Los amantes de las letras mexicanas tienen un reciente motivo de celebración: Vicente Leñero ha publicado un nuevo libro.

A sus casi 80 años, el dramaturgo, periodista, guionista de cine, cuentista y novelista, demuestra que mantiene el rigor en la pluma y la sensibilidad en su narrativa con Más gente así una continuación tardía de Gente así, publicado en 1997 (y descatalogado desde hace algunos años).

En esta obra, el autor vuelve a hacer uso de su tino y habilidad para mezclar la realidad y la ficción y convencer al lector de haber leído algo cierto… y excepcional.

Por cortesía de Editorial Alfaguara, reproducimos a continuación el primer relato de Más gente así, donde Leñero narra la historia de sus encuentros y desencuentros con la célebre agente literaria Carmen Balcells y luminarias como Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes o Manuel Puig aparecen en el reparto.

Las uvas estaban verdes

Por Vicente Leñero


Quiso una zorra hambrienta, al ver colgados de una parra hermosos racimos de uvas, atraparlos con su boca; mas no pudiendo alcanzarlos se alejó diciéndose a sí misma: ¡Están verdes!

ESOPO


Era entradita en carnes, pelicorta, sonriente porque se sentía importante y enfiestada. Joaquín Díez Canedo le había organizado un coctel en el Club Suizo de la Colonia del Valle para presentarla con la comunidad de escritores mexicanos. La conocí dos días antes en las oficinas de la editorial Joaquín Mortiz. Se llamaba Carmen Balcells. Tenía treinta y cinco años pero representaba un poco más por su aire de ama de casa aletargada. Catalana de origen y corazón, la Balcells nació en un pueblecito cercano a Lérida donde estudió con las monjas teresianas. Su primer trabajo fue como secretaria en una empresa textil; luego como delegada en Barcelona de la agencia literaria del rumano Vintila Horia.

Cuando Horia vendió la agencia, ella decidió formar la suya propia en los años setenta. Conocía bien a Carlos Barral, director de Seix Barral editores, y fue él quien le sugirió representar autores latinoamericanos en quienes Barral veía el futuro de la literatura en castellano, harto ya de la novela española de la mirada —el Sánchez Ferlosio de El jarama, García Hortelano, Juan Goytisolo— a la que José María Castellet bautizó elogiosamente con el apelativo de novela conductista. Barral tenía en la mira a narradores que acababan de premiar con el Biblioteca Breve, como Mario Vargas Llosa y Guillermo Cabrera Infante, quienes constituían los primeros crujidos de aquella erupción del boom que el propio Barral y la Balcells ayudarían a inventar pocos años después, según los decires de José Donoso. Por eso Carmen Balcells estaba en México en la primavera de 1965. Quería eso: conocer escritores mexicanos para representarlos y proponer sus obras a las editoriales de todo el mundo.

Ya figuraban en su agencia, como sólidos puntales, esos dos latinoamericanos de excepción: el peruano Vargas Llosa y el cubano Cabrera Infante. Con La ciudad y los perros, Vargas Llosa había ganado no sólo el Biblioteca Breve de Seix Barral, sino el premio de la Crítica Española y el segundo puesto del codiciado Prix Formentor. Con Tres tristes tigres, Cabrera Infante fue recibido, entre elogios exultantes, como un mágico experimentador del lenguaje que tiempo después le merecería en Francia, por esa novela editada en Gallimard, el premio al mejor autor extranjero del año. —Ya tengo a Vargas Llosa y a Cabrera Infante —dijo Carmen Balcells la mañana en que Díez Canedo me la presentó en su oficina—. Ahora te quiero a ti.

Parecía una declaración de amor. Era más bien un boleto a la gloria si de veras la catalana tenía la habilidad para conseguir traducciones y ediciones como lo prometía con una seguridad pasmosa. —Siempre y cuando quieras que te represente —agregó, acentuando su sonrisa pícara. Me tuteaba con una familiaridad que en los años sesenta no se utilizaba en México así, de sopetón. —Ya leí tus Albañiles, me encantó. Y ahora Joaquín me acaba de dar ésta. Del escritorio en revoltijo de Díez Canedo, la Balcells levantó un ejemplar de Estudio Q, acabada de editar, fresca y olorosa a tinta, virgen aún de críticas adversas y desdenes.

