Slayer en Monterrey

Foto: Agencia Muckers / Rubén CantúSon buenos momentos para el thrash. En uno de esos vuelcos cíclicos de las costumbres musicales, ahora el género vive una etapa de gloria que ha atrapado a nuevas generaciones de metaleros adolescentes y veinteañeros. 

Muchos de ellos se preocupan por la estética del thrasher ochentero y visten la clásica chamarra o chaleco de mezclilla –preferentemente decorada con una docena de parches-, pantalón entubado y tenis con lengüeta de fuera.
  
Desde un par de horas antes al concierto el Parque Fundidora recibía por sus diferentes accesos un desfile de uniformados bajo esta tendencia, además de otros más conservadores, si es posible el término.

Fueron cinco mil asistentes los que entraron, aunque pudieron ser más, tomando en cuenta el aforo que incomprensiblemente no estuvo disponible y los que no asistieron ante la advertencia de “boletos agotados” (finalmente sí vendieron en taquilla a la mera hora). 

Adentro del Auditorio algunos buscaban inútilmente engañar al paladar con cerveza sin alcohol (tomar cheve sin alcohol es como bailar con tu hermana en una boda) y otros, resignados o abstemios, simplemente esperaban la hora en que empezara la acción.

Avatar realizó una estupenda labor de apertura. Sólidos, seguros y convincentes ofrecieron en casi media hora un puñado de canciones de sus dos primeros discos, coronados con una buena versión de “Witching hour”, de Venom.

La gente recibió y despidió a los músicos –identificables los cuatro por su amplia y diversa trayectoria en el ámbito metalero regiomontano- con ovaciones. Con actuaciones así de contundentes es indudable que más bandas locales seguirán recibiendo la oportunidad de estar en conciertos de este calibre.

Hubo un par de ovaciones antes de que Slayer subiera al escenario. Una cuando alzaron la manta con el logo del grupo, único ornamento sobre el escenario, y la otra cuando despojaron del velo la batería de Dave Lombardo.
Así estaba el apetito por ver a la banda de thrash más importante de la historia, la más brutal.

El grupo inició su actuación con un par de cortes nuevos que no desentonan con su repertorio más aguerrido (aunque estén lejos de convertirse en clásicos). Luego, despacharon “War ensemble” y “Postmortem” y en la zona Beyond la temperatura aumentó por lo menos diez grados con el inicio de la actuación de los californianos multiétnicos. También allí retumbaban en el pecho los golpeteos en tambores y bombos de la batería de Lombardo.

El baterista, uno de los más poderosos del mundo, permanece casi oculto entre sus tambores (para frustración de fotógrafos profesionales y amateurs) y es indudablemente el motor del grupo.

Araya ya no es la fiera desatada sobre el escenario por problemas en las cervicales que le impiden agitar la cabeza. Eso merma un poco el aspecto visual (en el pasado era espectacular verlo headbangear); sin embargo, suple la entrega con el desgarre su voz en cada tema.

La ausencia de Jeff Hanneman fue bien cubierta por Gary Holt. Su desempeño, sin llegar a lo sobresaliente fue más que aceptable. El guitarrista de Exodus –quien apenas hace un año y medio debutaba en Monterrey ante cerca de quinientas personas en el Café Iguana- no se limitó a ser un simple acompañamiento o relevo oculto en el escenario.
De hecho, el primer solo de guitarra en el repertorio de Slayer salió de las manos del rubio.

Posteriormente alternaría la guitarra líder con Kerry King, aunque sin duda los reflectores en las seis cuerdas cayeron sobre el calvo fundador.

King es esencial al frente del grupo. Además de su presencia imponente a base de tatuajes, barba amarrada de treinta centímetros y carácter hosco y dominante, Kerry mantiene el ímpetu y vigor de músico de thrash perdidos por Araya.

En ese momento, los más cercanos al escenario luchaban contra el calor, el sofocamiento de las mareas humanas que buscaban acercarse a la valla y el slam que involucraba contra la voluntad. Hubo al menos un par de riñas desatadas por abusos en el ritual de chocar los cuerpos gozosamente.

El repertorio fue balanceado aunque omitió algún corte de su segundo disco Hell awaits, pecado reprochable por algunos veteranos. No obstante, no puede haber demasiadas quejas si en cambio rescataron “The antichrist”, “Chemical warfare” o “Ghosts of war”. Muchos temas nuevos de buena factura, clásicos como “Seasons in the abyss”, “Dittohead” o “South of heaven” y una tercia final inmejorable empezada por “Raining blood” y seguida de “Black magic”

Al final, cuando iban más de noventa y cinco minutos de furia imparable y ejecutaban “Angel of death” la música paró.

Entonces, se escucharon once segundos de los pies de Dave Lombardo golpeando a toda velocidad su doble bombo. Esa mínima pero imborrable fracción de tiempo fue suficiente para ratificar que, en efecto, la banda más brutal del mundo había pasado por Monterrey.

SET LIST:
1.- World painted blood
2.- Hate worldwide
3.- War ensemble
4.- Postmortem
5.- Temptation
6.- Dittohead
7.- Stain of mind
8.- Disciple
9.- Bloodline
10.- Dead skin mask
11.- Hallowed point
12.- The antichrist
13.- Americon
14.- Payback
15.- Mandatory suicide
16.- Chemical warfare
17.- Ghosts of war
18.- Seasons in the abyss
19.- Snuff
20.- South of heaven
21.- Raining blood
22.- Black magic
23.- Angel of death

Al sur del cielo
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