El género incomprendido

Es aburrido, es solemne, es para presuntuosos o expertos… Sobre el jazz caen frecuentemente una serie de prejuicios que lo relegan –injustamente- al gusto de un público reducido. Sin embargo, se mueve. Y se mueve bien. Tanto que da para volúmenes dedicados sólo al jazz mexicano, como el generado por Alain Derbez, El jazz en México. Datos para esta historia (Fondo de Cultura Económica, 2012).

Su libro es más bien un tomo enciclopédico de más de 800 páginas, con apartado fotográfico, en una segunda edición que analiza, ordena y da voz al género y sus protagonistas en nuestro país.


“Esta es la primera reedición del FCE, pero está corregida y muy aumentada (de la edición del 2001 creció casi la mitad del libro) y no sólo creció para adelante, sino que creció para atrás, esto quiere decir que investigué mucho más lo que había pasado, sobre todo me interesaba lo que había pasado en otras partes fuera de la Ciudad de México”.

Alain Derbez es un apasionado del jazz, ni duda cabe. Además de una erudición en la materia que se hace evidente en la conversación, carga con un saxofón en todos sus viajes, sabedor que en cualquier ciudad puede toparse a algún otro jazzista (conocido o desconocido) y armar una sesión de improvisación. Es, pues, una voz autorizada para tratar de definir el género.

“El jazz es una música -con toda la diversidad que tiene- basada sobre todo en un acto importantísimo en la vida que es oír, escuchar. Si tú escuchas al otro ‘tocas’ lo que el otro te propone y sugiere, pero lo tocas a tu modo. Y el otro o los otros te están haciendo desarrollar tu voz individual”.

El desarrollo de esa voz individual, explica, es una aportación para la voz colectiva. Es un acto conjunto, agrega, que si se aplicara en la vida, más allá de la música, sería maravilloso.

“Pero funciona en el jazz. Es un asunto donde además fomentas la creatividad en el acto. Estás improvisando y para poder improvisar tienes que tener –como en una charla algo qué decir, pero sobre todo conocimiento de lo que dices, signos pequeños que conforman una palabra, que son las letras, que son los sonidos. Ese diálogo constante que además incorpora al que esté escuchando forma parte del acto colectivo de creación”.

El jazz mexicano

Respecto al jazz hecho en casa, Derbez apunta que los genes locales han aparecido en las interpretaciones del género desde hace mucho tiempo, pero nadie se había ocupado de estudiarlo.

“Había mucha gente que en los años sesenta quisieron darle la identidad a partir de tocar música identificada como mexicana llevándola al jazz. Otros han decidido –como Jorge Reyes hizo en el rock- que quizá la manera de darle una identidad es tomando instrumentos prehispánicos y haciendo su propuesta en conjunto con otro tipo de instrumentos, como hace Luis Márquez en Bélgica.

"Eugenio Toussaint decía ‘toco jazz mexicano porque soy jazzista y soy mexicano’. Y, claro, tú lo oías tocar y en los últimos tiempos de Eugenio se acercaba ya a tener su propio sonido y voz; no solamente al haber digerido las enseñanzas de Chick Corea, también oías a Silvestre Revueltas”.

La identidad, señala, se da en cómo escucha cada músico su entorno y vierte este aprendizaje del oído en el quehacer musical. Y lo ejemplifica con la música de un guitarrista de raíces rockeras: Santana.

“Si Carlos Santana no hubiera escuchado el sonido de México de las loncherías, de los mercados, no hubiera hecho lo que hizo con ese toque, muy de aquí”.

Para la trascendencia de lo hecho en casa, indica, convendría eliminar los prejuicios que tienen en otros lados hacia la música producida en el país.

“Siguen con el prejuicio de que México es mariachi. Qué pasa cuando empiezan a escucharla música de los jazzistas mexicanos en Estados Unidos: dicen ‘ah, hay un jazz mexicano’. Así como hay un jazz brasileño, cubano, argentino…

"En México sabemos que existen los jazzistas y tienen su voz. Pero falta mucha conciencia de ello en los mismos protagonistas del jazz en México: saber creérsela. Y crear sabiéndolo también”.

A pesar de prejuicios y fal tas de autoestima en los músicos, el jazz vive un buen momento en el país. Poco a poco surgen los espacios para oírlo en vivo, hay programas especializados en las radios universitarias y una nueva generación de intérpretes y escuchas renueva la escena.

“Ya hay muchos chavitos que empiezan a decir ‘quiero tocar jazz’. Antes sí era como una especie de paso hacia delante, o lo que pasó en los años ’50, cuando los jazzistas se vieron sin trabajo y les ofrecieron a acompañara jovencitos que no tenían mucha idea de la música, pero querían entrarle al rock y los acompañaban o los doblaban anónimamente.

Y te das cuenta que hay grandes rockeros que tocan jazz o que se han acercado al jazz después como para decir ‘miren, yo también toco el instrumento bien, más allá del rock’. Sting tocaba jazz, y después se fue a The Police y mira lo que es ahora. Stewart Copeland, también. Hay más ejemplos: Charlie Watts con su orquesta de jazz…”, comenta

Para iniciarse o disfrutar

“Decir uno es quitar otro”, responde Derbez cuando se le pide enlistar sus discos favoritos de jazz. Luego, justifica de antemano la selección por la temprana hora de la mañana de la entrevista, sin procesar aún la taza de café que ejerce como despertador. Pero una aproximación a los álbumes que cambiaron su vida, y que puede ser una buena iniciación al jazz para cualquier mortal, tendría estos títulos:

Kind of blue / Miles Davis (1959)


Agua e vinho / Egberto Bismonti (1972)


The Köln concert /  Keith Jarrett (1975)


Dollar Brand at Montreux / Abdullah Ibrahim(1980)


Blasé / Archie Shepp (1969)


The ballad of the fallen / Charlie Haden con Carla Bley (1983)


Free jazz / Ornette Coleman (1961)


¿Quién eres tú? / Iraida Noriega, Aarón Cruz y Enrique Neri (2008)


As Falls Wichita , so Falls Wichita Falls / Pat Metheny y Lyle Mays (1981)


Cualquier disco de Charles Mingus



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