Presenta 'El Diccionario del Caos' en UANLeer

Fernando Rivera Calderón (DF, 1972) es un todo terreno en el ambiente cultural mexicano. Empezó como reportero en diarios y revistas, pero se ha desarrollado, además, en otras facetas del periodismo: corrector de estilo, editor, columnista y desde 2005 es uno de los conductores de El Weso, un programa radiofónico transmitido a nivel nacional por W Radio.

También es músico. Lideraba -cuando era más joven- el grupo La oveja negra; hizo canción humorística y parodia en el Palomazo informativo (junto a Armando Vega-Gil) y tiene su alter ego en Monocordio, con quien ya ha grabado cinco discos.

Nada más faltaba que escribiera un libro. Y desde octubre del 2013 ya circula uno con su firma: Diccionario del caos, con el sello Editorial Taurus.

¿Qué es este diccionario? Es una colección de palabras en las que el autor ofrece su visión de conceptos cotidianos y significativos para los seres humanos. Amor, matrimonio, esperanza, cadáver, mascota, vicio, adulto, feminismo (entre muchas otras) aparecen redefinidas por su afilada pluma e ingenio característico.

Diccionario del caos se presenta este sábado 15 de marzo a las 19 horas, en el Ala Sur del Colegio Civil, dentro de las actividades de la Feria Universitaria del Libro 2014, UANLeer.

Esteban Castro y Jesús Torres, ‘El gato raro’, acompañarán a Rivera Calderón para hablar del libro. La entrada es libre.

A continuación una entrevista telefónica con el autor a propósito de su debut literario.

¿Qué es el Diccionario del caos, cómo surge?
Es un libro que de algún modo vengo cocinando desde niño, desde que decidí que a lo que yo me quería dedicar en la vida era a ser escritor. Lo que pasa es que de algún modo me metí al periodismo para ensayar, como una especie de práctica para escribir y el periodismo no sólo me secuestró sino que me dio el síndrome de Estocolmo. Tuvieron que pasar 40 años para perderle el pudor y publicar este, mi primer libro, pero debo reconocer que quería escribirlo desde que tenía cinco años.

Ha sido un proceso largo y ya la recta final fue bastante loca. La editorial me pidió un libro y yo estaba escribiendo El laberinto de la sobriedad. A punto de terminar esta especie de ensayo humorístico sobre las drogas, se metieron unos ladrones a robar a mi casa –algo que sucede muy frecuentemente en la Ciudad de México-, me desvalijaron y entre las cosas se llevaron mi computadora con el libro que estaba preparando, del cual no tenía ningún respaldo. Cuando le dije a mi editora, me sugirió que escribiera un diccionario, cosa que a mí me enloqueció, porque un diccionario quizá es el primer libro que tuve en mis manos; un libro raro, abstracto, que leía de niño como tratando de encontrar una historia; algún hilo conductor en medio de tantas palabras y nunca encontraba nada; se me hacía una lectura muy extraña. Es un libro entrañable que por un lado intentaba rendirle homenaje y por otro burlarme abiertamente de él.

¿Cómo llegas a Alejandro Magallanes? Es ahorita el diseñador de moda, con los libros de Almadía, carteles del Vive Latino…
Conozco su trabajo desde hace mucho tiempo, lo admiro cañón y siento que tenemos algo en común: somos como niñotes, no crecimos, una parte de nosotros se quedó instalada en la infancia. No lo digo de manera negativa, al contrario; tenemos un lado de una percepción muy infantil. Yo lo sugerí y cuando le plantearon si quería ilustrar mi libro le encantó la idea. No éramos amigos hasta que empezamos este proyecto. Lo conocía y lo respetaba, pero no éramos cuates. Le mandaba mis definiciones y él en lugar de ilustrarlas me proponía una especie de diálogo con los textos. El resultado creo que fue increíble. Se convirtió en una coautoría: es mi libro, pero no puedo negar que Alejandro tiene un papel fundamental para que ese libro, además, conecte inmediatamente con los lectores.

¿Qué hay detrás de las palabras de este diccionario? ¿Has leído a los grandes creadores de aforismos?
Son definiciones, en teoría, pero en la práctica son aforismos, sentencias, refranes, greguerías. Soy, de toda la vida, un gran amante de la brevedad, de la concisión, de la posibilidad de decir mucho con poco. Además, desde chavito soy un buen lector de poesía. Más que lector de novela, me considero lector de cuento, poesía y de ensayo. Disfruto de las frases contundentes filosóficas de pensadores como Jean Baudrillard o Ciorán. Los bellísimos poemínimos de Efraín Huerta o las sentencias de Rabindranath Tagore o Jaime Sabines. Disfruto mucho los cuentos de Bioy, Borges y Cortázar, de Arreola; por supuesto de Monterroso. Siempre he tenido devoción por eso.

Las palabras tienen poderes. Es un poco como los ingredientes que utilizas a la hora de hacer un platillo. O como los colores que usas al pintar un cuadro. A veces, menos es más. Y eso lo dicen los grandes pintores, los grandes chefs: saber aprovechar cada ingrediente en su justo valor. Hace falta devolverle ese poder a la palabra. Vivimos en una especie de saturación lingüística que nos está llevando a usar el lenguaje para no decir nada. Entonces mi libro es un alegato para reivindicar el poder que las palabras tienen.

