La pantalla es lo de menos

Son varios los autos que se agolpan en las cercanías del lobby; es hora de la función. Dicho con exactitud, la función es a todas horas, sin embargo, al acercarse el crepúsculo es cuando hay más concurrencia y eso, en este subrepticio mundo, tiene un peso considerable.

La taquilla está cercada por una tabla: sólo hay un pequeño orificio por donde se expenden las entradas, lo que recuerda a los negocios de compraventa de dólares en la frontera. Y en cierto modo, el valor otorgado al pedacito de papel que nos dan a cambio de la cantidad pactada excede por mucho al de un billete verde, pues simboliza la entrada a un microcosmos en el que las apariencias nos suelen engañar.

—¿No traes feria? —pregunta la encargada—. Ahorita no tengo nada de feria —dice con un gesto de preocupación que no veo en su faz, pero que intuyo por el tono de su voz.

Es cierto: la gente apenas va llegando y es evidente que las funciones anteriores no han dejado mucho en la caja. Pago con algo de cambio y una vez superado este primer obstáculo y debajo de una pequeña puerta, paso. Ni quién se moleste en ver la cartelera. Habrá quien venga a mirar las películas, sin embargo, son los menos: algo esconden los muros del destartalado “Cometa Vición” (sic) que hace que sobreviva a pesar del embate de la pornografía online.



Detrás de las cortinas

Los empleados parecen buena onda. Uno de ellos ve la impasible joroba que cargo con dificultad y me dice que debo dejarla encargada en la paquetería. Me indica que vaya al expendio de dulces, donde se ubica el estante destinado a tal fin. Mi mochila es tomada por unas manos tenues que le ponen una tarjeta apresuradamente, mientras pregunto si dicho servicio tiene algún costo. Amablemente la persona encargada me dice que no, al momento en que otro de los empleados me dicta el camino que debo tomar: “Junto a esos posters, abre la cortina y dale todo derecho”.

Le hago caso. Y me siento como un topo de repente; la iluminación del lugar es prácticamente nula. A tropezones me abro paso mientras otras voces se escuchan cerca, lo cual me guía de cierta manera. Cuando alcanzo a divisar la lejana pantalla, que hasta entonces era cubierta a medias por un muro, me acomodo en la primera butaca que siento vacía.

Hace algo de calor aunque el aire acondicionado inunda con su estertor la acústica de la sala. Para el momento en que logro habituarme a la oscuridad, me doy cuenta que, o la sala es muy espaciosa, o la audiencia es muy limitada. Hay un gran espacio vacío enfrente que separa a las butacas de la pantalla. El equipo de proyección yace en medio de todo. El sonido, que deja mucho que desear, y la obligada miopía, podrían parecer esquivos ataques en contra de la comodidad, pero de alguna forma uno se encuentra a gusto en esta madriguera.

Llega entonces un momento en el que ya alcanzamos cierta visibilidad y podemos distinguir, más o menos certeramente, lo que pasa a nuestro alrededor. Eso me sirve mucho para el propósito de mi visita. Una pareja llega y se acomoda en alguna de las filas de adelante. Mientras la pantalla muestra las más inverosímiles imágenes de sexo explícito, algunas siluetas se acercan con cautela a la pareja. Parecen espermatozoides esperando la hora de la fecundación, obvio, con las distancias claramente guardadas. Uno de ellos triunfa: la metáfora está completa. De inmediato y como célula que se encamina a la multiplicación para seguir creando, el ahora trío se dirige hacia la salida, quizá a comenzar otra historia digna de ser contada, una historia que —seguramente— no cabría en estas páginas.

Los demás solitarios siguen atrincherados en sus asientos. A ratos el sueño comienza a pesar; la atmósfera es tranquila e invita un poco a la reflexión. Aprovecho para concentrarme, esperando la respuesta a la afanosa pregunta que impulsó tan extraña aventura: encontrar la razón por la que lugares como éste siguen existiendo. La sala continúa semivacía, sin embargo, por allá algunas personas empiezan a conocerse un poco mejor. Otras se paran de sus asientos y caminan por los pasillos, ignorando el letrero de “No fumar”. Unos recién llegados detrás de mí conversan animosamente sobre la naturaleza de la película que se exhibe, dejando escuchar, de cuando en cuando, algunas risas y comentarios sarcásticos.

