“Dicen que soy el jefe”

Su nombre es referencial en la narrativa mexicana, particularmente la que tiene delincuentes, corrupción, drogas, balazos y sangre.

Élmer Mendoza nació en Culiacán hace sesenta y tres años. Se crió en el campo, escuchando corridos, leyendo en los diarios la violencia cotidiana y creciente. Sabe de lo que habla cuando escribe historias de cargamentos de mota, pistoleros, corrupción.

Luego de algunos volúmenes de cuentos, en 1999 publicó Un asesino solitario, su primera novela. Años más tarde, en Balas de plata introdujo el personaje de Edgar “El Zurdo” Mendieta, un policía sinaloense muy particular (como buen detective literario) que le ha permitido ir construyendo poco a poco una saga, interrumpida sólo por el libro de relatos Firmado con un klínex.

Hace algunas semanas la editorial Tusquets reeditó Trancapalanca, un volumen de 23 cuentos cortos publicado originalmente en 1989 que estaba descatalogado. Élmer se reencontró con esos textos después de más de veinte años antes de mandarlos a imprenta. Para su sorpresa, decidió hacerles pocas modificaciones. En entrevista telefónica habla de ello… y de ‘narcoliteratura’ también.

¿Qué tanto se lesnotaron las costuras a estos cuentos cuando tuviste que prepararlos para la reedición?
No mucho, ésa fue una de mis sorpresas. Yo traía muy afilado el lápiz para hacer correcciones y hacer transformaciones y me quedé frío. Vi que no tenía prácticamente nada que hacer. Surgieron por allí algunas expresiones un poco extrañas que me rebotaron y esas no tuve piedad en eliminarlas, pero puedo contarlas con los dedos de las dos manos: no eran tantas. Lo que noté es que los textos recorren, si no perfectamente, corren normal, digamos. Cualquier cosa que les hiciera sería transformarlos en otra cosa y con el peligro de que perdieran el poder que tienen.

Soy de la idea de que cuando tú tienes oportunidad de meterle mano a los textos hay que hacerlo; son diferentes momentos. Pero esta vez no pude. Dije ‘no tengo más que hacer aquí’. Son textos diversos, son varios registros, es un juego infinito y ante el juego infinito cuando está bien realizado el autor se minimiza.

¿Qué tanto te reconoces en esos escritos de 1988-1989, no tanto desde el rigor literario sino desde la persona que escribió esos cuentos?
Me reconozco mucho y me asombra lo arriesgado que fui, la falta de miedos, la fidelidad a mis maestros; una cosa que siempre fue, digamos, muy vital y considerada por los autores era que los libros tuvieran unidad. Hice lo que tenía que hacer y al final quedó Trancapalanca.

Salvo que fueron escritos en el mismo idioma y por la misma persona no creo que haya demasiadas cosas. Probablemente, con los años, haya una carga sentimental, pero es ajena a los textos. Es más bien por el escritor que era y el escritor que soy, desde luego unido todavía por los años, pero la madurez cuesta. Y la madurez hace que se reconsideren muchas cosas que uno escribe en determinado momento.

En esos años había leído Noticias del imperio (Fernando del Paso) y me impresionó mucho el asunto del ritmo narrativo y creo que también se nota en las partes de algunos de los textos. Creo que mis influencias son las mismas y ya no serían influencias sino un aprendizaje constante que se ha dado a lo largo de los años y que he seguido fielmente.

¿Eres lector de poesía? Ahorita hablabas de ritmos, se advierte cierta métrica, cierta cadencia en los cuentos…
Yo he sido y sigo siendo lector cotidiano de poemas. En aquel tiempo leía más poemas que ahora.

¿Y has escrito poesía?
No, no. Así como tal, no se me da, es un género que no… No nací para escribir poemas.

¿Ni siquiera en un klínex?
(Ríe). No, es muy serio el asunto. Me lo tomo así. Tengo muchísimo respeto por el género. Y como soy lector sé muy bien que no puedo jugar en esa Liga.