Antes de que yo llegara a la oficina, Joaquín había hablado de mi reciente libro a la Balcells. No alcancé a oír los encomios con que el editor se expresó, según dijo ella, pero me sorprendieron porque conmigo a solas, meses antes, Díez Canedo no tuvo empacho en criticar Estudio Q. Me había llamado una semana después de que le entregué mi original, y luego de leerlo —él leía cuidadosamente casi todas las propuestas— se sintió decepcionado. -Después de Los albañiles esperaba algo mejor. Mucho experimento, mucho noveau roman… No sé si éste es el camino que quiere seguir. Recuerdo que me pasmé. —Pero no se preocupe —se adelantó Joaquín—. Usted es autor de casa y se la voy a publicar si no se arrepiente. Piénselo.


Viví preocupado durante mucho tiempo a causa de Estudio Q. Ojalá Díez Canedo se equivoque, pensaba cuando mi novela emprendía el largo tránsito hacia la impresión definitiva. Y para adelantarme a las posibles consideraciones adversas, pedí a Díez Canedo que me permitiera escribir la solapa anónima del libro con la que traté de justificar mis propósitos. Nada detuvo la catástrofe. De no ser una reseña cordial de Francisco Zendejas —a quien yo no respetaba como crítico literario— y de algunas opiniones generosas de mis amigos, la mayoría de quienes se ocuparon de analizar Estudio Q la hicieron picadillo. Sólo elogiaron, si acaso, la portada de Vicente Rojo. Tendrían que transcurrir muchos años, muchísimos, para recibir una inesperada compensación. Un amigo cubano en el exilio, Alejandro Anreus, preguntó a Cabrera Infante en Nueva York si conocía mi literatura. “Lo único que me gusta de Leñero —respondió Cabrera Infante— es Estudio Q.”

Pero en fin, ésa es otra historia.

La que estoy contando recuerda a Carmen Balcells en la oficina de Joaquín Mortiz sacudiendo en alto el ejemplar impoluto de Estudio Q.
--Estoy entusiasmada con lo que me dice Joaquín. Esta misma noche voy a leer tu novela, te lo prometo.

Y mientras yo estampaba en la primera página falsa una dedicatoria para quien ya era mi gozosa agente literaria —sabrá Dios qué epítetos le endilgué—, Joaquín me habló del coctel en el Club Suizo, a las siete de la noche del jueves venidero.

Llegué cuando el salón se veía henchido de escritores en movimiento. Algunos envolvían a Díez Canedo y a la sonriente Carmen Balcells, encantada con todos los que se desvivían por conocerla, por adularla, por despertar su interés. No me uní al grupo de lambiscones. Saludé de lejecitos a mi editor y la catalana mientras buscaba a Estela, quien había prometido estar ahí luego de su curso semanal en el Instituto de Psicoanálisis. Como mi mujer no llegaba y como me gruñía el hambre localicé en el fondo del salón una charola de bocadillos cercana a un sofá de dos plazas. Ahí se asentaba un bigotón desconocido, ajeno al borlote. Le hice un ademán, a manera de saludo casual, y me senté a comer sangüichitos armado ya de una copa de tinto.
Los albañiles —dijo de pronto el bigotón, como si ése fuera mi nombre. Me sorprendí.
—¿Leyó mi novela? —La tengo junto a mi cama, con los libros de Graham Greene. Sentí la necesidad de sonreír con agradecimiento.
—Ya sólo tú y yo leemos a Greene —dijo el bigotón—. A ninguno de éstos les importa. Era cierto. Para la comunidad literaria de aquella época, Graham Greene era un novelista de segunda. Al menos en el Centro Mexicano de Escritores, Juan García Ponce y Salvador Elizondo chasqueaban la boca cuando yo citaba algún libro del británico.

De Greene nos pasamos un buen rato hablando el bigotón y yo. Me sorprendía su devoción greeniana por la precisión con que citaba El tercer hombre, El americano impasible, Inglaterra me hizo así. Sin duda él también era escritor, pero no me atreví a preguntarle su nombre por temor a desconocer sus obras y a desequilibrar el generoso trato que me dispensaba.

