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Trabajos que sí dan trabajo
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...Alguien lo tiene que hacer

Supongamos que el lector es un oficinista como tantos que susbsisten en la ciudad. Tú, lector, eres tal asalariado y es el tercer día que cumples una rutina de 12 horas en la oficina, sin tiempo para comer, entre un cerro de papeles. Todo por ese maldito reporte. Ni siquiera logras avanzar porque el teléfono no deja de sonar con los pendientes del día a día.

–¿A qué hora terminas? ¡Era para ayer!, te cuestiona una voz más irritante que el vinagre.Es el nuevo jefe, antes colega: un recién egresado al que ascendieron hace un mes, por encima de tus seis años de antigüedad.

La gastritis taladra tu estómago. Una comezón mental te hace preguntar: ¿acaso podría ser más pesado? Alto. Antes de responderte, lee el siguiente compendio de empleos duros. Hay trabajos muy honrados y dignos... y que sí merecen llamarse TRABAJO.

Ardiendo por unos pesos

 “Puro escarbar”. Eso contesta Horacio Morán, cuando se le pregunta cómo se gana la vida.  Al originario de Pisaflores, en el estado de Hidalgo, hay que sacarle las palabras con tirabuzón. Entre la desconfianza y la timidez no hilvana más de diez palabras. 

Escarbar todo el día. De lunes a viernes de 8 de la mañana a 6 de la tarde (“a veces le damos hasta la noche”) y los sábados de 8 a

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 1, con pico, pala y carretilla como herramientas, Horacio, de 18 años, cava zanjas de 7 metros de largo, 50 centímetros de ancho y 30 centímetros de profundidad.

Por hacer esos pozos, que servirán para las instalaciones sanitarias de un fraccionamiento de Apodaca, gana mil pesos semanales con cero prestaciones. En esa zona previamente compactada de tierra café y piedras, Horacio hace unos ocho hoyos al día. “¡a veces está bien duro abajo!”, exclama sonriente, como justificando la cifra. 

Pero hay una circunstancia atroz, si acaso alguien cuestionara el número: donde trabaja Horacio no hay un centímetro cuadrado de sombra. Únicamente sol. “¡Estoy bien quemado!”, dice en voz alta tras explicar escuetamente que es infructuoso cubrirse con trapos. “Mira, pinche sol, hasta aquí ha llegado”, dice. Se arremanga la raída camisa de cuadros y muestra un antebrazo donde el rojo de la quemadura solar se ha sobrepuesto en su piel morena.

Se refresca con agua que compra a 8 pesos el litro en las tienditas ambulantes que recorren las 30 hectáreas del naciente sector, más allá de Pueblo Nuevo.

Horacio aprovecha una pequeña pausa en sus labores, a las 11 de la  mañana, para comprar allí un chicharrón de harina con salsa y crema y una coca de medio litro: su almuerzo. Las noches tampoco son frescas: duerme con otros 15 foráneos como él, en una bodega, en Huinalá. ¿Mejores oportunidades?  Ya intentó cruzar la frontera y lo deportaron. Acaso suena resignado cuando asegura que su trabajo “está bien”. Allá en su tierra ya no tenía amigos (todos habían emigrado) ni trabajo. Para él, hay cosas peores que el sol.

El enigma de los cuadros

Doña Gloria no le pone peros a su trabajo. Ni siquiera en domingo que es uno de los días más atareados, junto con los viernes, los sábados y los días de pago. Ella, bajita y muy delgada, de cuarenta y tantos años, se encarga de asear cuartos en un concurrido hotel de paso por los rumbos de la colonia industrial.

Lleva tres años trabajando en ese hotel y ya estuvo otros tres años en uno más. Gana casi 900 pesos a la semana y afirma sentirse 

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conforme trabajando allí, puesto que, comenta, en otros hoteles similares pagan menos.

En el ratito en que charla con LA ROCKA, de pie, casi a la entrada del motel y esquivando una llamada de atención de su supervisor, entran cinco coches con parejas para alquilar una habitación.

Probablemente una de esas parejas no tendrá unos hábitos de higiene supremos. “Hay veces que dejan muy sucio”, dice. Por sucio debemos entender semen, sangre y vómito en camas y piso. “Hay gente que escupe; que fuma y escupe en las paredes y en el piso”, comenta con enfado.

La rutina de doña Gloria en turnos de ocho horas, es cambiar sábanas, secar los baños, trapear y recoger papel sanitario, colillas de cigarro y condones. La tarea le lleva aproximadamente media hora; 20 minutos si hay mucha demanda de cuartos.

“Te acostumbras”, dice respecto a la recolección de látex usado. “Pero hay veces que sí se desespera uno porque hay unos que donde quiera los dejan tirados: en el tocador, en el baño, en la cama”. también, agrega, es factible encontrarse con piezas de ropa interior como reliquia; lo curioso: siempre de hombres.

A lo que nunca se acostumbraría es a las excentricidades de algunos varones con sus espermatozoides. ¿De qué remoto lugar de una habitación ha tenido que limpiar semen? Doña Gloria entrecierra los ojos, al mismo tiempo tuerce la boca con asco al recordarlo y dice quedito: “De los cuadros de las paredes”. Luego, suelta una carcajada.



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