Un debut fascinante

“Roberto y Camilo son un par de jóvenes de la clase alta de San Pedro que a pesar de tener el poderío de tarjetas de crédito ilimitadas se sienten vacíos y abandonados. Viajan alrededor del mundo, se atascan de drogas y se llevan de encuentro en su espiral autodestructiva a sus familiares”. Algo así podría funcionar como síntesis de las 603 páginas de El club de los abandonados. Pero sería muy injusto.

Esta novela es difícil de resumir en palabras. Es una montaña rusa, un coctel explosivo, un mapa de las emociones del siglo XXI. Hay lenguaje libertino, páginas en blanco, diálogos en otros idiomas, tipografías arbitrarias. Y un narrador, el Semi, entrañable, divertido, genial. Todo eso. Por ello, Gisela está consciente que El club de los abandonados no es una obra tan fácil de leer.

De entrada, hay que despojarse de los prejuicios primarios por tratarse de una autora local, en sus primeros veintes, con un libro debut. Luego, su efervescente estilo narrativo: anárquico, juguetón, insolente. Y, finalmente, sus personajes, dos jóvenes sin límite de gastos y excesos (hay drogas, muchas drogas), con una vida disipada que puede resultar chocante a algunos lectores.

“Precisamente yo creo que eso es lo que hizo que se publicara, en cierta manera. Creo que dar una oferta de algo que ya está disponible… ¿Por qué habrían de aceptar la novela de una persona de 24 años que está ofreciendo algo que un escritor de renombre puede estar haciendo y es mucho más fácil de vender?

"Definitivamente creo que aún y cuando fueran pocas las personas que se sintieran conectadas con la obra, no importa. Porque la resonancia que cree en ellos es suficiente para crear el eco. Es como todo, la mayoría de las cosas trends siempre empiezan con cierto rechazo”.

Sobre los personajes, hace una precisión para desmarcarse de algunas reseñas y entrevistas que le adjudican el retratar a la burguesía contemporánea. Es todo menos eso, aclara. “No estamos poniendo personajes que tienen todo materialmente disponible porque sea padre, no, no, no. Se les está dando todo para que al tener todo se queden solamente ellos y se quede la esencia del ser. Al quedar solos puedes analizar tantas cosas, de diferentes maneras.

“Es mostrar que independientemente de que se tenga todo, sentimos igual y con los efectos que nos pueda crear tal o cual acción, nuestras vivencias van a ser iguales”.



La génesis de esta obra delirante no fue sencilla. Hubo una importante dosis de desesperación para Gisela, una chica alta, delgada —de porte elegante—, voz ronca y mirada penetrante. “Empecé con escritos sin forma, sufriendo un proceso de insomnio bastante desgastante, producto de soliloquios que no me dejaban dormir”, comenta. “Esa necesidad y esa desesperación de mínimo plasmar algo para calmar un poco mi mente y poder dormir me llevó a escribir cosas sin forma. A sentir que por medio de letras podía no sólo cansarme sino también calmar un poco los ruidos que surgen de tu cabeza”.

Además de estos ruidos internos, hubo algunos otros detonantes para que Gisela decidiera escribir. Uno de los más poderosos fue El guardián entre el centeno, de Salinger.

“Esta novela no sólo me marcó profundamente, sino que me hizo ver cómo en tanta simpleza de palabras, de fluidez, hay una voz que te hace pensar que sí lo está diciendo un niño de trece o catorce años. Me hizo ver cómo también puedes plasmar ideas fácilmente, sin tanta complicación, y crear una resonancia en el lector”.

Luego de algunos meses de estar llevando al papel sus ideas dispersas, Gisela se desesperó. Sentía que sus escritos no tenían forma y empezaban a absorber su tiempo sin sentido. Los tiró a la basura y decidió escribir una novela. Había iniciado sus estudios de Mercadotecnia en el Tec y buscó a su maestro de literatura de la prepa, quien la remitió a Felipe Montes, gurú de la narrativa local.

Montes la recibió en un taller de escritura creativa, al que le siguió uno de retroalimentación literaria. Allí, mostró alguno de los capítulos de su novela inacabada en una sesión de quince personas.

“Los otros catorce dijeron que no les había gustado, que les parecía que se tenía que depurar, que realmente no tenía sentido, que estaba mal. Al final, Felipe, que llevaba el taller y cerraba, dijo todo lo contrario.

