Bob Dylan en Monterrey

Bob Dylan comenzó su concierto con puntualidad inglesa ante un Auditorio Banamex que, en ese momento, lucía semivacío. Incluso uno podía ver poco movimiento a las afueras; a los que iban entrando se les notaba tranquilos, sin pensar que el concierto había arrancado.

Conforme la noche del 7 de mayo avanzó, el Auditorio se fue poblando cada vez más hasta lograr una buena entrada. Probablemente ahí se hizo evidente nuestra falta de costumbre de llegar temprano a los conciertos; la hora de inicio fue anunciada a las 9pm y a esa hora comenzó ante el asombro de muchos.

Con una producción muy, pero muy básica —con sólo una gran tela, al fondo del escenario, que cambiaba de color con la iluminación y en donde se proyectaban las sombras de los músicos— el concierto transcurrió durante dos horas aproximadamente.

Pero no malinterpreten: precisamente esa austeridad visual en el escenario va congruente con lo que fue el concierto. A Bob Dylan va a escuchársele, aun y cuando en estos días es difícil entenderle al señor por su edad. Si uno acude a un concierto con la idea de ver un “espectáculo” visual, explosivo y demás, seguramente saldrá desilusionado porque esto no es Bob Dylan. Repito: A Bob Dylan va a escuchársele.

En todo el concierto nunca se dirigió al público, no hizo un sólo comentario, ni se salió del guión, salvo probablemente cuando presentó a su músicos. Tal vez el no hablar ni hacer comentarios pudo haber hecho el concierto, por momentos, un poco lento o monótono, pero, ¿había que esperar algún comentario del cantante? Lo que ha hecho grande a Bob Dylan y lo que generado su trascendencia son sus canciones.

Y bueno, eso fue lo que escuchamos de Bob Dylan anoche: sus canciones. Algunas difícil de reconocer por sus arreglos, como “Highway 61”, otras con un excelente trazado country; unas más con la fuerza del blues y los clásicos que hicieron temblar a más de uno, como la más coreada de la noche: “Like a rolling stone”.

Una versión increíble de “Ballad of a thin man”, donde no se extrañó el piano y las guitarras fueron moldeando ese cuerpo delgado de una canción que le ha ganado el paso al tiempo. Do you, Mr. Jones?

Una constante del concierto desde el inicio hasta el punto final fue la sensación de estar presenciando un ensayo de Bob Dylan con su banda, pero lo menciono en el mejor de los sentidos. Probablemente por lo sencillo del escenario, lo sobrio del audio, o el hecho de no dirigirse al “respetable”, esa línea imaginaria que hay entre el artista y el espectador fue disminuida. Claro, estamos hablando del gran Dylan, un gigante no sólo del rock y otros géneros, sino de la música en general, eso siempre se reconoce y nunca se olvida, pero anoche uno se sentía muy cerca de ellos.

La banda de Dylan la formaron George Recile en la batería, Tony Garnier al bajo, Charlie Sexton en la guitarra, Donnie Herron en steel guitar y banjo, y Stu Kinball en la otra guitarra.

Nos brindaron una excelente noche de música “americana”, como le llaman los españoles. Country, bluegrass, rock y blues fue lo que pudimos escuchar en una noche en la que fueron desfilando temas de los últimos discos de Dylan, como lo son Modern times y Together through life, del 2006 y 2009, respectivamente, como de los clásicos Highway 61 revisited (1965) o Blood on tracks de 1975.

A diferencia de su concierto en 2008, en esta ocasión la banda tuvo sus momentos realmente explosivos, musicalmente hablando. En palabras más coloquiales: “roqueó” más.

Hubo mucho blues corriendo en los segundos y minutos de esa velada. Bob Dylan apareció constantemente con su armónica gritando melodías roncas. El órgano Oberheim que tocaba Dylan abrazaba las canciones y las pintaba de un color muy particular.

El trabajo de toda la banda fue notorio arropando de esa manera a un Bob que por momentos tropezaba entre nota y nota, pero que muy pocos notaban, aunque esta acción provocó algunas muecas de Sexton.

El concierto terminó con el clásico “Blowin´ in the wind” en una versión grabada en 1963, en su disco Freewheelin'.

A Dylan no podemos reprocharle nada. Ha dado mucho con su canciones y el solo hecho de —aún a su edad— poder verlo y escucharlo en vivo, junto a otros gigantes como lo son sus músicos, hemos de agradecerlo con todos sus bemoles y hasta, por qué no, considerarlo como un gran regalo.

A Bob Dylan hay que escucharlo.







Como en un ensayo
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