El sabor de la violencia

I.- Se llama Christian Israel Morales. No sabe que se le observa mientras camina de ida y vuelta, a pasos acelerados, en una cancha improvisada como camerino, adjunta a la duela principal del Gimnasio Nuevo León. Se acerca a mirar a la distancia una de las peleas, intercambia palabras con un compañero, regresa, se cuelga con las manos del marco de una puerta de acceso y se columpia tres veces. Está feliz. Tiene 22 años, es originario de Irapuato y acaba de ganar, en su debut dentro de las artes marciales mixtas, la primera pelea profesional de su vida.

Improvisemos un rato como cronista de luchas: Christian Israel es un bato traga años, alto, esmirriado, de aparente lentitud. Se enfrenta a otro debutante -chaparro, musculoso y rápido- de una academia de San Nicolás, que cuenta con el ruidoso apoyo de sus compañeros y familiares y la simpatía natural de los espectadores locales. En el primer round, Christian Israel recibe una auténtica madriza. Tras un rato de tanteos, su oponente le acomoda dos o tres puñetazos en la cara, lo sujeta del tórax y lo azota de espaldas a la lona. Se escucha en las tribunas un alarido aprobatorio y después sigue un minuto y medio de intentos infructuosos por zafarse mientras recibe más golpes hasta que, literalmente, lo salva la campana.
En la esquina le secan el rostro, le untan vaselina en cejas y pómulos y recibe consejos que seguramente escucha, pero no parece procesar: tiene la mirada perdida. Empieza el segundo round y el desastre continúa. Ahora es una patada a la rodilla y otra en el costado las que lo doblegan y lo mandan de nuevo al suelo.

Unos instantes después, ocurre el milagro. Quién-sabe-cómo-demonios, Christian Israel se escurre de los brazos de su contrincante y con un rápido movimiento le aplica un candado al cuello. Menos de cinco segundos después el referee detiene la pelea: su rival se ha rendido.

Christian Israel salta jubiloso en el ring ante un público atónito y silencioso, excepto por el cronista improvisado que se sorprende a sí mismo aplaudiendo espontáneamente, junto a otros pocos asistentes, la espectacular voltereta.

II.- “Todo deporte tiene su espectáculo pero la UFC es muy diferente: cuando menos te lo esperas ¡Puuum ! Knockout o sumisión”. Erik Abrego, vecino de Santa Catarina de 27 años, resume así su gusto por las peleas de la UFC (Ultimate Fighting Championship), una de las pioneras en las artes marciales mixtas (MMA) y creada oficialmente en noviembre de 1993.

Desde niño es aficionado a las artes marciales, así que cuando hace unos cinco años se topó en la televisión por cable con la transmisión de estos combates libres inmediatamente se ganchó.
Hoy, Erik es uno de los miles de regiomontanos que sábado a sábado se reúne con amigos (o incluso con su padre, a quien ya le contagió el gusto) para ver las luchas.

Cada vez es más común escuchar en el léxico de muchos jóvenes nombres como Caín Velásquez, Junior dos Santos, ‘Goyito’ Pérez, Frank Mir. Los fanáticos pueden hablar y debatir por horas sobre la reñida pelea del fin de semana anterior, el golpe preciso ganador o una contienda soñada.

Erik, quien señala como peleadores favoritos a George St-Pierre, Anthony Pettis y Jose Aldo, no ve fin a su gusto por este deporte extremo.
“Lo disfruto, me emociono, cuando hay una buena pelea se siente la adrenalina. ¡Es emocionante ver cómo se la parten!”.

III.- Cuando era niño, Ignacio Rodríguez iba con su padre todos los domingos a las luchas de la Plaza Monumental Monterrey. Allí disfrutaba, junto a miles de regiomontanos, las llaves, vuelos, patadas y excentricidades de los luchadores mexicanos. Una imagen se le quedó tatuada en la memoria. “El Perro” Aguayo recibiendo, inmóvil y retador, una lluvia de puños de tierra por parte de los aficionados. Uno de los villanos clásicos del pancracio nacional depositó en Nacho una ilusión: ser luchador profesional.
Su padre lo desalentó de inmediato: “no hay lugares para entrenar para niños, olvídate de eso”. Y sí, lo olvidó momentáneamente, pero en la adolescencia empezó a entrenar arduamente y a los 17, cuando ingresó a Ciencias de la Comunicación en la Uni, ya se sentía un luchador amateur.