Con el pretexto de buscar más vino para mi copa, abandoné el asiento y fui hasta donde se encontraba Bernardo Giner, el editor asistente de Díez Canedo. —Quién es el bigotón aquel —pregunté a Bernardo y señalé el dos plazas lejano—. Llevo media hora platicando con él y no tengo idea. —Es Gabriel García Márquez —respondió Bernardo. Por supuesto que había leído yo a García Márquez publicado en Era y en Ficción de la Veracruzana. El coronel no tiene quien le escriba y Los funerales de la Mamá Grande me parecían dos libros excelentes, y aunque mucho había oído de él nunca antes lo vi en persona, ni siquiera en foto.
—Qué bruto soy. Poco después de que Estela llegó por fin al Club Suizo y la presenté con García Márquez, el colombiano propuso una escapada a cenar con Carmen Balcells. Él también figuraba ya entre los escritores representados por su agencia y nos sería muy provechoso conversar con ella, dijo. Cuando el coctel declinaba formamos una terna de parejas para irnos al Seps de Tamaulipas: la Balcells y su esposo Luis, García Márquez y Mercedes, Estela y yo. Chispeante, febril, divertido, García Márquez se apoderó del micrófono durante la cena en la que nos ocupamos de tijeretear colegas. La Balcells ya había terminado de leer Estudio Q, aseguró, y estaba encantada. Lo dudé porque mi novela no es de las que se leen en un par de sentadas, pero me dejé consentir por la adulación. —Ésa es precisamente la clase de novelas que interesan en Europa —dijo—. Novelas experimentales. —Y trató de convencer a García Márquez de que abandonara el regionalismo si quería acceder al mundo europeo. García Márquez hizo brincar sus hombros. La reprobó con un gesto. Que cada quien hiciera su tarea, no faltaba más. Que ella se dedicara a colocar nuestros libros y nosotros a escribirlos. No vi más a la Balcells durante su estancia en México. Ella y su marido se lanzaron a conocer Oaxaca y al mes, desde Barcelona, me escribió para reiterarme su entusiasmo por Estudio Q. “Me dio mucho gusto conoceros personalmente a Estela y a ti —remataba su acartonada misiva escrita a máquina—. Espero que el tiempo nos depare una ocasión de encontrarnos nuevamente.” 

Le escribí esa vez y algunas más, pero dejé de hacerlo para que fuera ella quien me informara sobre sus gestiones. Pasaron meses y nada. —Haces mal —me decía García Márquez cuando lo encontraba en el café Tirol de la Zona Rosa—. A Carmen hay que abrumarla. Yo le escribo casi a diario. La apapacho, le digo a qué gente y a qué editorial debe mandar mis libros. Le mando regalitos. Hay que abrumarla. No la dejes un momento tranquila.

García Márquez no necesitó abrumar por mucho tiempo más a Carmen Balcells. Comí con él —todavía usaba sus horribles sacos a cuadros— y con Ramón Xirau en La Lorraine de la calle de San Luis Potosí, en 1967, cuando nos entregó para Diálogos —la revista en la que yo figuraba como secretario de redacción— un capítulo de Cien años de soledad: recién terminada la novela, en vísperas de viajar a Buenos Aires para encontrarse a bocajarro con su explosivo éxito. Para inaugurar también el éxito empresarial de Carmen Balcells que con ese tesoro en las manos se convirtió en la más poderosa agente literaria en castellano; amiga entrañable de quien llegara a ganar el premio Nobel y a quien calificó, al conocerlo en 1965, como un hombre antipático y pretencioso.

En 2006, un periodista español de Magazine, Xaví Ayén, recordó a Carmen una frase pronunciada por ella misma años atrás: “Yo no tengo amigos, tengo intereses.” “Sí, yo lo dije —respondió la catalana—. Siempre he sido reticente a considerar amigos a gente con la que tengo un compromiso profesional, y ya no digamos a los que son mi principal sostén económico. Un día, por teléfono, García Márquez me preguntó: ¿Me quieres, Carmen? Yo le respondí: No te puedo contestar, eres el 36.2% de nuestros intereses.”

Estela y yo nos reencontramos con la Balcells en 1968, en el modesto piso que habitaban García Márquez y Mercedes en Barcelona, cuando viajamos a costillas de una Guggenheim. Les caímos de sorpresa una noche. Estela les llevaba un par de aquellos amates pintados por indígenas, típicos de Cuernavaca, y además de cenar hamburguesas en un restorancito en la parte baja del edificio, regresamos arriba para que García Márquez me respondiera qué les sucede a las tripas de un escritor cuando le llega una fama así de grandísima. García Márquez ya no tijereteaba colegas ni recordaba a Graham Greene. Hablaba ahora del alud de cartas de admiración guardadas en ese baúl donde estás sentado y que ni si quiera he abierto. Hablaba de su fabuloso encuentro —amor a primera vista— con Julio Cortázar en París. Como la milagrosa santa del sagrado rosario, Carmen Balcells irrumpió en el piso, elocuente, desembarcada de la feria de Frankfurt donde había colocado Cien años de soledad en cuanta editorial le llegó al precio. Su figura de ama de casa gordita y sonriente se había transformado en el monumento a una mujer de negocios bien vestida y voluminosa: la agente literaria non, la representante del novelista mayor de Latinoamérica.

“Cuando tienes un autor como Gabriel García Márquez —dijo la Balcells a Xaví Ayén— puedes montar un partido político, instituir una religión, organizar una revolución. Yo opté por esto último”.

