Trae Un montón de piedras

“Un montón de piedras”. Así, con ésas cuatro palabras, finaliza Pedro Páramo, de Juan Rulfo, una de las obras cumbres de la literatura hispanoamericana.

Como homenaje a la novela y al autor, y porque piensa que un montón de piedras pueden sentar las bases para una barda, una casa o una historia, Jorge F. Hernández decidió bautizar su primera antología de cuentos así, como el cierre de la célebre novela.

La compilación del autor capitalino está conformada por 21 cuentos, casi todos con un toque humorístico, publicados en una trayectoria de más de 30 años. Entre las narraciones se incluye, por ejemplo, “Noche de ronda”, que fue distinguido con el Premio Nacional de Cuento, en 2000.

Un montón de piedras, editado por Alfaguara, se presentará el jueves 23 de mayo, a las 12 pm, en el Auditorio Alfonso Rangel Guerra de la Facultad de Filosofía y Letras, en Ciudad Universitaria. Estará el autor y lo acompañará Elia Martínez-Rodarte.

“Durante mucho tiempo los editores apostaban por la novela por sobre el cuento, pero es un error”, dice el autor vía telefónica al explicar la ubicación del cuento en el mercado editorial nacional. “El cuento en México goza de cabal salud, porque cada vez más nos podemos convencer los lectores que se puede leer de una sola sentada. Los cuentos duran lo que dura un rato en el consultorio médico, o en un trayecto de taxi o autobús.

En cambio la novela es una navegación que dura más tiempo. Y es un campo, particularmente en México, más complicado por las telenovelas. La telenovela conquistó el mercado aquí hace mucho tiempo”, señala.
Aunque ha escrito novela y ensayo, el cuento lo hace sentir particularmente cómodo. Hernández tiene un sistema que se aleja de la corrección política para elegir en cuál género desembocará una historia que trae en mente.

“Yo soy muy aficionado a los toros. Entonces, en términos taurinos te digo que cuando sale de toriles sé lo que voy a escribir. Al principio siempre digo ‘ojalá salga un poema’, pero nunca he podido escribir un poema, imagínate qué jodido estoy.

Con los capotazos de tanteo sabes por dónde vas; digamos que siempre es en el primer tercio cuando lo que tienes entre manos sientes que puede ser la faena de tu vida”, señala.

Para saber si el cuento es bueno, agrega, recurre con frecuencia a una receta que le escuchó a Adolfo Bioy Casares: invitar a alguien de buen juicio como lector a comer.

“De sobremesa le cuentas el cuento. Si tú estás contando el cuento y la persona a la que se lo contaste está preocupada por investigar si la lasaña es vegetariana o tiene leche la salsa, el cuento vale madre; pero si a la persona a la que invitaste a comer se lo cuentas y al ratito llega el dueño y dice ‘perdón, ya vamos a cerrar, ¿van a pedir algo más?’ ‘Uta, maestro, quiere decir que cuajaste un cuentazo. Eso sucede de vez en cuando”.

Hernández es un hombre de hablar pausado y broma fácil que tiene una pasión por las letras arraigada desde la infancia.

“Crecí en Estados Unidos donde hay más disciplina para leer. De niño adquirí el hábito de leer casi siempre a la misma hora”. Eso, comenta, lo trasladó a sus métodos de escritura.

“Siempre fui muy fiel a las ‘horas nalga’ en el escritorio. Lo que no he podido corregir es que sigo siendo muy noctámbulo: trabajo de 11 de la noche a 5 de la mañana, que es el horario del bohemio”.
La pasión por las letras lo lleva a tener varios libros abiertos casi simultáneamente.
Por ejemplo, actualmente relee Los culpables, los cuentos de Juan Villoro, y una novela que lo tiene, dice, embelesado.

“Es de Augusto Cruz, un chavo de Tampico; no lo conozco aún, pero lo quiero conocer porque escribió una chingonería que se llama Londres después de la medianoche. Si tienes oportunidad, léela, porque la cuajó este cabrón. Y va a vivir de eso”.

Además, presume, regresa siempre a los clásicos y anualmente, desde hace 25 años, en abril, lee El Quijote, de Cervantes. “Es una novela que me sigue despertando una pasión incontrolable”.
Con esa misma fiebre literaria actualmente prepara tres obras: un libro de ensayos, una novela y otro volumen de cuentos, ahora inéditos. Luego de dos infartos y de haber superado problemas con el alcohol –tiene 12 años sobrio-, ha cambiado su disciplina y visión de las cosas.

“Ya no quiero publicar antologías hasta que cumpla los 70 o hasta los 80, si llego. Ya estoy escribiendo cosas que estaba dejando para otro momento. Me cayó el veinte que no hay que dejar nada para mañana; en cualquier momento se te acaba el veinte y si no pregúntale a Elba Esther”, apunta.

Jorge F. Hernández nació en 1962 en la Ciudad de México. Fue finalista en el Primer Premio Internacional de Novela Alfaguara en 1997 con La emperatriz de Lavapiés. En ese sello editorial publicó también Réquiem para un Ángel, en 2009.

Tiene seis volúmenes de cuentos y otros libros de ensayo y escribe la columna semanal Agua de azar, en Milenio. La Universidad, en conjunto con Trilce Ediciones, le publicó Escribo a ciegas, selección de sus editoriales.

Más info del autor en www.jorgefhernandez.com.
 Jorge F. Hernández presenta antología de sus cuentos
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