Al paso de los meses, la escena metalera local, donde se ha desempeñado como cantante de distintas bandas -la más sonada Amnesty- le permitió conocer a un par de peleadores cuyo abuelo era entrenador.
“En ese tiempo llegaron unos videos de Estados unidos, que le llamaban Backyard Wrestling, eran de chavitos que no tenían ningún entrenamiento y luchaban en sus porches, en sus patios, pero no hacían ni siquiera la lucha libre americana, ellos tenían sillas, lámparas de halógeno, tachuelas y con eso se daban.
No había ni técnica ni nada. Y nuestra idea fue, vamos a hacer algo, pero vamos a hacerlo bien”.
Las carencias que tenían los vecinos del norte decidieron suplirlas preparándose y estuvieron cuatro o cinco meses buscando luchadores que no fueran profesionales, pero que tuvieran buen nivel. Los consiguieron y en noviembre de 2002 rentaron una arena rumbo a Villa Juárez. Prepararon lámparas fluorescentes, alambres y tarimas y para esconderse de la Comisión de Box y Lucha, invitaron sólo a sus amigos por medio de un flyer, cobrando por adelantado.

“La Comisión no iba a autorizar, era algo que realmente nunca se había hecho, y lo hicimos como evento privado. Fueron como cuarenta personas y la gente quedó tan satisfecha que empezó a preguntar ‘¿cuándo hacen el otro?’”, recuerda.

En 2003 no organizaron nada, pero en el 2004 metieron alrededor de cien espectadores. El boca en boca exigía más eventos y se trasladaron a la Arena Femenil, en Matamoros y Emilio Carranza. Luego, Damián 666, un luchador de cierto prestigio se interesó en su proyecto. “Le dio curiosidad, nos contactó y fue a vernos. Nos cambiamos a Factores Mutuos y lo llenábamos. Empezamos a hacerlo cada dos meses…” Así surgió la NGX: la Nueva Generación Extrema, donde casi todo está permitido y la hemoglobina es materia prima. Y así nacía también Kaientai, su personaje.

“El morbo vende, la sangre vende, es lo que le gusta a la gente”, explica Nacho, quien es co conductor de Llaves y candados, un programa de radio sobre lucha en la RG 690, todos los domingos a las siete de la mañana.

Dos cicatrices sobresalen justo donde empieza a nacer el cabello de la frente. Tiene fisuras en ambos codos y tobillos y su cuerpo suma alrededor de sesenta puntos de sutura. “Haz de cuenta que me bailó un gato en la espalda”, ejemplifica.
Y lanza un reto a los que dicen que todo es circo, que está arreglado.

“Déjate de caer de espaldas al ring; con dejarte caer de espaldas, te das cuenta qué tan falsa es la lucha. ‘Es falso’, no, no es falso. El golpe que tú digas ‘se vio muy falso’, arriba duele. Y arriba es un golpe que te zarandea”, menciona.

Acepta que la lucha tiene sus secretos y no los revela, pero afirma que son parte del espectáculo.
“No deja de ser un espectáculo porque va mucha gente a verlo. Es dar diversión, pero no deja de ser un deporte porque requieres preparación, tienes que estar constantemente entrenando: lucha libre, lucha grecorromana, tienes que ir a un gimnasio, tienes que cuidar tu cuerpo”.
Además, el someter el cuerpo a los castigos no está bien compensado monetariamente.

“Es negocio para los promotores. Para los luchadores, vivir de la lucha es muy difícil, porque no hay un tabulador real. Tal vez eres muy bueno y te mandaron hasta la lucha estelar; pero eres nuevo, no te conocen y te van a dar 200 o 300 pesos y al que luchó contigo le van a dar sus 2 mil pesos e hizo menos que tú, o ya está en las últimas, pero tiene su nombre”. Nacho ha peleado sin recibir un peso a cambio porque el promotor fracasó económicamente o ha recibido 50 o 100 pesos como honorarios. Cuando mejor le ha ido se ha embolsado 3,000 pesos.