En vísperas de esa revolución literaria que empezaba a cocinarse en la mente de Carmen Balcells, ella y García Márquez parecían devorarse el mundo aquella noche en Barcelona. Estela y yo permanecimos mudos oyéndolos soltar elogios mutuos, viéndolos compartir su intimidad. Ya era tiempo de tomar las de villadiego. En el momento de decir buenas noches, la Balcells cayó en la cuenta de que seguíamos ahí como estatuas, como espectadores de los triunfos ajenos. Quitó la vista del Gabo y se dirigió a nosotros. —Los invito a almorzar mañana, ¿pueden? Para que te informe de tus libros. Llegamos en un taxi a su oficina, en las calles de Urgel. Había ocurrido un contratiempo, dijo de inmediato, apenas nos vio. Una desgracia. A causa de una cita impostergable de última hora se veía obligada a cancelar el almuerzo. —¿Vieran cómo lo siento? Era un pretexto burdo, por supuesto, aunque trataba de mostrarse tan sencilla, tan afectuosa como tres años antes en México. Mientras Estela y yo tomábamos asiento en la orillita de sendas sillas, frente a su escritorio, la Balcells nos hizo reparar en una foto ampliada de mi figura, colgada en su oficina junto a la de otros autores. —Tú sigues siendo uno de mis preferidos —sonrió como si con ello se disculpara del cancelado almuerzo. —Si tienes prisa te buscamos otro día, no hay problema. —Tengo diez minutos —dijo, y sonrió. Sonreía siempre, carajo, siempre, a la manera de un vendedor de seguros.

Dos minutos le bastaron a la Balcells para entregarme una tarjeta donde se enlistaban las editoriales extranjeras que habían leído, considerado y finalmente rechazado Los albañiles y Estudio Q. El recuento era impresionante: Gallimard y Editions du Seuil, de Francia; Gyndendal, de Dinamarca; Kiepenheuer & Witsh, de Alemania; Einaudi y Mondadori, de Italia; Grove Press y Braziller, de Estados Unidos; Czytelnik, de Polonia; Bonniers, de Suecia; Weindenfeld & Nicolson, de Inglaterra; Arcadia, de Portugal… etcétera, hasta sumar veinticinco.

De seguro no advirtió cómo empalidecía mi rostro cuando dijo: —Como puedes ver, hemos hecho todo lo posible—miró a Estela: —Tal vez Vicente necesita escribir diferente. —Él escribe como él escribe —me defendió Estela. La Balcells consultó su reloj y se puso de pie. —A pesar de todo sigo teniendo fe y esperanza. En Milán hay una nueva editorial, Il Licorno, que parece muy interesada en Estudio Q… ¿Van a viajar a Italia? —Todavía no sabemos —dijo Estela. —Primero vamos a Pollensa con los Donoso —dije yo. —Pues si viajan a Italia, vayan a Milán. No para ver a los editores de Il Licorno, de ésos me encargo yo, sino a Enrico Cicogna, un tipo fabuloso. Él tradujo Cien años de soledad, y va a traducir a Lezama Lima, Paradiso. Podría traducir Estudio Q si lo convences. Así será más fácil conseguir la edición italiana.

Cuando la Balcells había abandonado su oficina con un cascabel de sonrisas, su secretaria nos entregó por escrito la dirección y el teléfono de Cicogna, junto a las de otros nombres a quienes debía yo visitar —según la agente— para hacer contactos literarios indispensables si quería de veras “salir del ostracismo mexicano”: Jean Franco, Juan García Hortelano, Pedro Altares… En un avión de hélice que hacía girar nuestra desconfianza, Estela y yo volamos a Palma de Mallorca. De ahí, en un taxi que se negaba a subir hasta la punta del cerro donde se hallaba Pollensa, llegamos a la austera casa de José Donoso y María Pilar. Para hospedarnos, ellos habían conseguido una mansión de veraneo vecina, espectacular, cuyo dueño, nieto o sobrino de Mussolini, se las prestó por unos días. Tenía tantos cuartos y salones y recovecos que a los Donoso se les ocurrió invitar también a los García Márquez y a Carlos Fuentes para organizar “el complot latinoamericano de Mallorca”. Sólo Fuentes llegó por un par de días.
La pasábamos bien hablando de literatura, pero comentando sobre todo el movimiento estudiantil que ardía en México. En el televisor de los Donoso nos enterábamos por las noches de las noticias: ocupación de la Ciudad Universitaria por el Ejército, enfrentamientos de los estudiantes con los soldados, aprehensiones, persecución, la agria cerrazón del gobierno de Díaz Ordaz que habría de culminar con la matanza de Tlatelolco. Atribulado como nosotros, inquietísimo, Fuentes no se conformaba con las noticias que transmitían en España y se ponía a lanzar telefonemas a embajadas mexicanas y extranjeras para completar su información. Dolía estar fuera de México en aquellas circunstancias. Imposible para Estela y para mí conciliar con tranquilidad el sueño en la cama inmensa del pariente de Mussolini, elevada como un trono, circundada por paredes repletas de dibujos a tinta, lujosamente enmarcados, de jovencitos desnudos en actitudes provocativas: una exaltación de la pederastia. En el mismo avión de hélice, siempre desconfiable, regresamos a Barcelona. De ahí a Italia. Milán. Tenía razón Carmen Balcells: Enrico Cicogna era un tipo gratísimo y hablaba un perfecto castellano. Nos recibió como si fuéramos parientes en primer grado. Nos llevó a conocer las riquezas arquitectónicas de Milán, nos invitó a cenar a restoranes elegantes, acompañó a Estela a comprar los retales de seda que le recomendó la secretaria de Carmen Balcells.

