El nuevo embajador de EU en México

El médico militar, como pudo, se colocó en posición de firmes. Agotado, envuelto en mugrientos y ensangrentados harapos, las botas hechas pedazos, la barba desordenada.

— ¿Dónde está el Ejército del Indus?, le preguntó un general.
— El Ejército del Indus soy yo, contestó el doctor mayor William Brydon.

Invierno de 1842; cuarteles de Jalalabad, en la India británica. Tres años antes, de la ciudadela salió un Ejército de 17 mil soldados angloindios, con casi otros tantos civiles como era la costumbre de la época: Familias de los militares, proveedores de toda suerte de artículos, traficantes de lo que fuera, tahúres, saqueadores en potencia, prostitutas: todo un microcosmos.

El objetivo: agregar Afganistán a la larga lista de dominios del imperio que gobernaba una cuarta parte del mundo. De las 34 mil personas que salieron de Jalalabad sobrevivieron menos de treinta.

Tres guerras libraron los ingleses contra Afganistán: la última, de 1919 a 1921. Los ingleses regresaron a India y los afganos se quedaron en Kabul.

En 1979 llegaron los soviéticos: se fueron once años después. Desde 2001 están los norteamericanos con contingentes de otros 48 países. Sin incluir a los mercenarios — los llamados “contratistas”—y contando a militares y policías afganos, la coalición suma 402 mil 800 combatientes, frente a unos 90 mil islamistas encabezados por el Talibán y Al Qaeda.

Oficialmente, han caído unos dos mil 600 militares aliados; cosa de mil 764 soldados de fortuna y un número no determinado de afganos leales al gobierno de Kabul. Se ignora el número de heridos, prisioneros y desaparecidos.

También se irán, como se fueron los soviéticos. Milenios atrás creyeron conquistar Afganistán los persas, griegos, árabes, turcos, mongoles y otros pueblos. Los afganos los expulsaron a todos.

Afganistán es el mayor productor mundial de opio: unas cuatro toneladas y media al año, equivalentes al 90 por ciento del total.

Nadie aprende en cabeza ajena: los chinos se preparan para convertirse en el cuarto imperio que morderá el polvo en aquel país de 647, 500 kilómetros cuadrados –las montañas ocupan el 75 por ciento del territorio–, poblado por 28 millones de personas con una expectativa de vida de 47.3 años, una tasa de analfabetismo del 67 por ciento y algo así como un millón de narcoadictos.

Estos iletrados viven sobre tesoros: la China Metallurgical Group Corporation explota yacimientos de mineral de hierro, minas de esmeraldas, cromo, cinc, uranio, cobre, berilio, litio y lapislázuli. Además, buscan gas natural y petróleo.
Y falta lo mejor: fronteras con China, Pakistán, Irán, Turkmenistán, Uzbekistán y Tayikistán. Afganistán es una llave para el dominio del Asia Central.

Míster Earl Anthony Wayne, el nuevo embajador de Estados Unidos en México, viene de Afganistán. Es un reconocido profesional en espionaje y contraterrorismo. Lo que verá en México no lo va a asustar. Quizá nos asuste lo que hará. 

Afganistán: guerra que no termina
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