Sobre su futuro, dice que en ocasiones empieza a pensar en el ‘hasta cuándo’
“Llega un punto que por cuestiones personales y familiares le piensas. Mi edad ya es limitante. No muy fácil una empresa seria te agarra”. Pero también piensa en el niño que veía al “Perro” Aguayo desafiante y se entusiasma. “Yo sigo siendo aficionado, yo digo que el día que dejas de ser aficionado ya valiste”.

IV.- No a todos los seguidores de la lucha libre les agradan estos niveles actuales de agresividad sobre un ring.

Genaro Saúl Reyes, investigador de culturas populares y ex promotor de lucha libre, aclara de antemano que conviene hacer delimitaciones.

“Yo no incluiría a la lucha libre tradicional en esto, porque tiene otro sentido. El público de lucha libre tradicional se ha retirado de esta lucha de televisión, de golpeo, de sangrados constantes. Esa lucha todavía no es admitida por quien gustaba de la lucha libre”.

En esencia, explica, la lucha tradicional eran llaves y contra llaves. El exceso de rudeza se daba sólo en ocasiones especiales: un pique, una lucha por una máscara o una cabellera, un campeonato.
“La gente se retiró de la lucha violenta porque no le encontraba sentido”, señala. Ahora, agrega, es otro el espectador.

“Pienso que es un público joven que se ha acostumbrado tanto a la violencia, desde series de televisión, películas, videojuegos, que para ellos resulta normal, casi natural. Ni los justifico ni los critico. Es muy fácil ponerse del lado de los moralismos y empezar a decir ‘es una muestra de la falta de valores’. Eso es lo peor que puede existir”, dice.

Explica que el contexto social de crímenes y violencia cotidiana ha influido en esta creciente afición por los golpes, pero no debe achacársele sólo a eso.

“Tenemos una violencia todavía mayor: es una violencia moral, que es de despilfarro, de falta de respeto a la democracia, de falta de respeto a la comunidad. De ver a una serie de políticos que están haciendo lo que se les pega la gana con la ciudadanía. Y eso es lo que hace que la gente se refugie en otros detalles”.
Esto también deriva en que prevalezca inconscientemente una ley del más fuerte. “No están confiando en sus capacidades, porque se dan cuenta que van a ser aplastados por alguien que lo único que hace es usar su fuerza. Lo vemos en todos los ámbitos: políticos, escolares, laborales”.

Está, por supuesto, la catarsis y el desahogo que supone para el espectador el observar a dos humanos golpearse. “Son deportes violentos, de contacto, funcionan como escape, como una manera de echar fuera todas las cargas emotivas que acumuló durante la semana”.

Indica que el público de la lucha libre es el más tranquilo y cuando sale de las funciones salen relajados.
“No iban a ver golpes, o a golpearse unos con otros: iban a desahogarse. Por eso me parece muy lamentable, toda esta mescolanza que están haciendo en la lucha libre en que la gente ya no puede identificarse tanto, porque ya no se sabe quiénes son rudos y quiénes son técnicos, los programan todos revueltos”.

Reyes establece un punto de quiebre en la lucha libre nacional: la Triple AAA. En los inicios de los 90 esta promotora mexicana intentó hacer un tipo de lucha parecido a la gringa, pero sin los recursos de producción de nuestros vecinos norteños.

“Trabajan una lucha para televisión. Y el público de televisión también es diferente al de hace años: tiene el control remoto. Todos los programas tienen que estar transmitiendo momentos climáticos cada cinco minutos, si no, el público le cambia.

Entonces, estos se agarraron a trancazos y trancazos, para el close up del escurrimiento de la sangre, close up de los sillazos. Se olvidaron de lo esencial: la llave y la contra llave; el saber dar y recibir un golpe. Antes podían pasarse media hora de llaves y el público estaba feliz”.

El precio, comenta, lo están pagando los mismos luchadores y después podrían erogarlo los que están en el negocio de las peleas extremas.
“Ahora vemos las arenas grandes, la gente se refugia en las arenas chicas porque allí está encontrando aquello que busca. Los otros deportes de contacto, están teniendo mucho éxito. Ahorita los tenemos como novedad y mucha gente va a conocerlos.