Por supuesto nada sabía el italiano de Estudio Q. Si se le hacía llegar la novela por correo desde México estudiaría la posibilidad de traducirla una vez que terminara con Paradiso, prometió.

Era una tarea difícil traducir la novela de Lezama Lima —argumentaba Cicogna—, más porque la edición cubana estaba repleta de erratas y empastelamientos y no había conseguido aún la que se publicó en México, revisada por Cortázar y Monsiváis. Yo la conocía bien, la acababa de lanzar Era con portada e ilustraciones del gran Portocarrero. Prometí enviarle un ejemplar junto con el de Estudio Q.

Insistía yo con necedad en Estudio Q, era lo que me importaba, de manera que mencioné a Il Licorno: mi única tabla de salvación según la Balcells. —Il Licorno acaba de cerrar, quebró —dijo Cicogna haciendo con la boca el ruido de una rama al romperse—. Una editorial muy pobre. Era gracioso el milanés: gordito, con las manos chatas y los pies siempre en movimiento. Le complacía pasearnos por Milán mientras no paraba de hablar de su queridísimo García Márquez que supo romper de golpe con la exacerbada experimentación de la novela moderna.

—¿No te gustan las novelas experimentales? —Prefiero Cien años de soledad. —Paradiso es una novela más que experimental. —Lo hago porque me contratan, prefiero Cien años de soledad. No se imaginan qué placer fue traducirla. 
Entendí. Ningún futuro tenía Estudio Q en manos de Enrico Cicogna.

Lo que sí podía tener futuro —me animó Estela— era Pueblo rechazado, la primera obra de teatro que yo escribía y que estaba por estrenarse en México. El tema salió a la conversación quién sabe cómo y la propia Estela se lo refirió al milanés: los conflictos con el Vaticano de un monasterio en psicoanálisis. —Ésa sí que es una buena historia —exclamó Cicogna con entusiasmo—. Los dramas de la iglesia siempre han dado buenas obras: Galileo Galilei, El vicario…

Resultaba imposible establecer si ese arrebato súbito del traductor italiano era sincero o se debía al vino en abundancia que había bebido en aquel restorán campestre al que llegamos en auto con dificultad, sorteando los muros de neblina de la carretera. Le urgía leer la pieza, y para una pieza así tenía extraordinarios contactos con la mejor compañía teatral de Italia. —Seguramente saben del Piccolo de Milán ¿no? En aquella época nada sabía yo del Piccolo de Giorgio Strehler, pero cuando muchos años después tuve oportunidad de asombrarme con sus montajes en los festivales de Caracas, de Bogotá, de México, comprendí retrospectivamente por qué mi obra —que Cicogna leyó pero no tradujo ni promovió— estaba muy lejos del gran teatro del mundo. Estela y yo abandonamos Milán, junto con mis aspiraciones, y libres ya del mundillo literario disfrutamos de nuestro viaje por Europa propiciado por la Guggenheim. Roma, Florencia, Ámsterdam, París, Londres…

