Adiós, Facundo

Quizás ya sabía. El jueves por la noche, al terminar su audición en la ciudad guatemalteca de Quetzaltenango, luego de cantar “No soy de aquí ni soy de allá”, se despidió del público con un breve mensaje. Su última oración fue:

–Que sea lo que Dios quiera, porque Él sabe lo que hace.

facundo_cabral.jpgPocas horas después, era acribillado cerca del aeropuerto internacional La Aurora.

Los guatemaltecos se sienten culpables. No lo son. Le piden perdón al mundo. No tienen por qué. Los hermanos chapines siempre han sido víctimas, nunca victimarios.

Rigoberta Menchú piensa que a Facundo Cabral lo asesinaron los halcones de siempre. El cantautor fue abatido por “el odio del fascismo”.

Ronaldo Robles, portavoz del Presidente Álvaro Colom, coincidió con la Nobel de Paz:

–Fue un atentado directo en su contra.

Colom desautorizó a su vocero. El objetivo de los asesinos no era el juglar gaucho sino su acompañante, el empresario Henry Fariñas, presunto lavador de narcodólares de los zetas.

Cualquiera de las dos versiones es plausible. Los fascistas odiaron a Facundo desde que en 1951 cantó por primera vez, a los catorce años de edad, en Mar del Plata. Amenazado de muerte, se refugió en México. Vivió entre nosotros de 1976 a 1983.

Bueno, es un decir: dormía en un hotel, empacaba una muda de ropa en un maletín y se iba a recorrer el mundo. En 165 países cantó al amor, a la justicia, a la paz. A la esperanza.

Regresaba al defe y al día siguiente volvía a partir. Nació vagabundo.

Este juglar cuyos ojos ciegos leían las profecías de las estrellas era un hijo de esa raza de hombres como Atahualpa Yupanqui; Martín Fierro y su compañero, el sargento Cruz; don Segundo Sombra; el Che Guevara; los héroes sin nombre asesinados en las cámaras de tortura de la Escuela de Mecánica de la Armada.

Son gauchos que cabalgan cantando. El ancho mundo es de ellos. No temen a nadie ni a nada porque en el corazón les hierve el amor. Martín y el sargento llevan el revólver a la cintura; el pampero educado por don Segundo es diestro en el manejo del facón.

Facundo lleva su guitarra: su fe en Dios y en los hombres. La vida lo puteó y qué: cuál amargura, cuál resentimiento. Si hay mujeres y amigos, bifes y vino, gente de más de cien países que te quiere, te aplaude y hoy te llora.

Y hoteles, hoteles, hoteles. Hombres siniestros que le pisan la sombra, amenazas.

Bah:

–Si estás poblado de amor, cantó, no podés tener miedo porque el amor es valentía.

Roberto Enrique –su verdadero nombre– no conoció a su padre. El hombre abandonó a su esposa y siete hijos al hambre y al frío.

Doña Sara, la matrona, se llevó a sus críos al otro extremo de Argentina: Tierra del Fuego. Roberto-Facundo cumplía los ocho años cuando decidió ir a Buenos Aires para contarle las penas de su familia al Presidente de la República.

Y sí, llegó a la capital. Y sí, lo dejaron entrar a la Casa Rosada, el palacio presidencial. Y sí, habló con Evita y Perón, y sí: resolvieron los problemas de la familia.

Pero la miseria había encanallado a Roberto-Facundo. Era un niño lumpen criado en las calles de los barrios de rompe y rasga. Alcohólico a los diez, once años, amante de dar de puñetazos y patadas a quien se le pusiera enfrente.

Así lo había tratado la vida.

Reformatorios, cárceles, todo eso. El niño caminaba en la orilla del precipicio cuando Dios le envió a dos hombres que lo salvaron: un sacerdote jesuita y un vagabundo de quien sólo supo que se llamaba Simón.

Supongo que Facundo Cabral nació en prisión o a las puertas del penal. Empezó a cantar, a componer. Se convirtió en un disidente místico: un guerrillero de la paz, anarquista y cristiano, quien con voz y guitarra animaba a hombres y mujeres a enamorarse.

–Perdona hermano que yo no te entienda / que no seas feliz en tan bello planeta / que hayas hecho un cementerio de esta tierra / donde está toda la vida que es una fiesta.

Decía esto él quien, según sus propias palabras “sé lo que es una guerra, no sé lo que es una familia”. Lo suyo era “caminar por la calle sin maletas” ni tarjetas de crédito.

La vida le dio una breve tregua: casó, tuvo una hija. Bebió un par de gotas del vino de la felicidad. Luego, brutalmente, tuvo que pagar el precio: sus mujeres murieron en un accidente.

Pero Facundo es “un ser descaradamente libre”. Es demasiado hombre para quedarse hundido en el pozo negro. Vive, canta, compone, frecuenta a sus amigos. Discute tanto con Borges que aprovecha los diálogos para escribir un libro. El niño lumpen es un artista que conmueve al mundo.

Facundo siempre será niño, como todos los hombres buenos. La pampa es suya. El caballo canta con él. Los arenales donde el hombre blanco aniquiló al indio son su casa.

Decía don Miguel de Unamuno, un ateo creyente en el Ser Supremo, que si buscas a Dios es porque Dios te está buscando.

Ahora Facundo está allá. Su pampa son las nubes. Dios y las almas de los justos le piden a gritos otra canción.

Y las once mil vírgenes intercambian sonrisas de malicia. Los ojos ciegos de Facundo no se equivocan: primero, esta morocha; seguirá la rubita aquella.

Vamos, no hay prisa Facundo. Canta, recita, habla. Los ángeles te llevarán vino de Mendoza, churrasco y empanadas y las vírgenes aguardarán su turno.

Lo tuyo es “andar y andar los caminos”.

El gaucho trovador cabalga entre las nubes
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