Yo creo que todavía no sabemos qué es lo que va a quedar de ellos. Los primeros recintos de estos enfrentamientos eran bares. Y veías público que en otro contexto no imaginabas ver por allí. Poco a poco va haciendo su espacio, su público. Lo importante es ver qué es lo que está buscando este público”, cuestiona.

V.- Habla de la misma manera centelleante en que dispara derechazos a la mandíbula o ganchos de zurda al hígado de sus rivales. Hilvana palabra tras palabra, sin pausas, en una ráfaga de conceptos e ideas que reflejan su hiperactividad.

Una cicatriz notoria en la ceja derecha y la nariz que ha perdido la simetría dan fe de su vocación: ponerse los guantes, hacer sombra, golpear un costal, calentar con sparrings hambrientos que buscan un lugar en el pugilismo, noquear a sus rivales.

Damas y caballeros: ¡con 59 kilos y 22 años de edad, el regiomontano Adrián “Diamante” Estrella!.
Adrián rompe un poco el prototipo del boxeador tradicional. Aunque no ha tenido una vida de lujos tampoco ha pasado por estrecheces económicas. Su padre tiene una óptica y su madre es agente de bienes raíces. De niño jugó futbol americano en Águilas del Contry como corredor y dice que era bueno. A él no le gustaba el box pero decidió meterse a entrenar para agarrar cuerpo y condición. La primera vez que fue sparring cambió su vida. Tenía 13 años y ayudó a entrenar a uno de 18. “Me puso una chinga, literalmente. Y yo me quedé encabronado, me quedé con la espinita. Yo estaba chiquito y de chiquito yo era bravo. Al mes lo dejé sangrando y llorando”.

Explica que para él los golpes le provocan la necesidad de ser mejor. “Hay algo: cuando alguien te pega, lo sientes. Unos sienten miedo, yo no. Yo siento ganas de tumbar al otro”.

Adrián hizo casi setenta peleas amateurs, peleó en torneos de barrios, Guantes de Oro, todo el circuito de un pugilista novel. Buscaba con ansias la oportunidad de representar a México en algunos Juegos Panamericanos, e incluso Olímpicos. No llegó.

“Nunca me apoyaron. Mis jefes me ayudaban con dinero para los guantes y me daban dinero para los viajes. Si no, el estado también puede pagar todo, pero el güey que estaba aquí no quiso que me dieran chance ‘Adrián no vale madre’, decía. Aquí en Monterrey los managers y los güeyes que se mueven tienen sus ideas y sus envidias ‘es bueno, pero como no es mío, que se chingue’”.

Entonces apareció Mariano de León, un abogado local que llegó a interesarse en el boxeo tras practicarlo para bajar de peso y decidió manejar jóvenes amateurs con miras a la profesionalización. Él lo descubrió y alentó para ingresar al boxeo profesional.

“Adrián es un súper peleador”, cuenta De León en su despacho. “Es disciplinado, responsable, estudiante, hijo de una buena familia. Es un caso aparte. Va a dar mucho de qué hablar. Ya lo está haciendo”.
Previo a su debut, Adrián estudió la carreta técnica de optometrista en el Conalep, luego de pasar por varias preparatorias infructuosamente, en una etapa de rebeldía y desinterés que corrigió de un día para otro. ‘¿Qué quieres hacer de tu vida, Adrián? Ya cálmate’, se dijo. Tomó el rumbo de la disciplina. Y llegó el debut profesional.

En su primera pelea –por la que ganó 1,500 pesos-, Adrián mandó a su contrincante en una ambulancia directo al hospital.

“Cuando le di el primer putazo no se pudo levantar. Yo dije, este pedo no es para mí. ¿En qué me estoy metiendo? Esto me puede pasar a mí. Se ve en el video mi cara de angustia, por él, por mí, por todo”.
Luego, entendió sus alcances y limitantes, se mentalizó para seguir en el medio y fue encontrando motivaciones diversas.