Dos años después, en 1970, volví a encontrarme con Carmen Balcells. Me habían incluido en un rebaño de escritores latinoamericanos para asistir a la feria de Frankfurt y viajar luego por Alemania Occidental. Éramos una docena de novelistas enchiquerados en un autobús, echando vistazos relámpago a las ciudades germanas: Miguel Ángel Asturias, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Jorge Edwards, Salvador Garmendia, Manuel Puig… Hice amistad —una amistad que duró varios años— con Manuel Puig. Él ya había ingresado en las ligas mayores con La traición de Rita Hayworth, pero aún estaba muy lejos de la fama del boom. Eso le permitía guasear con Salvador Garmendia y conmigo sobre los desplantes, las poses y la sensibilidad a flor de piel de los famosos, al tiempo que compartíamos nuestras cuitas por el difícil arte de alcanzar el éxito: un éxito a nuestra medida —no éramos tontos— que se reducía a una sola meta: ser traducidos. Puig ya lo había logrado con La traición de Rita Hayworth y Boquitas pintadas, aunque no gracias a una agente como Carmen Balcells sino por su propio esfuerzo. Tenía contactos, sabía establecerlos personalmente, viajaba de continuo por Europa —con una maletita de este tamaño— y no esperaba ser descubierto por algún visionario. Él era el agente de sí mismo; la mitad del tiempo consagrado a escribir se la pasaba enviando ejemplares y cartas y recortes de reseñas elogiosas a las editoriales donde le gustaría ver traducidas y publicadas sus obras.

Le hablé de mi catastrófica experiencia con la Balcells. —Estás totalmente equivocado —me dijo Puig—. La sobrevaloras. Ella vive dedicada en cuerpo y alma al Gabo y a Vargas Llosa porque le dieron la oportunidad de ser una empresaria famosa. La Balcells depende de ellos, no ellos de la Balcells. Por eso descuida a sus demás escritores. No le interesan, no le importan, no sabe colocarlos. Yo en tu lugar la mandaba al carajo. —Y tú qué piensas —le pregunté entonces al venezolano Garmendia que había formado un trío de amistad con nosotros. —A mí me da lo mismo —se encogió de hombros Garmendia, a quien le tenía muy sin cuidado el tema de las traducciones. A él sólo le interesaba escribir y ser leído en Venezuela, si acaso en otros países de Latinoamérica. Acababa de recibir el premio nacional de literatura de su país y era director de la revista literaria Actual de la Universidad de los Andes.

Salvador Garmendia había llegado a Frankfurt para integrarse al grupo latinoamericano en el mismo avión que yo —un jumbo de Lufthansa que despegó de Nueva York— y nunca supuso que sus ropas y su aspecto —andaba con barbas y greñas descomunales— no eran los adecuados para entrar en los restoranes, en los teatros y en los salones a donde casi a diario nos llevaban en tour. Más de una vez lo ayudé a cubrir su facha zaparrastrosa prestándole mi abrigo, mi gabardina, alguna de mis corbatas. Izquierdoso, puño en alto, Garmendia se movía incómodo con tantas exigencias burguesas; se hartaba también cuando Puig y yo nos enredábamos en el asunto de las traducciones. —Lo importante es escribir, escribir bien. Eso sí que es difícil. Tenía razón Garmendia pero yo vivía obsesionado con Carmen Balcells. Prefería escuchar a Puig: —Yo en tu lugar la mandaba al carajo. Las palabras de Puig me alfilerearon el ego. Me convenía creerle porque eso restañaba mi autoestima. Era Carmen Balcells la culpable, no yo, de ser un desconocido en el extranjero.
Candidez de juventud. Petulancia. Ceguera frente a la realidad siempre implacable. Fuese lo que fuese yo me sentía inclinado a dejar de ser un mexicano servil a los dictados imperiales de mi agente literaria.

Durante los dilatados recorridos por Frankfurt, Darmstadt, Munich, Bonn, Colonia, Berlín, Carmen Balcells no se había hecho presente ante el grupo de escritores latinoamericanos. Se antojaba extraño porque ella debería estar donde estuvieran García Márquez y Vargas Llosa, quienes por aquellos días parecían hermanos siameses. Era extraño, sí; de seguro sus transacciones en Frankfurt la habían retenido durante los diez días que duró el viaje. En Düsseldorf apareció por fin. Nos agasajaban con un coctel donde había menos escritores que alemanes trajeados con aire de diplomáticos: entre ellos rodaba la explosiva agente literaria. Traía un vestido largo como de fiesta y deslumbrantes colguijes. Ni rastro de su aspecto doméstico, aunque empezaba a acumular kilos por culpa de esas comilonas pantagruélicas —según las definió Fernando del Paso años después—. En rumbo sin freno a la obesidad.