“A partir de allí, él detectó que si quería que fluyera más rápido el proceso, lo mejor era que trabajáramos en conjunto”, recuerda.



Gisela apenas está acostumbrándose al ritmo que impone ser la apuesta editorial principal de la primera mitad del año de un sello como Alfaguara. Rondas de entrevistas, reseñas, piropos, críticas, seguidores, palmadas en la espalda, dedicatoria de libros, aparecen en el día a día de la autora. A fines de febrero dejó su empleo como mercadóloga en una empresa local para dedicarse por completo a escribir (aunque le cuesta trabajo asumirse como escritora).

Su segunda novela está ya en proceso, aunque opta por no dar detalles. “Ahorita estoy trabajando en ella. Me da paz mental que las veces que la he llevado con Felipe me ha dicho que está muy distante (de El Club de los abandonados); toca otras cosas. Eso me agrada”, afirma. “(El revuelo) Ahorita es un mal necesario, soy una escr… (corrige) soy una persona que nadie conoce y tiene que estar dando la cara. Creo que en el momento en el que pase esto, me voy a enclaustrar y simplemente trabajar en lo mío. Y lo mío es escribir. Ya lo demás surge como debe de surgir“.

—¿Ya te leyeron tus papás?

(Ríe de buena gana). “Mi papá está en proceso de leerla. Y mi mamá yo creo que también, pero lo bueno es que les dije: ‘nada más les voy a decir una cosa… este… es una novela’. Y me dicen ‘entendemos perfectamente’.

“Vieron el concepto de —va a sonar muy romántico— el arte es el arte y que hay temas y hay cosas y hay ‘n’ cantidad de situaciones que no son las ideales para que tu hija las ponga. Pero siempre lo han visto de esa manera y eso es lo padre: que están súper conscientes que evidentemente no he hecho lo que sale allí“. 

El soundtrack de los abandonados
Radiohead, Mogwai, Thomas Dybdahl, Explosions in the Sky, Simon and Garfunkel, Pulp… Por las páginas del libro suena mucha música: fragmentos de canciones, pausas donde quien narra recomienda escuchar un tema para acompañar la lectura, múltiples referencias a artistas que reflejan el perfil melómano de Gisela.

“Sólo conozco a alguien, una amiga, que no le gusta la música”, dice sonriente. Explica que las melodías que aparecen en su novela resumen una colección de experiencias.

“O sea, Simon and Garfunkel, ¿a qué hora? Es música que de repente no es súper compatible (por la edad), pero me recuerda mi infancia. Mis papás tienen un restaurante y todo el tiempo estaba escuchando música. Entonces, música que no tiene nada que ver te empieza a formar y te empieza a crear este gusto.

“Tener ese perfil de gustos musicales empezó a los 14 o 15 años; en su tiempo claro que escuché pop, obviamente, pero luego escuchaba Radiohead, no identificaba quién era y me gustaba”.

‘¿Regiomontana? No. De Cadereyta’
Por orgullo de su lugar de origen o desligue de su hogar adoptivo, no es raro que Gisela tenga que aclarar sus raíces: “Soy de Cadereyta”, ha precisado, cortante, en Twitter cuando se refieren a ella como regiomontana.

“Terminé mi primaria en Cadereyta, en secundaria me vine a estudiar acá, pero iba y venía todos los días; para tercero de prepa me vine a vivir a Monterrey con mi hermana”.

A partir de allí, recuerda, fincó su residencia en Monterrey (aunque ahora vive en San Pedro), excepto las veces que estudió o laboró en el extranjero. El haber crecido así influyó en su forma de ver las cosas, dice.

“Quieras o no la infancia es lo que más te marca en tu vida. Tengo años de no vivir por tiempos prolongados en Cadereyta, pero el haber tenido una visión de cómo es la vida allí, luego Monterrey y veo cómo es la vida acá; estar un tiempo en Nueva York, estar un tiempo en Australia… Como que ir coleccionando esas fotografías del mundo crea una visión un poco más holística y más global. Y por supuesto que siento que Cadereyta está súper implicado en eso. Aparte no me siento una persona ‘regia’.

“Soy de ninguna parte. Puedo decir que no soy completamente de Cadereyta pero mi origen es de allá”.

Publicado en LA ROCKA No. 153



‘El club de los abandonados’
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