Peña Nieto y lo que nos espera

Enrique Peña NietoDesde su origen, la pregunta estuvo mal planteada. El entrevistador preguntó al pobre de Enrique Peña Nieto por sus gustos en literatura.

Pero hay literatura médica, literatura técnica, literatura jurídica, etcétera. Vamos, es el colmo que en la Feria Internacional del Libro no precisen que se está preguntando sobre literatura de ficción o literatura ficcional o, más breve y directo, sobre cuentos y novelas.

No me olvido de la poesía, pero ella ocupa un lugar aparte que no alcanzo a definir.

Naturalmente, las únicas letras que conoce el mexiquense son las letras de cambio. Eso salta a la vista: se le nota hasta en el copete.

Ahora, seamos objetivos. Es intrascendente que un jefe de Estado o gobierno lea o no lea poesía o literatura de ficción. Lo importante es que sea lo bastante inteligente para rodearse de hombres y mujeres con cerebros más poderosos que el suyo: que los consulte y llegado el caso haga lo que le recomiendan.

Pero estas cosas sólo las hace la gente grande. Decía mi maestro, el doctor Mateo A. Sáenz, que los ministros y diputados de la Reforma eran más cultos e inteligentes que don Benito Juárez.

El señor Juárez no les tenía celos ni envidia. Por una parte, siempre entendió que los necesitaba; por otro lado, su carácter de acero les imponía respeto o los alejaba.

El problema con Peña Nieto fue que quiso lucirse sin script, discurso escrito por sus lacayos o teleprompter. Ya había mencionado a la Biblia y con ello era suficiente. Todo lo que es humano está condensado en esas páginas.

Hace años conocí a un almirante inglés de gran cultura y poderosa inteligencia. Ya entrados en güisquis le pregunté en qué universidades estudió y cuáles eran los libros que lo inspiraron.

El lobo de mar –y de bar, como buen anglo– sonrió, dio un trago largo a las aguas escocesas y respondió que su única escuela fue la Academia Naval y, aparte de los textos del oficio, los únicos dos libros que leía y releía al grado de memorizarlos casi por completo eran la Biblia del rey Santiago y las obras completas de Shakespeare.

Borges, escribió José Emilio Pacheco, no leyó mucho, pero leyó muy bien.

Además, en un país donde la mayor parte de los pobladores –pobladores, que no ciudadanos– son refractarios a la lectura, no hay desdoro en formar parte de esa enorme legión.

Lo malo es eso. Como dicen los chinos, el que habla de lo que no sabe es que no sabe lo que dice.

Lo grave, lo que preocupa y encabrona es lo de la hijita. Ella no escribió el tuit pero al reenviarlo confirma que comparte su mensaje preñado de odio y desprecio.

De modo que quienes criticamos a PN somos pendejos. Pero, además, integramos la “prole”, esto es, no tenemos helicóptero, alberca en la casa ni colección de autos de lujo. Y envidiamos a quienes poseen esto.

“Prole”: léase nacos, muertos de hambre,  infelizaje, gentuza vil. Nos merecemos todos los desaires, todos los menosprecios por eso mismo:

Somos personajitos de galería. Peladitos. No valemos nada.

Es interesante porque la educación empieza en casa y los chicos repiten lo que dicen sus mayores. Si la muchacha tuiteó ese mensaje es porque bisa lo que comenta su parentela.

Y vamos, el destino amenaza con llevar a esa familia a vivir en Los Pinos.

Otro sexenio no nada más con parientes incómodos, sino con un Presidente clasista. Que se hayan disculpado es lo de menos. Lo dicho, dicho está.

Peña Nieto todavía no es ni siquiera candidato –apenas se registró como precandidato– y ya le vimos las verrugas en las nalgas.

No recuerdo a ningún aspirante a puesto público o funcionario de gobierno cuyos hijos se hayan expresado de los mexicanos con tanto desprecio.

Sabemos que si gana PN nos recetará seis años de lo mismo, pero peor. Ignorábamos que además nos pretende castigar con su desdén.

Hay algo que se llama educación: no es lo mismo que instrucción o cultura. En Don Fernando, Somerset Maugham se maravilla ante la cultura de una familia de campesinos españoles analfabetos.      

Nuestro don Alfonso algo sabía de estas cosas. En su bellísima Cartilla moral escribe:

“El primer grado o categoría del respeto social nos obliga a la urbanidad y a la cortesía. Nos aconseja el buen trato, las maneras agradables; el sujetar dentro de nosotros los impulsos hacia la grosería; el no usar del tono violento o amenazador sino en último extremo”.

Pero parece que los Peña Nieto están en la mejor disposición no sólo de robar, sino de despreciarnos, además.

Soy 'prole': es mi orgullo
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