“Me pesan los kilos —le confesaría a Xaví Ayén—. La edad solamente me corroe.” Sonriente, sonriente, sonriente, la Balcells se dejó consentir por sus favoritos y conversó con locuacidad con los trajeados.
Cuando la vi aproximarse a donde Garmendia, Puig y yo bebíamos whisky tras whisky, Puig me dijo, bajita la voz: —Éste es el momento.
La Balcells me saludó con aspavientos, como si me acabara de conseguir una traducción al noruego. Y cuando ella pensó que iba a besarla en las mejillas, me eché para atrás y envalentonado por los tragos inicié una taralata definitiva. Que ya me cansé. Que ya vi que es imposible colocar mis libros. Que ya hiciste todo lo posible durante cinco años y no conseguiste nada. Un rollo así. —No tiene acaso que sigas siendo mi agente, Carmen —rematé—. Me voy. Se endureció el rostro de la Balcells. Por primera vez, desde nuestro primer encuentro, vi arrugarse su cara como una fruta seca. —¿Estás rompiendo conmigo? —Sí, estoy rompiendo contigo —repelé—. Porque nunca te importaron mis libros de verdad y me hiciste creer que te interesaban. Porque me tomaste el pelo. Porque tú sólo trabajas para tus consentidos.

Se dio cuenta de que estaba frente a un briago y giró como una pirinola para darme la espalda. Desapareció entre la concurrencia. Mire a Manuel Puig: —¿Lo hice bien? El que respondió fue Vargas Llosa que había escuchado mi exabrupto. —Fuiste muy grosero —dijo. “¿Cuál ha sido la mayor decepción de su carrera?” —preguntó Xaví Ayén a Carmen Balcells en 2006—. Ella contestó: “Cada vez que un autor me despide. La suerte es que la mayor parte de las veces, pasado un tiempo, regresan. Y debo reconocer que tengo una gran alegría con este regreso, excepto en algunos casos en que me siento tan dolida que prefiero borrarlos de mi mente.” La Balcells no me borró tan pronto de su mente.

Un par de meses después de mi regreso a México, como una cachetada con guante blanco, recibí de su agencia un cheque por quinientos dólares que avalaban el anticipo de una impresión al rumano de Los albañiles en la editorial Petrus. Aunque ninguna carta personal acompañaba aquel envío, la Balcells parecía decirme sin palabras: “Ya ves cómo sí las puedo, cuando quiero.”

Desde luego jamás recibí un ejemplar de la obra publicada. Fue mi suegra Hortensia quien en un viaje a Rumania conoció casualmente —en las clínicas de rejuvenecimiento de la doctora Aslan— al traductor de Los albañiles: Gheorghe Bala. Por conducto de mi suegra, Bala me envió un ejemplar autografiado de Cine l-a ucis pe don Jesús?

Durante una década me olvidé por completo de Carmen Balcells y de su exitosa agencia. Representaba a ciento ochenta escritores de España y Latinoamérica; pocos mexicanos: Eugenio Aguirre, Jorge Ibargüengoitia, Fernando del Paso y Juan Rulfo. Lo que más me llamó la atención fue ver en su catálogo el nombre de Salvador Garmendia, que tan indiferente a la fama se mostraba. Y le fue bien con ella al zaparrastroso venezolano con quien perdí toda comunicación. Logró que lo tradujeran al húngaro, al polaco, al francés, al alemán, al italiano, al holandés.

“Aspiro a que los autores de éxito se conviertan en estrellas económicamente hablando —presumió Carmen a Xaví Ayén—, comparables a un tenista, a un cantante de ópera, a un futbolista… También a la pintoresca agente le atraía el dinero y se volvió millonaria: “Nunca lo he escondido: el sueño de mi vida ha sido ser rica. Ha sido obsesión: tener suficiente dinero para no tener que pensar más en él. Desde luego es un milagro que una cosa tan deprimida como el mundo de los derechos de autor me haya permitido vivir como he vivido.”

Además del dinero, la Balcells disfrutó siempre del fervor incondicional de sus representados. Algunos le dedicaban sus libros: Rosa Regás, La canción de Dorotea; Juan Carlos Onetti, su última novela, Cuando ya no importe, con una frase graciosa: Para Carmen Balcells, sin otro motivo que darle las gracias. Carlos Fuentes la elogió con un chiste que parafraseaba a Monterroso: Cuando Cervantes apareció, Carmen Balcells ya estaba ahí. Fernando del Paso con una afirmación rotunda: Ser escritor y no tener como agente a Carmen Balcells es vivir a la intemperie. Los no elegidos, que se cuiden. Y José Donoso llegó al extremo de convertirla en personaje de El jardín de al lado, caricaturizada con el nombre de Nuria Monclús: Se murmuraba que esta diosa tiránica era capaz de hacer y deshacer reputaciones, de fundir y fundar editoriales y colecciones, de levantar fortunas y hacer quebrar empresas, y sobre todo de romperle para siempre los nervios y los callos a escritores o editores demasiado sensibles para resistir su omnipotencia, encarnada en la majestad de su calado y la autoridad de su trono, alimentada por la caja de bombones siempre sobre la mesa de su despacho, al alcance de sus dedos de agudas uñas pintadas de un rojo vivo como si las acabara de hundir en la yugular de algún escritor fracasado.

