El peladito que hace reír a Dios

Los hombres más ingeniosos son los hijos de los arrabales de las grandes ciudades. Nacen y se hacen en el olvido y la marginación. Unos aprenden a usar los puños para sobrevivir; otros se las arreglan con una sincronización perfecta entre lengua y cerebro, lo que les permite improvisar frases de tanta agudeza que acallan o confunden a la parte contraria.

Cantinflas es uno de estos hombres.

Aunque Mario Fortino Alfonso Moreno Reyes nació en Santa María la Ribera, sector popular de la Ciudad de México, se crió en Tepito, el famoso barrio bravo.

Tepito es, posiblemente, la fábrica de albures más grande del planeta.

Los padres de Mario Fortino, doña Soledad Guízar y don Pedro Moreno Esquivel, pertenecieron a la generación de los últimos años del siglo 19: que vengan todos los hijos que Dios nos quiera mandar, supongo que decían.

Y pues sí: el Señor les hizo caso. Mario Fortino tuvo once hermanos. Trece tortillas de un manotazo. Y don Pedro, que era cartero.

Anduvo nuestro hombre algunos años sin saber bien a bien qué hacer con su vida. Fue boxeador, torero, bailarín bueno, sobre todo, para el tango.

Pero aquello no era lo suyo. Se habrá descubierto a sí mismo en 1930 cuando fue a dar a la carpa Ofelia. Ese estilo, esa modalidad de entretenimiento ya no existe, lamentablemente.

El público era bravo, mordaz, de lengua suelta y humor grueso. Las gracejadas del respetable eran, muchas veces, mejores que las de los actores.

Aquello era espectáculo de rompe y rasga: duelo entre el “carpero” y la raza de bronce. Había que ganarle al auditorio porque éste sólo respetaba y aplaudía al valiente que daba respuesta inmediata, maliciosa y preñada de gracia.
Escuela dura, pero se aprendía.

¿Enseñaron los políticos a Cantinflas a hablar mucho sin decir otra cosa que incoherencias sin ilación? Pudo ser al revés.

La oratoria era en aquellos años y todavía hasta el sexenio de Adolfo López Mateos una especie de arte menor que los hombres públicos –injusticias de la época: las mujeres no eran ciudadanas y sólo les daban pasaporte con la autorización escrita del padre, marido o hermano y, con la condición de que uno de ellos acompañara a la fémina en el viaje al extranjero: eran menores de edad, víctimas fáciles de manolos lujuriosos de verbo convincente, guapos, como dice una amiga, para bajarles los cal…cetines– procuraban cultivar, generalmente con poco éxito.

Será melón, será sandía. El pex, como dice mi sobrino Marco Aurelio Carballo, es que Cantinflas le dio al clavo en la mera cabeza: entendió que a los mexicanos no les gusta hablar claro; que usan el idioma para enmascarar sus ideas y fines; que la palabra es para ellos al tiempo espada y escudo.

Habla mucho para que no digas nada y nadie te entienda.
“Su estilo era la manipulación del caos”, escribió Monsi. Y agregó: “Es el iletrado que toma control del lenguaje como puede”.

El ingenio del peladito, criatura de “la ciudad ladina y burlona”, comentó Novo. Gregorio Luke, director del Museo de Arte de Latinoamérica avanzó un poco más: “Entender a Cantinflas es entender todo lo que ha pasado a México en el siglo pasado”. El rotativo Clarín, de Buenos Aires, coincide: Cantinflas “es el caos de la modernidad mexicana”.

La astucia, la picardía, el humor escondido en una máscara no solemne, pero sí de seriedad, y la simpatía natural que irradiaba por todos los poros de su cuerpo, le abrieron muchas puertas.

Y llegó al cine: “símbolo del peladito que triunfa sobre los poderosos”.

Su primera película se estrenó en 1936. Fracaso redondo y completo de crítica y taquilla. Tres años después aparece en una cinta dirigida por Chano Urueta: “El signo de la muerte”. Es una combinación de género gótico y humor negro. Una película que merecía mejor suerte.

Muy avanzada para su época: las víctimas de los sacrificios eran todas mujeres jóvenes y guapas, con las tetas al aire y cubiertas sus partes pudendas con fina y cachonda lencería.

Pero el gran triunfo se dio al año siguiente con “Ahí está el detalle”. La locura. Supongo que hasta el cácaro, que habría visto la cinta cien veces, se caía al suelo de risa.

Muchos años después vi esa película en la única sala de cine de un aduar árabe apestoso a miados de camello.
Fue toda una experiencia. No sé si los traductores del español al idioma de los agaritas hicieron una faena de primera: lo que nunca olvidaré fueron las carcajadas de los beduínos y sus mujeres. Éstas, sentadas aparte, en el gallinero.

Y en el 41 llegó “El gendarme desconocido”. El carpero ya era un inmortal.

Los profesionales de la crítica cinematográfica dirán misa en latín. Pero tengo para mí que después de estas dos cintas lo único que vale la pena en la filmografía del mexicano es “La vuelta al mundo en ochenta días”.

Y qué: con esos tres títulos tenía de sobra para dar y recibir.

Unos lo quieren comparar con Charlot; otros, con Tin Tan. Imposible: cada uno es único, inimitable. Grandes, los tres. Allá donde están, no les preocupa esa tonta vanidad de creerse superior a los otros.

Están atareados en algo más importante: hacer reír, llorar y reflexionar a Dios y a toda la corte celestial.

Qué envidia. 



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