¿Batallaste con alguna palabra, que no la hayas incluido porque no te gustara la definición que le habías dado?
La palabra ‘hijo’. La incluí al final, pero no es la definición que me hubiera gustado hacer y la explicación que le doy es que más bien que el amor que le tengo a mis hijos y la cercanía que tengo a este fenómeno y la pasión con la que vivo el hecho de ser padre, me impedía acercarme. De algún modo en todas las definiciones del libro me acerco de un modo muy irrespetuoso, como que me estoy riendo de los conceptos: me estoy riendo un poco del amor, de la muerte, de la vida, del matrimonio. Pero con ‘hijo’ me ganó el peso de mi propia biografía. No me puedo reír de mis hijos porque me significan en este momento un compromiso, una responsabilidad y un gozo que me nublan un poco la vista. Como cuando los veo, que se me nublan los ojos de amor y de emoción.

¿Incluiste música?
Estuvo presente todo el tiempo al momento de escribirlo y puse una definición más poética, más tirándole al haiku. Puse “el pez del cielo”, porque para mí la música tiene que ver con el acto de pescar, como que lanzas una caña, pero más que lanzarla al agua la lanzas al cielo y siento que voy pescando melodías y voy pescando canciones. Hablo más del aplauso y de otras cosas quizá menos sagradas.

¿Quedaron palabras fuera, pensarías en otro volumen?
La verdad no me gustaría, no porque no me divierta el ejercicio, sino porque me parece que sería como en la música, que grabas una canción y se vuelve éxito y la siguiente canción quieres hacer algo igual. Siento que no es que sea mala idea, pero me gustaría diversificar y no encasillarme en algo. No voy a dejar de escribir textos breves, no voy a dejar de tener sentido del humor, pero de momento estoy trabajando un par de textos, uno que sí va en un tono humorístico y paródico y otro que me está quedando como una novela oscura. Y estoy explorando. Este libro me abrió las puertas del mundo literario, donde yo ya llevaba muchos años dando vueltas sin atreverme a publicar. Y la onda es seguir presentando propuestas que sean lo que busco cuando voy a una librería: libros que me puedan sorprender, que me puedan deslumbrar un poco, que me puedan cambiar la percepción de las cosas y me estoy abocando a eso.

El formato de El diccionario del caos parece defender al libro como objeto. Se habla mucho del paso inevitable al libro digital. ¿Crees que trabajos así puedan definir el rumbo del libro de papel, que tenga que ofrecer algo diferente en su presentación?
La verdad no le temo al paso al libro digital. Pertenezco a una generación que le tiene gran aprecio al libro de papel. Creo que hay una cuestión que tiene que ver no sólo con las ideas del libro y lo que lees en él sino la lectura también es un asunto táctil. A mí me gusta mucho tocar los libros, desvestir los libros, ir avanzando por sus páginas, llevármelos a la cama. La relación de intimidad con un libro no es la misma que puedes tener con una pantalla. Giovanni Sartori dice que nos estamos volviendo el ‘homo pantalicus’ –el ser que vive para las pantallas- y yo si veo que este tipo de libros que se vuelven objetos, juguetes, otra cosa, hacen mucho bien y permiten ver que esta es una ruta. Los libros también están evolucionando y están adaptándose a los nuevos tiempos sin tener que dejar de ser de papel. El Diccionario del caos, por cierto, no es un libro barato (329 pesos), tiene muchas tintas, tiene una complejidad editorial interesante por el diseño. Pero por otro lado es una cátedra de ilustración, de diseño, de tipografía, hay páginas que se desdoblan, hay páginas que son doradas –como barnizadas en oro-, hay dibujos, gráficos. Es un libro que sí le apuesta a pensar cómo pueden ser los libros en un futuro no muy lejano.

Tienes hijos, has escrito un libro, de seguro ya plantaste un árbol (o una matita, al menos), has grabado discos. ¿Qué te falta por hacer?
Me falta seguir trabajando para que las cosas que hago salgan mejor. Me gustaría seguir escribiendo libros que sean cada vez más profundos, más intensos. En términos musicales, igual. Estoy por empezar a meterme a trabajar en el nuevo disco de Monocordio y es un disco para el que tengo muchas ideas y estoy muy ambicioso respecto a lo que puede suceder con él y cómo quiero producirlo y grabarlo.

Tratar de ser alguien mejor informado en la radio. Las actividades que hago todo el tiempo te permiten ir desarrollando una mejor manera de hacerlas. Volviendo a la pregunta de lo que me faltaría, tengo ganas de hacer un documental para cine; pero se me hace muy volado eso de quererme en todo. Es una historia que tengo muy clara, que tiene que ver con el box. Tampoco soy especialista en box pero tengo una historia muy buena que contar y me gustaría hacerla. Incluso estuve hablando el año pasado con Daniel Giménez Cacho y Juan Carlos Rulfo, pues me interesa asesorarme y ver cómo puedo conseguir la lana e intentarlo, escribirlo y dirigirlo porque la verdad es que me encantaría probar ese terreno. Y me gustaría desarrollar más la parte de la pintura. Siempre me ha gustado pintar, siempre he sido una especie de ilustrador y dibujante de clóset. Alejandro Magallanes vio algo de mi trabajo y le gustó bastante y decidió que incluyéramos una selección de mis dibujos y alucines. Me gusta mucho y me relaja mucho, me permite clavarme en las texturas y colores, pero esas cosas requieren de tiempo y a veces el tiempo se me escapa de la mano.Fernando Rivera Calderón
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