónHace muchos años se instituyó en México la carrera de periodismo en una escuela cuyo nombre evoca un notable cronista taurino. Después hubo otras en algunas universidades del país.

La vieja e inútil discusión en torno de si los periodistas nacemos y aprendemos en la práctica o nos hacemos en las escuelas carece de sentido si alguna vez lo tuvo. Es más, ahora deberíamos discutir si el periodismo es una parte de la política, como algunos creemos, o de los espectáculos como nos hace ver la realidad cada día.

Con  harta frecuencia esta profesión cae en manos de personas ajenas a ella. Los diletantes pueden salir de la academia o del camerino y ejercen sobre los actores públicos una extraña fascinación, como si su fama los redimiera.

En ese sentido llama la atención la “entrevista” hecha por la bellísima y talentosa actriz Ana de la Reguera al Presidente Felipe Calderón.

Y las comillas en la palabra entrevista obedecen a la evidencia de una muchacha inteligente a quien le ofrecieron el escenario, las preguntas y sobre todo la actitud hacia una publicación como Quien, cuya finalidad es presentar la parte hermosa y exitosa de la vida. Una revista donde no hay pobres ni siquiera entre sus lectores. Quizás por eso el Presidente se ofrece relajado a las cámaras, contento, con una sonrisa poco frecuente.  

El anhelo cumplido. Una “prensa” ajena a la crítica y al retobo; ajena a las repreguntas comprometedoras, acrítica y “positiva”. Como debería ser siempre. Al menos eso dicen los políticos.

En este sentido si se me permite una anécdota, recuerdo a la exdecana de los reporteros en la Casa Blanca, Helen Thomas (cuya carrera acabó por presiones políticas), a quien un día Clinton, acostumbrado a las carreras matutinas en los parques de Washington cercanos a la Casa Presidencial, le dijo: “ustedes, los periodistas, no me acompañan en el trote matutino por interés en mi ejercicio, sino para ver cuando me caigo de bruces”.

Pues sí, la carrera de un presidente no es noticia, sus tropiezos lo son.

Pero las famas deslumbran. Nunca un crítico mexicano ha recibido tanta atención del Presidente Calderón como Joaquín Sabina, quien descalificó la guerra contra el narco.

Lo llevaron a Los Pinos y lo sentaron a la mesa de la familia. Hasta cantaron juntos. A ver si en su cercana temporada de conciertos Sabina le aplaude a García Luna.

A nadie parecen importarle las opiniones locales sobre la violencia, pero si Bono se ciñe sus lentes oscuros y sentencioso dice antes de cantar “Surrender”, cómo la violencia no podrá contra México, el personal en el Azteca, rico o pobre, se conmueve.

"La siguiente canción –dijo a la mitad del delirio colectivo–, es un reconocimiento con mucho cariño, que está dedicada a quien ha perdido a un ser querido en este país por la violencia. Quiero que sepan ustedes, y que sepa el mundo, desde aquí, que nos escucha, que no están solos. México, estamos con ustedes".

No, p’s ya la hicimos hijo.

Y cuando va a Brasil le pasa lo mismo y otro tanto le sucede cuando habla de cualquier asunto políticamente correcto en cualquier parte del mundo. Este señor es una especie de ajonjolí de todos los moles y todos los moles quieren ese ajonjolí. Del Vaticano a Tenochtitlán.

Pero no es solamente este Gandhi con chamarra de obrero de los muelles quien nos enloquece.

–¿Oíste a Lady Gaga?

 “No estoy de acuerdo con las leyes de Arizona y todo el tiempo noto que mis fans hablan de ello, les afecta y voy a pelear por eso, tenía que hacer algo para no seguir siendo parte de la oscuridad…”.

Viejo recurso de popularidad, es hablar para satisfacer los deseos de quien escucha. Tan viejo como aquella antigua mancuerna entre el rey y sus bufones.

Pero los “pop stars” no suplantan a los periodistas. En todo caso sustituyen a los predicadores.

Nuestra profesión, tan simple en apariencia, es a veces usurpada por médicos, politólogos de ocasión, profesores de alquiler y actrices de la TV.

El poder se complace ante ellos, se regodea con la posibilidad de un cuestionario “a modo”; en el cual las preguntas y las respuestas provienen casi siempre de un pacto mutuamente provechoso.

“Me prepare mucho –dice Ana de la Reguera–, estuve (¿?)  como tres semanas para prepararme. No me quería ir con una entrevista de cifras de muertos, narcotráfico y sobre violencia, porque no soy periodista, no es mi ramo, no es en lo que yo me muevo. Pero tampoco quería quedar mal, ni faltarle al respeto a nadie… (sic).

“Realicé mucha investigación… de lo que no había hablado el Presidente (¿?) y en eso me basé, ésas eran mis preguntas y lo que me interesaba.

“Y si hacía preguntas fuertes (ni Dios lo quiera) pues es lo mismo de siempre, incluso él ya tiene respuestas perfectamente pensadas… entonces yo no me quería ir por ahí. Yo me fui por cosas que consideré que yo me sentía capaz de preguntar (sic)”.


Ana de la Reguera, 'periodista'
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