Los que se estaban conociendo ya se han hecho cómplices de la noche, y con ella —o hacia ella— se marchan. Aunque las damas entran gratis es posible distinguir que la gran mayoría de los invitados al banquete pertenece al género masculino. Carnes tumefactas en la pantalla y en algunos de los que componen el respetable. La atmósfera se vuelve pesada mientras el reloj indica cinco para las diez. Para entonces, algunos de los que pasaron por aquí seguro ya están haciendo méritos en el deporte más ancestral, aquel que nunca veremos en los Olímpicos, ni aunque Ámsterdam sea la sede.

Y se nota un cambio en el tono del ambiente: faltan una o dos horas para que el local cierre y entonces algunos se apuran a hacer sus contactos. La mirada ensombrecida de aquel que no sació sus ganas de salir acompañado me la topo en el lobby, mientras recojo la pesada carga de mi espalda. Y en Félix U. Gómez apuran algunas almas su paso, con los cuidados pertinentes, sabedoras de la cercanía del peligro de esta fiera llamada calle.



Lo que se dice en la red de redes

La entrada en el mundillo de las salas porno en Monterrey no termina con la mera visita a una de ellas, o a las tres que existen. Sépase que vivimos en un mundo donde ya hasta los orgasmos son jurisdicción de la web, así que es necesario ver qué nos dice la omnipresente red en torno al tema.

Tecleando en Google es posible acceder con facilidad a toda la información deseada: hay foros en los que se puede comentar libremente sobre los lugares predilectos de quienes buscan algo de acción en nuestra ciudad. Desde los clásicos comentarios de los neófitos que buscan tímidamente una respuesta sobre esos desolados edificios que parecieron albergar momentos de diversión familiar en otros tiempos, hasta la visión experimentada de quienes son asiduos visitantes de esos cines escondidos pero presentes.

No podían faltar los comentarios puritanos de los que hablan del inminente cierre de dichos establecimientos, argumentando esto desde una dudosa perspectiva moral. Hay algo explícito en lo que se dice, no sólo en lo que se hace. Pero existe un rasgo definitivamente natural y humano en lo que se vive tanto en los callejones informáticos como al filo de la butaca. Algo que da escalofríos a algunos y mundano placer a otros.

En pleno siglo XXI, con la posibilidad de acceder a una cantidad inconmensurable de material pornográfico por medio de Internet, canales de televisión de paga y hasta videos amateur comercializados en el sector informal, no podemos decir que asistimos a la agonía de las salas XXX. A pesar de la visión de una “ciudad de clase mundial” que incluye tanto ríos artificiales en pleno centro, como festivales de todo y para todos, no es posible dejar atrás aquellos cines que recuerdan lo que fue Monterrey alguna vez. Claro está, ahora se dedican a otro giro, pero siguen ahí como testimonios vivientes del pasado. Esto no responde la pregunta realizada párrafos atrás.

Es difícil dar con una respuesta, pero podemos considerar que los cines porno en Monterrey, como en otras grandes ciudades de la República, sobreviven al amparo de lo que la sociedad regida por una doble moral no da: libertad de hacer lo que uno quiera con su cuerpo y ocio. La gente acude a hacerse parte del espectáculo y la pantalla abandona su función de emisor para convertirse en espectador mudo de lo que pueda pasar bajo su manto oscuro y subterráneo. No es una respuesta definitiva.

Como las salas para adultos son un ente vivo, hace falta ver hacia qué sentido caminarán ya en esta segunda década del nuevo milenio. Si no hay lugares para recrearse libremente, sin cortapisas, la gente tendrá que crearlos o improvisarlos; por ello, con cada atardecer, seguiremos viendo autos agruparse cerca del lobby del Chaplin, del Aracely, o del Cometa, con miradas que buscan, encuentran, y se escabullen tímidamente a la entrada de un paraíso inventado.

El ‘Cometa’, un paraíso inventado
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