Antes de que concluyera la década de los setenta, extinto para mí el frenesí por alcanzar lo inalcanzable, reconciliado con la realidad, mi amiga Anne Marie Mergier, corresponsal de Proceso en París, pasó por México y me habló de su interés por entrevistar a la Balcells en Barcelona. Dudé que lo consiguiera —la catalana era reacia a las entrevistas—, pero le di algunos tips sobre lo que podría preguntarle. Anne Marie pensaba llevarle un ejemplar de Los periodistas autografiado. Eso, quizá, facilitaría la entrevista, me dijo. O la arruinaría, le respondí.

Terminé aceptando y pergeñando una dedicatoria ambigua por ese afán de “medirle el agua a los camotes”, por la morbosa curiosidad de saber su reacción.
Aunque Carmen Balcells no se dejó entrevistar por Anne Marie Mergier, agradeció mi libro con un télex enviado a la redacción de Proceso. Entre saludos cariñosos ofrecía hacerse cargo nuevamente de mis libros. Me pedía una lista de las novelas que llevaba escritas hasta entonces, con una relación detallada de las editoriales donde se habían publicado ¡o traducido!

Pasé por alto la involuntaria ironía del télex y le mandé la lista de inmediato. No abrigaba esperanza alguna, la verdad, pero era la oportunidad de restablecer un contacto. Varias de mis novelas aludían a una problemática sumamente local que de seguro no despertaría el interés de la Balcells, si acaso las leía, lo que era muy improbable, o las daba a leer a sus esclavos. Prometía además, en mi respuesta, enviar ejemplares de los títulos que su agencia me señalara como “dignos de consideración” porque ninguno circulaba en España. Eran inexistentes. Incluso Los albañiles había desaparecido de las librerías españolas pese a ser editado por una firma catalana. Cuando alguna vez pregunté en Madrid por mi novela del 64, la pantalla de una computadora de La Casa del Libro me respondió con un escupitajo: Descatalogado. Nunca recibí de la agencia de Carmen Balcells respuesta alguna a esa lista. Ni siquiera un acuse de recibo.

Vi por última vez a Carmen Balcells en 1980, en ocasión de una de aquellas primeras ferias internacionales del libro en el Palacio de Minería. Por no sé qué motivo —la presentación de una serie de historietas que Guillermo Schavelzon coeditaba con la SEP, me parece— se organizó una cena en el San Ángel Inn. Ocupé un asiento en la mesa donde se encontraba Joaquín Díez Canedo y un envejecido pero alerta Carlos Barral, con un vaso de agua frente a él en lugar de la copa de vino o del whisky que nunca faltaban en sus manos. Casi no se hablaba de literatura. Barral se veía empeñado en que supiéramos cómo había vencido su alcoholismo a punta de parches mágicos. Así los llamó mientras se jaloneaba la camisa para mostrarnos el minúsculo aditamento al que le debía la posibilidad de continuar haciendo planes como editor, como poeta, como autor de una autobiografía que empezaba a escribir.

Cuando me levanté rumbo a los sanitarios la descubrí. Más bien me descubrió ella porque a primera vista resultaba difícil identificar a la Carmen Balcells de los años setenta con esa matrona detenida en un pasillo del comedor. Vestía de blanco, con la piel pálida de su rostro enrojecida por el sol de vacaciones en la playa. Traía el pelo recogido y me pareció más obesa que nunca, con su vestido suelto hasta los tobillos. Pronunció mi nombre y yo el suyo luego de los segundos que tardé en aproximarme.

Estaba en México por la feria del libro. Más bien para viajar por tu país que tanto me gusta, dijo.
Le hablé del télex con mi lista de libros que nunca recibí —juró y juró— porque la verdad me interesaba mucho saber lo que has estado haciendo en estos años. —Necesitamos reanudar nuestra historia de amor —sonrió como de costumbre. Yo también sonreí. —Quiero volver a manejar tus libros. Quiero tenerte en mi agencia. Antes de que yo soltara cualquier frase de cajón se distrajo para saludar a alguien que le llenaba de signos admirativos. —¿Por qué no me buscas en mi hotel? Estoy en el Hotel de la Ciudad de México, ¿sabes cuál?

Sonrió, sonrió. —A ver qué puedo hacer por ti. Le respondí que la llamaría para programar una cita, pero desde luego no tenía la menor intención de verla más.
Las uvas estaban verdes.



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