Las 'Guerras de Baja Intensidad'

Hace muchos años, Hollywood dejó boquiabierto al mundo con una aparente mamila de proporciones faraónicas: Los ejércitos de Cuba y Nicaragua no sólo invadían, sino ocupaban a Estados Unidos. Las fuerzas armadas norteamericanas, las más poderosas del mundo, caían, segadas por el poder latino.

Claro, el pueblo estadunidense se organiza en guerrillas y les hace la vida imposible a las tropas de ocupación.

Finalmente, la luz del capitalismo cristiano y occidental triunfa sobre las tinieblas del comunismo materialista y ateo.
Y la Unión Americana se consolida como la “tierra de los valientes y los libres”.

Obviamente no le quitaron las semillas antes de fumarla. pensé.

Pero después de leer Contrainsurgencia, proinsurgencia y antiterrorismo en los 80. El arte de la guerra de baja intensidad, de Michael T. Klare y Peter Kornbluh –coeditado, Señor de los Tres Clavos, por Conaculta-- , me ha dado por reconsiderar el asunto: No, la película citada no era producto del consumo masivo de la fatídica yerba: era una semilla sembrada para que brinde sus frutos dentro de varias décadas.

Los norteamericanos, siempre lo olvidamos, no improvisan: planifican a muy largo plazo.

En el libro que comento, los autores hablan, aparentemente sin que les suba el color a las mejillas, que más temprano que tarde Estados Unidos tendrá que hacer frente a “las amenazas provenientes del Tercer Mundo.”

En principio, uno siente algo de orgullo patriotero: nos tienen miedo. No se les ha olvidado la travesura de Pancho Villa en Columbus. Reconocen que los mexicanos en particular y los hermanos iberoamericanos en general generamos testosterona hasta para exportar.

La historia nos restriega en las narices que la incursión de Columbus fue un tremendo fracaso: murieron como veinte o treinta villistas por cada norteamericano abatido. Los nuestros se fueron; ellos se quedaron y luego entraron, al mayoreo, a México.

Las “amenazas” del mundo precapitalista son un pretexto que no se creen ni los empleados que limpian los sanitarios del Pentágono.

Pero dan pie para una de las obras maestras de los pensadores militares norteamericanos: Las Guerras de Baja Intensidad (GBI).

De entrada, los arquitectos de las GBI dicen: “Dependemos en gran medida de algunas de estas naciones para la obtención de minerales estratégicos y recursos energéticos. Por tal motivo, nuestra economía y la de nuestros aliados se ven afectadas por la desorganización e interrupción productivas resultantes de las luchas que tienen lugar más allá de nuestras fronteras”.

Klare y Kornbluh luego ponen su grano de arena: la represión del narco es una de las variantes de las GBI. Veamos:
“Operativos antidrogas: el uso de los recursos militares para destruir en el extranjero las fuentes de producción y distribución de narcóticos ilegales, y para cortar el flujo de estupefacientes hacia Estados Unidos”.

Y agregan: “Debido a la naturaleza mundial de nuestros intereses nacionales, para nosotros es muy importante no sólo conservar la capacidad de emplear la fuerza, sino también la habilidad de contribuir a la resolución pacífica de los problemas… tal situación desfavorable puede presentarse cuando una guerra local amenaza el acceso estadunidense al suministro petrolero”.

Así no más, para abrir boca: la droga y el petróleo.

El libro no tiene desperdicio. El Pentágono jamás ha disimulado su desprecio hacia el Departamento de Estado.
Uno de los Clausewitz del Potomac escribe: “El fracaso diplomático para modificar una conducta belicosa puede provocar el uso inmediato de las fuerzas armadas, con objeto de proteger los intereses nacionales, rescatar a ciudadanos estadunidenses o defender los bienes de Estados Unidos”.

Los dos autores, en combinación con Sam S. Sarkesian, colaborador de la Revista de la Universidad de la fuerza Aérea asfixian hasta la última, la más débil esperanza de que algún día la oligarquía le tenga más pavor a la venganza de Moctezuma que a los machetes de los zacapoaxtlas.

Con objetividad, cinismo o frialdad profesional, el trío dinámico escribe: “La GBI implica, casi por definición, establecer una alianza con fuerzas y regímenes derechistas que no suelen caracterizarse por una inquietud democrática ni por el respeto a las reglas de la guerra”.

Y terminamos con el platillo más suculento que nos ofrece el menú de la Pax y la democracia al estilo norteamericano:
“Hay que identificar, raptar y eliminar a los líderes insurgentes, un proceso que normalmente involucra el empleo de la tortura y el asesinato”. México: Laboratorio del Pentágono
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