Julián Herbert: la reconstrucción de su memoria

“Lo malo de ser el hijo de una puta es que, cuando eres niño, muchos adultos actúan como si la puta fueses tú”.

El cintillo promocional bajo el celofán que cubre Canción de tumba, la segunda novela de Julián Herbert, funciona casi como advertencia. Estamos ante un libro poco convencional: el entrecomillado es del autor, habla de su situación. Su mamá era una bella mujer que tuvo cinco maridos, ejerció la prostitución y ahora agoniza en una cama de hospital.

Así de contundente es la premisa del libro que se presenta este domingo en la Casa Universitaria del Libro, dentro de las actividades de la Escuela de Verano de la UANL.

“Es un relato autobiográfico circundado por dos temas. El primero es que cuando yo era niño y adolescente mi mamá se dedicó a la prostitución. Y allí hay una recuperación de la relación con ella y de esa experiencia en la infancia.
"Por otra parte, el relato está construido a partir de que ingresa al hospital enferma de leucemia y es la reconstrucción en mi memoria, pero también confrontada con el momento de la muerte”.

En entrevista vía telefónica, el escritor nacido en Acapulco (1971) y avecindado en Saltillo, precisa que con esa línea argumental su novela iba a resultar demasiado dramática, por lo que decidió distanciarse de la base anecdótica para construir algo distinto.

“Primero, un texto que reflexione acerca de qué cosa es escribir, qué cosa es una novela y qué cosa es la memoria, también. Y por otra parte, tratar de hacer un texto con sentido del humor, con un poco de auto escarnio, de auto ironía.

"Y finalmente, entiendo —a través de ese mismo lente— a mi país; mi sentimiento de lo mexicano, que tiene que ver con la relación con distintos momentos de la historia, contados a través de la memoria de la infancia, de mi mamá también, de acercarme a otras épocas”, explica.

El resultado, refiere, es un híbrido de autobiografía, novela y crónica. Canción de tumba tiene mucho de ficción (“por eso es una novela”, dice), pero también muchas referencias personales. Encaja bien en eso que algunos llaman autoficción y que en los últimos meses ha generado varios libros de autores en nuestra lengua como Guadalupe Nettel, Patricio Pron o Alejandro Zambra, comenta.

“Ha habido todo un movimiento al respecto, el concepto autoficción tiene la ventaja de ser ambiguo.

"Yo aprecio del concepto de autoficción ese rango de ambigüedad: la noción de lo biográfico y lo ficticio que puede haber en un relato, porque en realidad toda autobiografía es ficción, en todo texto autobiográfico hay un personaje inventado. Lo que pasa es que ahora lo hacemos con más descaro”, dice.

En las mismas páginas del libro, tras narrar un episodio de aparente alucinación, reflexiona sobre ello. Dice: “Así, desde la fiebre o la psicosis, es relativamente válido escribir una novela autobiográfica donde campea la fantasía. Lo importante no es que los hechos sean verdaderos: lo importante es que la enfermedad o la locura lo sean. No tienes derecho a jugar con la mente de los demás a menos que estés dispuesto a sacrificar tu propia cordura”.

“Para mí ese pasaje es una declaración de amor al lector, es una manera de decir que el viaje que propone la novela no es impune. Es algo que creo de verdad: un escritor tiene que sufrir con su personaje.

"Nosotros siempre jugamos con nuestros personajes, pero en realidad los escritores somos como niños que no se dan cuenta que sus personajes son sus verdaderos padres”, explica.

Con esta novela, Herbert obtuvo el XXVII Premio Jaén de Novela, en España, donde fue publicada en noviembre pasado. En México salió a la venta en febrero de este año y el mes pasado alcanzó su primera reimpresión.

El escritor ha escrito varios poemarios (entre los que destacan La resistencia y Pastilla camaleón); la novela Un mundo infiel; el volumen de cuentos Cocaína (Manual de usuario), y es coautor del libro de relatos Tratado sobre la infidelidad, entre otras obras.

Herbert vivió en Monterrey en su infancia, en colonias como la Independencia, Treviño y en el Centro. Le gusta el rock y en su juventud temprana disfrutaba de aquella etapa del Barrio Antiguo donde se podía ir a tocadas de Koervoz de Malta o La Última de Lucas, entre otros.

Este movimiento regiomontano influyó en él para que años más tarde (“ya bastante viejo”) incursionara en el rock —a nivel subterráneo— como guitarrista, letrista y cantante, de su grupo Las Madrastras. Tocaban —hace dos años que sólo palomean esporádicamente— algo que definen como funklore.

“Mis principales influencias es esa música de Monterrey, que hacían chavos que incluso son más jóvenes que yo. Yo creo que es un momento que le cambió la cara al rock mexicano, pero espléndidamente y se ha ido desvaneciendo, tristemente. Lo que más gocé es ese Monterrey de mi juventud, lo viví poca madre”, dice.

Canción de tumba se presentará el domingo 29 a las 12 horas en la Casa Universitaria del Libro (Padre Mier y Vallarta). El escritor regiomontano Pedro De Isla hablará de la obra con el autor.

No se descarta alguna actividad musical posterior a la charla (tal vez un palomazo del autor con integrantes de su banda; quizá alguna agrupación local interprete algunas rolas).

La entrada es libre. 

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