En su tercer combate el rival lo aguantó sin caer. “Pero detuvieron la pelea en el tercer round porque el bato de plano ya no tiraba. Ahí sí me dio coraje, quería tumbarlo, quería verlo en el piso porque un día antes tuve un roce con él y te calientas. Y le dije a mi promotor ‘a ese güey lo voy a empinar’”.

Adrián contabiliza a la fecha diecinueve peleas profesionales, todas ganadas por nocaut (técnicos y efectivos). Desde diciembre firmó un contrato de exclusividad con Televisa y Corona.

Ya empezaron los nuevos amigos, las chicas, las adulaciones, pero las toma con responsabilidad. Sigue siendo estricto con sus rutinas, no fuma y bebe muy poco y ocasionalmente. Cuenta que en octubre fue al Festival Cervantino, en Guanajuato, y luego de una noche de antros con sus amigos, llegaron a las dos de la mañana al hotel. Cuatro horas después su compañera de habitación lo sorprendió haciendo lagartijas.
“Me dijo ‘¿Qué te pasa, Adrián? ¿Estás loco?’ Y no, simplemente no puedo dejar de hacer ejercicio, de prepararme”.

Su siguiente pelea es el 3 de agosto. “Es un negocio de perros. Pero en un año debo estar peleando mi primer título mundial”, dice convencido.

Amantes de los golpes, apréndanse su nombre: Adrián “Diamante” Estrella.

VI.- La tarde del sábado 29 de junio el sol ha reposado durante varias horas en las paredes del Gimnasio Nuevo León y lo ha dejado en calidad de horno. O no funcionan los aires acondicionados o quizá resultan insuficientes, el caso es que en la tribuna decenas de asistentes se arrojan aire a la cara con un programa de mano repartido en la entrada para intentar apaciguar el bochorno.

El recinto de Gonzalitos y Ruiz Cortines alberga una función de artes marciales mixtas organizada por The Supreme Cage, una empresa regiomontana de ascendente relevancia.

A partir de las siete de la tarde y hasta pasada la medianoche irán desfilando cuarenta y cuatro peleadores de diferentes edades y tallas por el hexágono habilitado como ring al centro de la cancha. Hay un juego de luces discreto, pero eficiente; altavoces que lo mismo escupen riffs de AC/DC y Disturbed que rimas de Eminem y 50 cent, y una pantalla en una esquina que permite apreciar algunos detalles de los combates. Es todo, pero no se necesita nada más para atraer a cerca de dos mil quinientas personas, que pagaron entre 100 y 300 pesos por la entrada.

El público se compone, en su mayoría, por veinteañeros de perfil clase mediero. Abunda la carne de gimnasio, a decir de lo ajustado de las camisetas para translucir bíceps y pectorales. Y muchas chicas. Muchas chicas bonitas. Muchas chicas bonitas y de buen cuerpo.

Hay veintidós peleas programadas y la cuarta fue la de Christian Israel Morales. Dos horas después de su combate acepta una mini entrevista y cuenta que viene por su propia cuenta, con su entrenador, por la invitación de un instructor local. En Irapuato, refiere, las artes marciales mixtas también están en su apogeo.
“Hay bastantes peleadores; nada más en la calle donde entreno hay cuatro escuelas MMA. En la mía, en el horario de siete a ocho, hay veinte alumnos, en el que sigue, igual”.

Sólo había tenido combates amateurs de Muay Thai y su primera pelea lo tiene eufórico.

“Se siente un chingo de emoción. Los golpes no duelen, la adrenalina no te deja que los sientas. Si acaso al día siguiente”.

Su rostro exhibe dos pequeños hematomas en los pómulos y un tallón en la frente.
-¿Ya te viste en un espejo?
-No, jaja. Pero no importa.
-¿Ganaste dinero con esta pelea?
- No, pero como es algo que nos apasiona, con gusto lo hacemos, quiero ser peleador profesional.
Christian Israel se despide del reportero y camina hacia el camerino eventual. Voltea hacia los lados como buscando que alguien más lo reconozca. Vuelve a sonreír. Es probable que esta noche se vaya a la cama pensando que con sus puños, piernas, fuerza, técnica y maña, ya encontró una forma de ganarse la vida. La pasión por los golpes
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