¿Por qué reeditarlo en este momento?
Son los planes de la editorial. Creen que en algún momento es oportuno publicar uno de mis libros o algo que no sean novelas y lo hacen.Trancapalanca era un libro mítico, tiene muchos lectores y la primera edición fue de 2 mil ejemplares, mucha gente lo apreció y lo que hacían era preguntar si alguna vez lo reeditarían. Esa debió haber sido la base de que hay personas interesadas. El libro tiene un valor literario aparte del biográfico. Yo espero que encuentre a sus nuevos lectores y que éstos nuevos lectores sean indulgentes con este libro que ya tiene sus años.

¿Te incomoda que la principal referencia hacia ti sea ‘narcoliteratura’?
No, cómo me va a incomodar: dicen que soy el jefe. Así que como dice el dicho “más vale ser cabeza de ratón que cola de león”. Si ahí me ubican, ahí estoy. No me da miedo.

Pero estarás de acuerdo que las editoriales consideraron al género como parte del mercado en los últimos años.¿Cuál es tu balance de estos últimos años donde abundó la etiqueta ‘narcoliteratura’?
Creo que fue un buen momento; el tema da para mucho, es un tema muy impresionante. Como habitante de este país, la cantidad de muertos diarios, todo lo que se entera uno de las bandas, pues somos escritores, somos profesionales. Y en el fondo también estamos dando el combate a los vampiros, a las Sombras de Grey que todo mundo compra y que son bastante nocivas. Es una literatura que no estimula, que no va a los cerebros, que no hace que la gente se irrite, que la gente proteste, sino que simplemente una comodidad que como mexicanos creo que no estamos para vivir así… Una literatura mexicana, que habla de los problemas de los mexicanos, creo que tiene gran valor, así la califiquen de ‘narcoliteratura’.

Recomendaste a Alejandro Almazán con El más buscado. ¿Podrías mencionar otros autores u obras destacadas del género?
Yo no conozco a todos. Conozco a Almazán, a Orfa Alarcón, a Francisco Haghenbeck, Paco Taibo II tiene algo al respecto, Juan Carlos Reyna, a Guillermo Rubio (el de ‘Pasito tun, tun’). Hay bastantes libros. Y cada quien puede elegir, y pasará un buen rato como lector.

Se habla, con cifras oficiales, de que el problema de la inseguridad y el narcotráfico ha disminuido en Sinaloa. ¿Es cierto? Te lo pregunto con ánimos de pensar que las cosas pueden cambiar en Monterrey…
Está cambiando. Yo creo que al lado del Cerro de la Silla hubo un hombre que supo qué hacer. Se llama Mauricio Fernández y creó un mecanismo de control para la delincuencia. Yo creo que no estaría mal para los regios estudiar ese caso y eventualmente ver la posibilidad de aplicarlo en más sitios. Creo que es un problema complejo que está profundamente ligado con la economía. Monterrey es una de las zonas más favorecidas de este país, de mayor inversión. Tienen que evaluar esas circunstancias: los trabajos, las inversiones y la presencia de dinero sucio que no siempre es conveniente.

En lo relativo a la violencia creo que se necesitan mecanismos de control más agresivos, pero no de muertes, sino hablando de inteligencia, de ubicar, no nada más estar matando chicos a lo bestia.

¿Ves un cambio con Peña Nieto en ese sentido?
Pues yo sí detecto que hay cambio, hay otras ideas. Tengo mucha confianza de que con el paso de los meses se vaya recuperando la paz a la que todos tenemos derecho, que la gente pueda vivir tranquila, invertir, divertirse, trabajar.

¿En qué trabajas actualmente?
Un novelista siempre está trabajando en un proyecto, pero son proyectos sin nombre, todavía no llego a esa etapa. Escribo una novela sobre Edward James, un inglés surrealista, protector de artistas surrealistas que vivió una experiencia muy significativa en México: fundó un parque surrealista que está en Xilitla.

No suena a que tenga que ver con narcotraficantes…
Está más cerca de Trancapalanca que de ‘El Zurdo’ Mendieta.Entrevista con Élmer Mendoza
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